¿Flotación libre?

Dujovne sostuvo que “en algunos años” el peso se debería convertir en una de las monedas que flotan (libremente), pero dejó varias dudas

Héctor Rubini Héctor Rubini 31-08-2017
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Por Héctor Rubini Instituto de Investigación en Ciencias Económicas de la USAL

En un encuentro reciente, el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, sostuvo que “en algunos años” el peso se debería convertir en una de las monedas que flotan (libremente), y que “se mueven de manera inversa al precio de las commodities”. Citando a los ejemplo de las monedas de Australia, Nueva Zelanda y Brasil, sostuvo que esas monedas “en los años de auge de los precios internacionales se aprecian, en los años de shock se deprecian”, y que de esta forma sus regímenes cambiarios “permiten absorber los shocks y aun con mayor volatilidad nominal le proveen a la economía una mayor estabilidad real”.

Pero?

¿Es pertinente ese diagnóstico y ese énfasis para promover una libre flotación en el caso argentino? La experiencia histórica, como la de cualquier país, incluidos los citados, depende de los supuestos y condiciones bajo los cuales se implante un régimen cambiario dado. La causalidad de volatilidad de precios de commodities a volatilidad cambiaria no tiene impacto real en la medida en que no se transmita a una análoga volatilidad de precios absolutos y relativos en el país que lo adopte. También exige, obviamente, la adopción presente de políticas macroeconómicas y regulatorias sostenibles en el tiempo que aseguren una sostenible y visible solvencia fiscal, flexibilidad de los mercados de bienes y factores, y la inexistencia de transmisión de las fluctuaciones cambiarias a los precios.

Con tales condiciones, y con mercados financieros desarrollados y mínimamente profundos, la transmisión de las decisiones de política monetaria serían, por lejos, el arma más poderosa para la estabilización de precios. Las variaciones en el tipo de cambio nominal, en los salarios y en los precios regulados no tendrían rol relevante en la dinámica inflacionaria de mediano y largo plazos. Los precios de los bienes no transables, regulados o no, tampoco serían problema en la medida en que los competidores actuales o potenciales eviten ajustes de precios divergentes de las metas que se proponga la autoridad monetaria. La inflación inercial sería mínima o irrelevante, limitada como máximo a los alquileres y las jubilaciones. Obviamente, siempre y cuando haya total credibilidad en metas oficiales de inflación decrecientes, y con una política fiscal estricta, con déficit fiscal total (no sólo primario) decreciente, y convergiendo a superávit permanentes. Un sendero de deuda pública declinante o estabilizada, en un contexto de mínima seguridad jurídica y sin riesgo de transferencia (o riesgo país) completarían ese marco ideal.

Las preguntas

Si ese es, palabra más o palabra menos, el objetivo del ministro de Hacienda, sería muy difícil que aún hasta el más duro opositor al actual Gobierno pudiera oponerse. Las preguntas y las dudas que se presentan, igualmente, no son pocas. ¿Cómo hacerlo cuando el principal ingreso neto de divisas en no pocos de los años recientes se observa en la cuenta de capitales de la balanza de pagos, más bien que en la cuenta corriente? ¿Cómo sería la transformación a un régimen en el que por el contrario sea la economía real la principal generadora de divisas, más bien que el endeudamiento público en dólares?

Es aquí donde las restricciones políticas y la precisión del cómo enfrentarlas requieren precisiones todavía ausentes. La presión tributaria récord y la sobrerregulación de mercados han ido de la mano de una expansión permanente de un gasto público focalizado en transferencias y en burocracias sobredimensionadas e ineficientes. Reducir el “costo argentino” y aumentar las presiones competitivas exigen, de mínima, una baja de la presión tributaria y también del gasto público. No una cosa sí y la otra no. Caso contrario, será difícil que una mayor exposición a presiones competitivas, vía apertura comercial gradual, por ejemplo, permita llegar rápidamente a ese escenario ideal. Sin flexibilidad financiera para enfrentar la competencia de importaciones, y con costos de materiales importados en la mayoría de las ramas productoras de bienes y servicios, es muy difícil imaginar siquiera que desaparezca el pass-through de tipo de cambio a precios internos. Y esto vale cualquiera sea el régimen cambiario. La flotación cambiara, per se, no modifica esto.

Más preguntas

El discurso del ministro parecería sugerir, además un futuro de una economía limitada a ser exportadora de commodities, entonces. ¿Es suficiente para financiar la demanda de gastos privados y públicos en el largo plazo sin reformas estructurales promercado? ¿Se tiene en mente una economía más commodity-dependiente como Venezuela, por caso? ¿Cómo evitar presiones sobre más gasto público frente a escenarios de baja fuerte y no reversible de los precios de exportación? ¿De qué manera “blindarse” sin profundas reformas fiscales y regulatorias previas, y sin diversificar el menú de exportaciones y de mercados?

Los episodios recientes con China por el aceite de soja en 2016 y con Estados Unidos por el biodiésel la semana pasada no son sino el resultado de erroneas políticas que en al menos una década y media sólo fortalecieron la concentración de nuestras ventas externas en pocos rubros y pocos mercados de destino.

En definitiva, uno en principio no puede sino aceptar el discurso del ministro, pero ya las primeras preguntas sobre el cómo hacerlo conducen inevitablemente a no pocas dudas. Dudas que van a tornar necesario respuestas y definiciones políticas claras, al menos respecto de la transición hacia ese objetivo aparente, y de la identificación precisa de beneficios y beneficiarios.

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