El Bitcoin no se detiene e inicia 2021 en plena suba

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Héctor Rubini Héctor Rubini 04-01-2021
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Por Héctor Rubini (*)

La estampida del precio del Bitcoin (BTC) emerge como la gran novedad del inicio de 2021. Una suba tan rápida que genera no pocas dudas sobre su sostenibilidad en el corto y mediano plazo.

A fin de septiembre, un BTC valía U$S 10.802. Su precio subió siguiendo 4 etapas: 1) una fase de aceleración hasta llegar el 24 de noviembre a U$S 18.780, 2) un amesetamiento desde entonces y hasta el 10 de diciembre, oscilando en torno de los U$S 18.500, 3) una fuerte suba desde los U$S 17.984 del 10 de diciembre a U$S 29.239 al 31 de diciembre de 2020, y 4) la estampida iniciada entonces, que ha hecho saltar su precio hasta el récord histórico de U$S 34.683 en la madrugada de ayer.

Al cierre de este artículo se había calmado un poco esta furia de Año Nuevo, pero su precio parecía consolidar un nuevo “piso” en torno de U$S 32.000. A fin de 2019, un BTC valía U$S 7.222, es decir, hasta fin de septiembre acumuló una suba de 49,6% en 9 meses. Desde el 30 de septiembre hasta el pico de ayer (95 días), el precio del Bitcoin subió 221,1%. Ahora el valor de mercado de los BTC en circulación supera holgadamente los US$ 600.000 millones.

La oferta de Bitcoins avanza a ritmo lento siguiendo un algoritmo que permite crear nuevas unidades a partir de la validación de bloques de transacciones en la plataforma Blockchain. Esto requiere la resolución de algoritmos de creciente complejidad, tanto para certificar transacciones como para evitar la introducción de falsos BTC. En caso de éxito, el programador o grupo de programadores reciben un pago, que el 11 de mayo pasado fue reducido (“halving”) por Blockchain de 12,5 BTC a 6,25 BTC.

La creciente complejidad de esos algoritmos hace que la oferta de nuevos BTC aumente gradualmente de los actuales 18,5 millones a los 21 millones en 2040. Esto no es a costo cero. El tipo de procesadores de los grupos o “granjas” de minería es una actividad intensiva en el uso de electricidad. De ahí que el minado sea concentre en China, por su bajo costo de la energía eléctrica. Según el Indice de Consumo de Electricidad para Bitcoin del Centro de Finanzas Alternativas de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), entre septiembre de 2019 y abril de 2020, el 65,1% del minado mundial se realizaba en China, 7,2% en EE.UU., 6,9% en Rusia, 6,2% en Kazajstán, 4,3% en Malasia, 3,8% en Irán y 6,5% en el resto del mundo. Según dicha universidad, las nuevas normas de China habrían provocado una emigración de “mineros” de ese país. Su participación mundial habría caído a 50%, y aumentado la de EE.UU. a 14%, las de Rusia, Kazajstán e Irán a 8%, la de Canadá a 7% y la de Islandia a 2%.

Los determinantes que explicarían una demanda en aumento desde octubre (de BTC y otros activos análogos) serían los siguientes: a) la aceptación de PayPal del uso de criptomonedas como medio de pago, b) grandes compras de BTC y otras criptomonedas por parte de bancos, fondos de inversión y aseguradoras, c) expectativas de mayor debilidad del dólar bajo la administración de Joe Biden, lo que genera mayor atractivo del BTC como “refugio seguro”.

Este último punto ha sido remarcado en los pronósticos alcistas para BTC en informes recientes de grandes bancos de inversión. Tom Fizpatrick de CitiFX Technicals sostuvo pocos días atrás que el Gobierno estadounidense va a mantener el expansionismo fiscal y monetario (lo llama “Modern Monetary Theory en la práctica”) que tornaría inevitable una mayor inflación y una debilidad del dólar. La búsqueda de criptomonedas como reserva de valor sería la respuesta racional, así como en el pasado lo fue la acumulación de oro, tanto en EE.UU. como en otros países.

Por otro lado, la oferta de BTC se habría contraído por dos factores: a) el “halving” de las recompensas a los “mineros” de mayo pasado y b) la acumulación de BTC por parte de grandes inversores, que los han atesorado, de modo que el mercado de BTC registra insuficiente oferta para una demanda en aumento. Este último factor estaría realimentando en mayor medida los saltos de precios y la percepción de demanda insatisfecha presente y futura. Según Rafael Schultze-Kraft, de la firma suiza Glassnode, el 78% de los BTC está circulando mínimamente entre grandes entidades, o estaría atesorado. La cantidad de BTC que se negocia como activo financiero sería de sólo 3 millones de unidades, monto más que escaso para una demanda en aumento.

El atesoramiento, en cuentas off-line para el largo plazo, se mantuvo invariable ante la suba de cotización, que convalidó las expectativas alcistas e incentivó la retención de BTC a la espera de nuevos saltos del precio. En diciembre, en particular, las compras del fondo Grayscale, casi triplicaron la generación de BTC de ese mes. Al presente, la cartera de Grayscale en criptomonedas supera los U$S 20.000 millones, diez veces más que a fin de 2019.

La tónica alcista por ahora no parece tener techo a la vista y las criptomonedas emergen como atractivas, por su persistente suba. Desde fin de 2019, el precio del Bitcoin creció 304,9% en 2020 y 18,6% en los primeros 3 días de este año. En el caso de Ethereum, en 2020 la suba del precio fue de 469,2% y de otro 10,9% en los primeros 3 días de 2021.

Sin embargo, aun con el actual tren alcista, la volatilidad no lo ayuda al BTC a consolidarse como una moneda. Como las demás criptomonedas, sus valores se expresan en otras unidades de cuenta (dólares, euros, etcétera), no es unidad de cuenta generalmente aceptada para fijar precios absolutos, su sistema de pagos y de transacciones online no ha sustituido a los convencionales, y la volatilidad observada en los últimos meses lo torna cualquier cosa menos una reserva de valor estable y confiable. En todo caso, es un activo financiero con limitado alcance como medio de pagos y unidad de cuenta. Lejos está de ser “moneda” en sentido estricto, mucho menos con curso legal otorgado para algún gobierno.

Mientras tanto, el mercado sigue optimista y las subas de estos días han pulverizado (por ahora) las críticas y los pesimistas presagios de Nouriel Roubini y otros que propugnan la emisión de monedas digitales de bancos centrales, y regulaciones para eliminar las criptomonedas como medio de pago. Pero tampoco escapa a nadie la fe estatista del Partido Demócrata, y en particular de Biden, y de la casi totalidad de su futuro equipo económico. Varios inversores siguen preocupados por el potencial giro a normas antimonopolio más estrictas y regulaciones invasivas para la privacidad de las transacciones online. Algo previsible ante la opacidad de transacciones anónimas que exponen a las contrapartes a problemas de seguridad informática y fraudes de todo tipo, en un entorno virtual que sigue siendo observado también como un verdadero oasis para el lavado de activos y el financiamiento de actividades criminales de todo tipo.

Por ahora esto no preocupa en absoluto a los más optimistas, que esperan que el rally alcista continúe por otros 3-8 meses y sigan ilusionándose con un BTC cotizando por encima de los U$S 100.000. Habrá que esperar. Al menos en la cresta de la ola, toda observación prudente suena a mala palabra, pero tarde o temprano llegará una corrección. Si afectará a los participantes, o si será fuente de un terremoto financiero de proporciones, es algo que a nadie parece preocupar. Pero dinámicas como las de los últimos meses tornan inevitable estar atentos ante la aparición de algún eventual “cisne negro”.

(*) Economista de la Universidad del Salvador (USAL)

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