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Richard Thaler, premio Nobel de economía

Como cualquiera de nosotros, Thaler es humano pero, a diferencia de la mayoría de los economistas, él lo sabe

10-10-2017
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Por Pablo Mira Economista    

Richard Thaler es seguramente el más original y espontáneo economista behavioral (las aplicaciones de la psicología a la economía), y un heredero indiscutible de Daniel Kahneman, ganador del Nobel en 2002. Su obra se resume en un libro llamado “Misbehaving”, cuyo título significa literalmente “portándose mal”, en el cual el doble sentido salta a la vista: Thaler describe con maestría las fallas humanas que revelan nuestra escasa racionalidad, al tiempo que reconoce su propia “mala conducta” en la academia.

La idea de behavioral economics (economía del comportamiento o EC), es fácil de transmitir: se trata de retratarnos como lo que realmente somos y sentimos cuando tomamos decisiones económicas. Thaler dedicó cuarenta años a pensar la conducta económica de los verdaderos humanos. Los mismos cuarenta años que una parte de la mainstream dedicó obstinadamente a profundizar y entronizar hasta lo grotesco al homo economicus. Los superpoderes de los modelos comenzaron con la racionalidad en las decisiones simples, pero luego se extendieron a los planes de largo plazo, las expectativas y los juegos complejos. Thaler inmortalizó esta bifurcación durante una discusión con un defensor de la racionalidad, a quien le comentó: “Acordemos que usted asume que los agentes son tan listos como usted, mientras que yo asumo que son tan burros como yo”.

Otro libro que hizo famoso a Thaler fue su trabajo con Carl Sunstein en “Nudge”, un compendio sobre aplicaciones de política de la EC. El nudge es ese empujoncito candoroso que da la elefanta mamá a su elefantito para que se anime a caminar. En economía, se trata de llevar sutilmente al público a elegir, sin autoritarismo, lo que mejor le conviene a él y a la sociedad. Lo revolucionario de “Nudge” es que especifica el modo de llevar las iniciativas a la práctica. Las recomendaciones promedio de los economistas contienen frases del tipo “sea eficiente”, “haga política anticíclica”, “estabilice la economía”, “asegure su sistema financiero”. Rara vez se escucha sobre las dificultades de implementar estas ideas, o de las distintas formas de lograr el objetivo, o de cómo convencer a los agentes involucrados de hacer lo necesario para que la política sea efectiva. Pero el diablo está en los detalles, y sin estas guías la cura puede ser peor que la enfermedad. Liberalizar un mercado sin enseñarle al sector privado como se encara un nuevo negocio es carne para la concentración, y no para una mayor competencia. Y desregular el sistema financiero sin asegurarse si los agentes decidirán racionalmente sus inversiones es receta para una burbuja, y no para la estabilidad.

La discusión pública más descollante de Thaler fue sobre el rol del sistema financiero. Siempre se opuso a lo que consideraba un mito: la hipótesis de los mercados eficientes (HME). La HME sostiene en esencia que los precios de los activos que observamos son “de equilibrio”, en el sentido que reflejan toda la información disponible. Esta es una idea que presupone racionalidad humana para conocer, evaluar y procesar la información a la hora de decidir una inversión financiera, y también la capacidad del mercado para reflejar eficientemente estas decisiones.

En “Misbehaving”, Thaler subraya el maltrato recibido por defender sus ideas. Sus tutores nunca le tuvieron mucha fe, los académicos ortodoxos lo ignoraron por insuficiente mérito formal en sus contribuciones, y los heterodoxos lo minimizaron por no oponerse de plano al modelo neoclásico. La crisis financiera de 2007 y el colapso de 2009 fue que hasta los neófitos trajeron consigo un ataque feroz a la teoría en boga, en especial al homo economicus. La profesión pasó a ser objeto de críticas crecientes por parte de amplios sectores de la intelectualidad, la academia, la política y el periodismo especializado, lo que dio aire para que la EC prendiera. Pero no es bueno que debamos esperar un acontecimiento tan dramático para modificar nuestra metodología acerca de la prevención, diagnóstico y cura de las patologías económicas. Thaler fue un paladín de la EC, pero se necesitan muchos más como él.

Mientras muchos economistas perfeccionan su retórica y la consistencia de sus modelos, Thaler observa la realidad y propone ideas resueltas para mejorar la calidad de vida. El Nobel retribuye buena parte de sus esfuerzos, pero queda bastante por hacer. Richard Thaler se reconoce a sí mismo como perezoso, lento, fácil de aburrirse. Concede también tener prejuicios, manías y obsesiones que lo hacen equivocar más de la cuenta. Como cualquiera de nosotros, Thaler es humano, demasiado humano. Pero a diferencia de la mayoría de los economistas, él lo sabe.

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