Moderación y horizonte

Parece sorprendente que, ante lo moderado de los resultados de Macri, haya que pedirle moderación de las palabras para poder avanzar algo en la extensión del horizonte

Carlos Leyba Carlos Leyba 16-06-2017
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Por Carlos Leyba

La inflación de mayo fue la mejor noticia económica para el Gobierno. La tasa anual está en 24%. Pero la medición del Indec -1,3% para el mes? resultó la mitad de lo que ocurrió en abril. Si la inflación se mantuviera en ese ritmo en cada uno de los próximos 12 meses, en un año, la inflación sería del 15% anual. Si en precios todo sigue como está, esa sería la tasa anual lograda a mitad de 2018. Nada mal. Pero claramente poco habida cuenta del shock cotidiano (para decir poco) de tasa de interés y estancamiento nominal (caída real) del tipo de cambio.

Es decir ?al menos en algún lugar de la bolsa? el Gobierno aprieta mucho y aplasta algo. Pero ?tal como están las cosas? “la presión” aplastada no desaparece de la bolsa, y se acumula en otro lado. La hinchazón cambia de lugar?pero siempre está. Al menos por ahora. El método de lucha contra la inflación no es independiente de las consecuencias sistémicas.

Por otra parte hay una presión fiscal creciente (y un aumento de los niveles de endeudamiento público) y una tensión social preocupante que, el endeudamiento, a pesar de crecer, no calma.

Como este Gobierno (al igual que el anterior), a pesar de estar en estanflación, se niega a congeniar una política de ingresos, finalmente, ha convertido el deterioro de los ingresos en el factor dominante de la política.

Es que el orden de los factores altera el producto: un orden genera paz (política de ingresos) aunque sea transitoria, pero el otro genera conflicto (crisis de ingresos marcando la política) y ese es un mal permanente. En conflicto de ingre

sos, la política es campo orégano para la protesta y el disenso.

Para colmo de males, el Indec ? además de las comparaciones con fallas de estacionalidad? ha determinado que la última medición trimestral apunta a un desempleo de 9,2%. Y 1,7millones de personas buscando trabajo es un número preocupante que se agrava, en términos de mediano y largo plazo, si tenemos en cuenta que la participación de la población en la disponibilidad de trabajar, lejos de aumentar, declina o en todo caso es alarmantemente baja en ciertos lugares del país.

Es decir, la voluntaria fuerza de trabajo es relativamente poca, la tasa de desempleo es alta (sin compararla con ninguna otra) y las condiciones de precarización de muchos trabajos no han mejorado.

El trabajo en negro, el trabajo marginal, sigue siendo alto; el ausentismo en el trabajo formal también es alto y en esas condiciones es lógico que la productividad, por persona ocupada o por habitante, marche hacia atrás.

Zen o ruda

En este aluvión de cosas desordenadas, el oficialismo PRO, lo que conducen Marcos Peña y Jaime Duran Barba, ha abandonado el cultivo de la política zen, que se basaba en el silencio ante el agravio kirchnerista. Ese silencio estaba a la espera de que la realidad económica y social le diera a Mauricio, al menos, algún éxito.

Como el ansiado éxito se demora y siquiera se puede anotar “cada día un poquito mejor”, la comunicación PRO pasó de zen a ruda y violenta.

La violencia ruda, al igual que lo hizo Cristina Elisabet, se ejerció esta semana desde el micrófono nacional de la Casa Rosada. Fue cuando el Presidente de la Nación acusó de jefe de una mafia, al jefe de la bancada de diputados del Frente para la Victoria, el abogado laboralista Héctor Recalde.

Cristina era capaz de denunciar, denostar, insultar por los medios masivos de comunicación sin hacerse cargo de sus afirmaciones: la violencia de la palabra echada a correr.

La etapa zen de Mauricio, que dominaba cuando él creía en la inminente llegada del “segundo semestre”, fue desplazada por la violencia verbal ante el faltazo de ese semestre. Y su lugar lo ocupó el uso alarmante de la tribuna del Estado para generar acusaciones de una gravedad inusitada.

La salud de la República exige que los dichos del Presidente sean acompañados de las denuncias pertinentes, que serían el fundamento moral, al menos, de dichas afirmaciones más allá que nuestra Justicia las entienda verdaderas o falsas. Una denuncia fundada es un derecho. Una denuncia infundada es violencia de la palabra. Sin duda, en los últimos años, ha habido un incremento descomunal de la judicialización de la vida laboral y eso bien puede ser consecuencia de intereses económicos non sanctos. Pero en boca del Presidente, y con nombre y apellido, exigen una presentación ante la justicia: la devaluación de la palabra es cosa grave.

Lo que sabemos ahora es que la estrategia de moderación de la palabra sólo podría volver si “los éxitos” cubren el escenario de la realidad. Por eso es importante preguntarnos por el pronóstico de la evolución de los precios para los próximos doce meses, lo que el Gobierno da como un hecho indiscutible.

El IPC

Observemos la consistencia de las ideas dominantes y el potencial del pronóstico oficial. En la concepción del Gobierno está el propósito de reducir el déficit fiscal. Ello supone el realineamiento de precios a los niveles deseados por el PRO, es decir, la suba de los servicios de transporte y energía para disminuir los subsidios que agigantan el déficit.

Si ocurre la eliminación de los subsidios ?más allá de otros efectos? habrá una presión directa en los índices de precios, y una presión de costos cuya difusión también es “inflacionaria”.

Además, el tipo de cambio es hoy un ancla inflacionaria importante porque es mucho lo que esa cotización domina, esto es, insumos de producción, bienes finales y bienes de exportación.

La venta de bienes con componente importada ha tenido, al ritmo del atraso cambiario, un recorrido ascendente. Y ?naturalmente? tendrá un recorrido descendente y de suba de precios, si la tendencia cambiaria se invierte.

En la concepción del Gobierno, el mercado cambiario determina el nivel del tipo de cambio y como el déficit se financia con crédito externo y la inflación se combate con altas tasas de interés, la tendencia inmediata está más cerca de la revaluación cambiaria que de la estabilidad de la cotización del dólar.

Eso juega a favor de la reducción de la inflación aunque tiene otros componentes negativos de los que no hablaremos ahora y que todos conocemos.

También es cierto que si la revaluación cambiaria provoca reacciones preocupantes en los mercados (sustitución de producción local por importada, freno a las exportaciones) el problema adquirirá volumen social. Y eso ya lo hemos vivido. ¿Cuál será la reacción?

Pero, volviendo al tema de la inflación, si el éxito fiscal ocurriera, entonces se contribuiría a invertir la tendencia cambiaria. Es que no entraría deuda neta nueva para el fisco y la oferta de dólares se reduciría y el ancla dólar descendente se invertiría. Y entonces la presión “verde” comenzaría a empujar nuevamente a la inflación. Y esto también lo hemos vivido.

No hacemos pronósticos. Pero es importante advertir que, en la propia concepción ideológica del Gobierno, hay dormida una presión sobre los precios que “si les va bien fiscalmente” va a ocurrir. Y si “no les va bien” otras presiones habrán de surgir.

¿La “amenaza inflacionaria” por reducción de subsidios será para después de las elecciones? No lo sabemos pero está bajo la piel.

Lo que pasa, y ahí volvemos al principio, es que el Gobierno lucha contra la inflación con un monocomando. Todos sabemos que la enfermedad de la inflación es sistémica. Y para curarse requiere de una visión integral.

Las curas pasajeras son eso. Pasajeras. Y los remedios “eficaces” ?porque el hecho de que pueden bajar la tasa de inflación? no son “eficientes” porque tienen costos enormes. Costos que pueden no ser ni evidentes ni inmediatos pero, finalmente, hay que saldarlos. También lo hemos vivido.

Recordemos que antes de la implosión de 2001 “gozamos” de la calma de la estabilidad de precios más larga de las últimas décadas. Esa calma incubaba la implosión que finalmente ocurrió. La dilapidación de la deuda, que financió la estabilidad, para mantener artificialmente la marcha de la economía, desnudó la realidad cuando finalmente se cerraron los mercados de deuda.

Los métodos artificiales para adelgazar basados, por ejemplo, en anfetaminas reducen el peso pero matan la razón. Flacos pero idiotas. Está prohibido. Eficacia ineficiente.

Lo que se destruyó en el aparato productivo con el fin de lograr un tiempo de estabilidad no volvió más. Fue irrecuperable. Y la estabilidad financiada con deuda fue ?en definitiva- tan efímera como la capacidad de endeudarse. Todo esto lo hemos vivido, lo sabemos y lo recordamos.

Pero la tentación de repetir los errores para gozar transitoriamente del éxito es enorme. Tal vez sea un mal de época.

Consolidar un proceso auténtico de desinflación obliga a un programa sistémico y de largo plazo. Sistémico porque debe cuidar del aparato productivo y del empleo y debe procurar el incremento de la productividad. Y eso no se logra con sorpresas sino con programas que ofrezcan certidumbre. Y la certidumbre solo se logra cuando los actores perciben que hay, que existen y que se tejen, compromisos de largo plazo.

El largo plazo solo lo puede garantizar el compromiso de un amplio espectro de actores relevantes.

No es con lenguaje de insultos y barricadas como se puede tejer una red de compromisos. Los que gobiernan, siempre, deberían saber que una de las tareas de gobierno es la construcción del horizonte de largo plazo.

Un horizonte que no surge espontáneamente sino que exige mucho trabajo de dialogo y mucho ejercicio de comprensión.

Para ello no es buena ni la cultura zen ?que en definitiva no escucha? ni la violencia verbal a la CFK que impide pensar.

Parece sorprendente que, ante lo moderado de los resultados positivos de la gestión de Macri, haya que pedirle moderación de las palabras para poder avanzar algo en la extensión del horizonte.

El horizonte electoral es demasiado corto para gobernar. Y ningún estadista está obligado a gobernarse por él.  Moderación, no sólo verbal, para hacer posible extender el horizonte es lo que nos está haciendo falta.

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