Entrevista

Schteingart: “Para el desarrollo debemos buscar la sustentabilidad social, macroeconómica y ambiental”

El Economista dialogó con el director del Centro de Estudios Para la Producción (CEP XXI), Daniel Schteingart

Daniel Schteingart
25-10-2021
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Por Agustín Maza

La recuperación de la economía pospandemia de nuestro país tiene varios desafíos para volverse sostenible en el tiempo. Algunos responden a factores internos y otros al contexto internacional. Otro punto a destacar será el cuidado del medio ambiente, una discusión que luego del Covid-19 se ha intensificado. El director del Centro de Estudios Para la Producción (CEP XXI), Daniel Schteingart, sostuvo ante El Economista que de cara a lo que viene será importante para el desarrollo de nuestro país trabajar en tres tipos de sustentabilidad “social, macroeconómica y ambiental”. 

El también doctor en Sociología y magíster en Sociología Económica por la Universidad Nacional de San Martín (Unsam), prevé que en los próximos meses la recuperación económica estará liderada por las actividades más afectadas por la pandemia. Asimismo, Schteingart destacó que la actividad económica ya alcanzó los niveles previos a la pandemia. 

La recuperación industrial se frenó en agosto por segundo mes consecutivo. ¿Por qué estamos viendo esa desaceleración?

Más que un freno en la recuperación estamos viendo cierta irregularidad, con meses de crecimiento y, luego, algunos de reflujo. Pero la tendencia es de recuperación. De hecho, nuestros datos adelantados de septiembre son muy buenos a nivel industrial: estimamos una suba del 1,4% mensual, con crecimiento del 14,7% contra septiembre de 2019. Tenemos a 13 de 14 sectores industriales creciendo en la medición desestacionalizada en septiembre. La dinámica de corto plazo de la industria va a depender del balance entre tres factores. Primero, la reactivación del resto de los sectores, que incide favorablemente sobre los ingresos de las familias (por mayor creación de empleo) y eso sobre el mercado interno y, ergo, sobre la industria, pero a la vez ocurre que el segundo punto, que es la normalización hacia la pospandemia va a suponer que los patrones de consumo (que en la pandemia se redirigieron de los servicios a los bienes, fabricados estos últimos por la industria) vuelvan a tener un mayor peso de los servicios y, por último, los problemas en las cadenas de suministro globales, que están limitando el acceso a ciertos insumos clave.

¿Esa dinámica irregular que mencionaba responde a dificultades internacionales de faltante de insumos y/o tiene que ver con restricciones para importar? ¿Hay cierto agotamiento? ¿Cuál  es su mirada?

Los problemas en las cadenas globales de suministro están afectando la producción industrial a nivel global. Un caso testigo es el de la crisis de semiconductores, que causó severos problemas en la industria automotriz global, que necesita de ese insumo para la electrónica de los vehículos. En Alemania el impacto fue particularmente grave: la industria cayó 9% en agosto de 2021 contra agosto de 2019, lo cual se explica por un fuerte parate en la industria automotriz, que cayó casi 43% en el mismo período. En nuestro país el impacto de la crisis de los semiconductores ha sido hasta ahora acotado. Más allá de eso, los faltantes de semiconductores sí supusieron un recorte a nivel local de las previsiones de producción automotriz para 2021. Hay que ver qué ocurre en el tramo final del año. En cuanto a lo de las restricciones para importar, son muy menores y no explican el desempeño industrial. De hecho, según el Indec, en septiembre las cantidades importadas fueron 26% mayores a las de septiembre de 2019 y 17% mayores a las de septiembre de 2018. Si solo miramos los bienes intermedios, es decir insumos, septiembre último fue el de mayores importaciones de la historia, con una suba del 13% contra el récord anterior, que había sido 2017.

¿Los servicios podrían tomar el protagonismo de la recuperación en la última parte del año?

Sí, definitivamente. En agosto, por primera vez desde el inicio de la pandemia, la actividad económica en su conjunto logró alcanzar los niveles previos al Covid-19. Los sectores que más crecieron fueron los que más golpeados venían, como servicios culturales y recreativos y hoteles y restaurantes. Los indicadores de alta frecuencia que vemos para septiembre y octubre (como la movilidad de las personas a ese tipo de comercios o las búsquedas en Google de cuestiones ligadas a turismo, gastronomía, cines y teatros) van en la misma dirección. Los datos del último fin de semana largo (el del 12 de octubre) también sostienen esa apreciación, ya que el gasto turístico fue el mayor en por lo menos 6 años para esa fecha. Creo que los próximos meses van a ser muy buenos en materia turística, de la mano de programas como el PreViaje y el menor comportamiento precautorio de muchas personas, sobre todo de edad avanzada, que hasta ahora no se habían animado a viajar por miedo a contagiarse.

¿Qué podemos esperar del consumo?

Después del desplome del segundo trimestre de 2020, el consumo privado estuvo recomponiéndose trimestre a trimestre, aunque a mediados de 2021 todavía no había vuelto a niveles previos a la pandemia. Los datos de alta frecuencia sugieren que el tercer trimestre fue bueno en materia de consumo, con las ventas en por ejemplo súper, mayoristas y shoppings creciendo en la medición desestacionalizada. Los datos de Google Mobility de movilidad de las personas a comercios continuaron repuntando y acercándose a niveles prepandemia. La recuperación de puestos de trabajo y las reaperturas de paritarias están permitiendo incrementar la masa salarial, de modo que es dable esperar una continuidad de la mejora del consumo en el cuarto trimestre, particularmente en aquellos segmentos que estuvieron más castigados por la pandemia.

Las exportaciones en un futuro cercano van a necesitar un modelo sustentable con el medio ambiente. ¿Cuál es la mirada del Gobierno respecto a ese tema? ¿Qué tenemos que entender por sustentabilidad?

Tenemos un total compromiso con la agenda del desarrollo sustentable, y es por eso que en julio largamos el Plan de Desarrollo Productivo Verde, que viene teniendo muy buena recepción y una veloz puesta en marcha. Nuestra idea es que para transitar hacia el desarrollo sustentable necesitamos apuntalar simultáneamente tres sostenibilidades: la social (bajar año a año la pobreza, la desigualdad, la precarización laboral y el desempleo), la macroeconómica (evitar crisis de balanza de pagos y la volatilidad macro) y la ambiental (disminuir el impacto ambiental de las actividades productivas). Históricamente la economía prestó atención a las primeras dos, descuidando la tercera. A la vez, desde ciertas miradas ambientalistas más “hardcore” se aboga por la primera y la tercera, descuidando la sostenibilidad macro. Hay que prestar atención a las tres en simultáneo. Te pongo un ejemplo: si Argentina optara por descarbonizar su matriz energética importando molinos eólicos en el corto plazo mejorará en la sostenibilidad ambiental, pero a costa de la sostenibilidad macroeconómica (ya que presiona sobre la balanza de pagos) y social (ya que se pierde de generar puestos de trabajo acá). Del mismo modo, si no prestamos atención a la sostenibilidad ambiental, corremos el riesgo de perdernos mercados de exportación, ya que cada vez más el mundo nos exigirá productos fabricados con elevados estándares ambientales. Y si nos perdemos esos mercados, no nos entran divisas, con lo cual comprometemos la sostenibilidad macroeconómica. El Plan de Desarrollo Productivo Verde apunta a simultáneamente bajar el impacto ambiental de la matriz productiva, sustituir importaciones, promover exportaciones y generar puestos de trabajo.

En esa línea, ¿qué oportunidades habrá para Argentina en la movilidad sustentable??

El régimen que se presentó dentro del Proyecto de ley de Movilidad Sustentable otorga fuertes incentivos fiscales, tanto a la oferta como a la demanda, y a su vez, es ambicioso en su propuesta. Ningún país latinoamericano tiene un régimen similar. Aspiramos a que los inversores nacionales y extranjeros visibilicen esas ventajas y lograr muchas inversiones en el próximo lustro. Como horizonte, apuntamos a desarrollar una plataforma de producción de electromovilidad en Argentina por medio de la cual se puedan exportar vehículos finales y partes. Respecto a los tiempos, creemos que el transporte público representa el vector más dinámico y adecuado para iniciar la reconversión. Son un servicio público y están en el centro del sistema de transporte de personas. La sociedad merece un transporte público moderno, eficiente, menos ruidoso y más limpio.

El litio será  un insumo determinante para los próximos años. ¿Cuál debería  ser el modelo de su explotación?

Siempre tenemos como premisa la idea de desarrollar cadenas de valor. Debemos hacerlo aguas arriba, desarrollando proveedores, y aguas abajo, agregando valor. En el corto plazo, mentiría si dijera que la fabricación de baterías fuera un objetivo factible, ya que las ventajas de cercanía e integración con la industria automotriz determinan que las inversiones y el desarrollo de capacidades en eslabones de celdas y baterías ?de escalas cada vez mayores? tiendan a realizarse en países donde se observan o esperan los mayores incrementos en la producción de vehículos eléctricos. Pero en la medida en que avance la ley de promoción de la movilidad sustentable esas oportunidades creo que se irán abriendo. Por otro lado, la elaboración de partes de baterías, precursores y cátodos en especial, aparece como una opción factible en un plazo menor, aunque presenta inconvenientes y una creciente integración con la producción de celdas. Dicho esto, creemos que, en el corto plazo, debemos establecer incentivos y mecanismos que permitan poner en marcha la mayor cantidad de yacimientos posibles, mientras los proyectos locales cuenten con ventaja frente a otros. Argentina podría proveer el 17% de la demanda de litio global hacia 2030, lo que equivale a unas 303.000 toneladas de carbonato de litio equivalente. De concretarse ello, podríamos exportar entre US$ 2.000 y US$ 3.500 millones anuales de litio (hasta ahora, el pico histórico fue 2018 con US$ 275 millones), lo que implicaría un incremento de al menos el 3% en su nivel de exportaciones. Todo eso hay que hacerlo apuntando a la mejora sostenida de los procesos productivos en lo que concierne al ambiente.

¿Qué otros recursos podría aprovechar Argentina para lo que viene?

Otro mineral que va a ser fundamental para la descarbonización es el cobre, del cual se habla mucho menos, pero en donde tenemos un potencial inmenso. Hoy no producimos cobre, pero tenemos 10 proyectos avanzados y más de 30 en exploración inicial. De concretarse, Argentina podría exportar US$ 8.000 millones de este mineral, algo muy relevante para obtener divisas necesarias para que los salarios y la producción de todos los demás sectores puedan crecer. Al igual que con el litio, va a ser clave apostar al desarrollo de la cadena, donde, si bien hemos avanzado, tenemos mucho por recorrer por ejemplo en proveedores.

Respecto a la industria del cáñamo, ¿hay oportunidades reales para generar divisas mediante esa actividad?

En el caso del cáñamo, el uso en la industria (por ejemplo, en alimentos, autopartes o bioplásticos) es todavía muy de nicho y muy incipiente, o sea, no hay un mercado existente de magnitud. En el segmento textil, sí hay un mayor desarrollo, pero tampoco es que hay un mercado muy grande. De todos modos, del cáñamo se puede extraer CBD (cannabidiol) y esa sustancia sí tiene un mercado enorme. Es decir, todo lo que es derivado del cáñamo con CBD sí puede ser un mercado muy importante de exportación, que está teniendo mucho uso en Europa y Estados Unidos, no necesariamente ligado a lo estrictamente medicinal (es decir, con prescripción médica), sino como suplementos dietarios o fisioterapéuticos.

Hay un debate mundial, y en Argentina también, respecto a la producción y el medio ambiente. A veces, las posturas parecen irreconciliables.  ¿Cuál es su mirada al respecto?

La salida tiene que ser por el lado de la triple sostenibilidad que mencioné anteriormente, más aún en un país como Argentina, en donde tenemos 40% de pobres. Necesitamos crecer urgentemente para bajar la pobreza; redistribuir mejor por supuesto que ayuda, pero no alcanza. Ningún país, independientemente de su desigualdad, con el PIB per cápita de Argentina (US$ 21.000 a paridad de poder adquisitivo) tiene una sociedad plenamente de clase media. Recién a partir de los US$ 35.000 o US$ 40.000 al año tenemos sociedades mayormente de clase media: de España para arriba, digamos. 

¿Qué implicancias tendría ese crecimiento en lo económico y medioambiental?

Crecer tiene varias bondades bien conocidas: bajar la pobreza y el desempleo, además de relajar la puja distributiva entre los actores económicos ya que se sale del juego de suma cero. Pero también marca un problema fundamental: el impacto ambiental. Crecer requiere de energía y de materiales, y eso hasta hoy ha generado el problema del calentamiento global (porque la energía necesaria para producir ha venido hasta ahora de los combustibles fósiles) y presión sobre ecosistemas (porque se requieren más y más materiales para una población mundial que crece y, a la vez, incrementa su consumo per cápita). Tenemos que bajar el daño ambiental por unidad de PIB. Hay muchas cosas en simultáneo en las que el mundo, y Argentina en particular, debe trabajar. Primero, la transición energética hacia energías limpias. Segundo, la eficiencia energética: poder hacer lo mismo consumiendo menos energía. Tercero, la economía circular: poder reutilizar desperdicios como insumos. Con eso, ganamos dos veces: presionamos menos sobre nuestro sistema de gestión de residuos y a la vez menos sobre la naturaleza, de donde extraemos materias primas. Pero para eso es importante también que empecemos a separar la basura nosotros mismos. Cuarto, rediscutir nuestros patrones de consumo y vida cotidiana: por ejemplo, rediseñar las ciudades para incentivar el uso de transporte público, caminata y bici, y desincentivar el uso del auto propio.

¿Cuál debería ser el rol de nuestro país y de las potencias en esa transición?

Me parece acertado el concepto de “responsabilidades comunes pero diferenciadas”. Los países industrializados han sido los mayores responsables de los problemas ambientales actuales, ya que han sido los que más gases de efecto invernadero han emitido a la atmósfera. Por lo tanto, son los que tienen la mayor responsabilidad a la hora de transicionar hacia modelos más sostenibles. Argentina y los países de la región tienen que acompañar ese proceso, pero no con las mismas exigencias que los desarrollados que, dicho sea de paso, tienen menos necesidades básicas por satisfacer que los países en desarrollo.

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