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Einstoss: “El problema energético de Argentina es el declive de la producción convencional”

Alejandro Radonjic 06 noviembre de 2019

Entrevista a Alejandro Einstoss Docente, Miembro del IAE Mosconi y consultor  Por Alejandro Radonjic 

Alejandro Einstoss es docente (UBA y UB), miembro del IAE Mosconi y consultor. En un diálogo profundo con El Economista, ofrece su visión sobre la situación energética de Argentina desde Vaca Muerta hasta el desafío de las renovables.

Ya sabíamos de la potencialidad de Vaca Muerta, pero en los últimos meses hemos visto que es muy sensible a los cambios de políticas, precios e incentivos. “Es una bella dama”, diría José Luis Sureda. ¿Qué necesita Vaca Muerta para desplegar todo su potencial?

La producción no convencional es un demandante permanente de inversiones. Si estas no se mantienen en el tiempo, la producción cae a la misma velocidad a la que aumenta. En los últimos tres años, la inversión promedio anual en Vaca Muerta supero los US$ 4.000 millones, y la industria recibió en forma de subsidios uno de cada tres dólares invertidos, algo que implicó un esfuerzo fiscal de más de US$ 5.000 millones, según datos del Ministerio de Hacienda. En ese contexto, Vaca Muerte aparece como un desafío que muestra un yacimiento productivo, pero de alto costo de inversión, que enfrenta para su desarrollo a gran escala dos limitantes: el precio internacional. ¿Será viable por debajo de US$ 50 por barril? Por otro lado, el costo del capital, donde la estabilidad macroeconómica local es un factor central. Hoy la producción de gas no convencional explica casi el 40% de la producción total, pero se trata de una producción subsidiada, a través de una variante del Plan Gas que garantiza un precio sostén decreciente hasta 2021. Vaca Muerta debe demostrar su productividad a gran escala pero a precios competitivos y sin subsidios. Se habla de blindar Vaca Muerta y tener una política de Estado ad hoc. Quizás debamos avanzar en un plan integral del sector, que tenga a Vaca Muerta como actor relevante y capaz de generar rentas, pero para su desarrollo necesita infraestructura y, por ende, forma parte de un complejo engranaje cuyo diseño integral es el que debería ser el objeto de una política de Estado con acuerdo parlamentario que genere certidumbre y reglas claras que permitan el arribo de inversiones a un sector capital intensivo y que mira largo plazo. Sin dudas, se avecina un amplio debate energético, y de Vaca Muerta en particular. Ojalá ese debate sea sin pensamientos mágicos, con fundamentos realistas y sin hacernos trampas jugando al solitario.

¿Hay un trade-off, cuanto menos en el corto plazo, con otros intereses de política? Por ejemplo, congelar el combustible en los surtidores. Esto último puede ayudar a anclar la inflación o liberar espacio para el consumo, pero no está exenta de costos.

Sin dudas uno de los temas que esperan soluciones y que estarán en los primeros lugares de la agenda del próximo Gobierno es el precio de los combustibles, a partir del congelamiento vigente para su principal insumo: el precio del petróleo. Si revisamos la política de determinación del precio interno del petróleo en la última década, es errática, ajena a mecanismos de mercado y fallida. Entre 2011 y 2014, mientras el precio internacional se ubicaba por arriba de los US$ 100, el precio interno se ubicaba en torno a los US$ 70. Luego, cuando el precio internacional perforo los US$ 40, el precio local se sostuvo artificialmente en torno a los US$ 70 con el objeto de incentivar una producción en caída libre desde finales de los '90. Identificado el problema, Cambiemos modificó esa política y desde octubre 2017 los combustibles en Argentina reconocen el precio internacional del petróleo y toman como guía el precio de paridad de importación del petróleo Brent. En ese contexto, el salto devaluatorio posterior a las PASO, y el riesgo de traslado a precios, hizo que el Gobierno debiera congelar los combustibles y el crudo local. A partir de ese momento, el precio promedio del petróleo en el mercado interno quedó 15% por debajo del Brent, lo que en principio anticiparía que la continuidad de los incrementos en el surtidor son inevitables. Sin embargo, el desarrollo de Vaca Muerta orientado a la producción de petróleo no convencional (que no recibe subsidios) y los anuncios de exportaciones de crudo es la mejor noticia que puede darnos en el corto plazo. No solo porque aportara dólares a una economía que tanto los necesita, sino que modificará el valor de referencia de los combustibles en el mercado local, que pasaran de alinearse del “import parity” a la paridad de exportación. Es una diferencia que podría superar el 15%. Ese cambio en el marcador de precios debería tener dos efectos: que la necesidad de aumentos de los combustibles sea sustancialmente menor y que la economía gana en productividad a partir de un menor costo de la energía. Resulta importante entender que la producción de gas y de petróleo funciona según reglas de mercado, y así lo ha demostrado el mercado de gas que, sobreofertado y con un mecanismo de subastas transparentes, permitió una reducción del precio promedio interno del gas superior a 20%. Entonces la pregunta es si existe un mecanismo de determinación de precios de los combustibles en condiciones de mercado y transparente. En principio no, y quizás ese es un punto importante para que la política trabaje en el corto plazo.

Se habla poco de la producción de hidrocarburos convencional. ¿Por qué?

La producción de hidrocarburos convencionales está en decadencia desde 1998 en petróleo y 2004 para el gas natural. El origen puede encontrarse en la falta de inversión en exploración, consecuencia de una regulación ineficaz que no logró reemplazar el rol que cumplía la empresa YPF estatal y, por lo tanto, la industria se concentró en la sobreexplotación de yacimientos conocidos, que cada vez más maduros como es lógico, producen menos. A eso se suma la política energética de los 14 años que van desde 2002 hasta 2015 que, congelando precios y tarifas, rompió todo marco contractual y regulatorio en un sector que sin reglas no invierte y consumió stocks de reservas que alcanzaron hasta 9 años de producción. Luego la Historia es conocida: la menor producción se cubrió con importaciones y subsidios que pulverizaron los superávits gemelos y hundieron a Argentina en la estanflación. Es un grave error que no se ubique como objetivo de política pública energética a la reversión de la decadencia en producción convencional. A mi criterio es el corazón del problema productivo del sector. El informe de tendencias del Instituto Argentino de la Energía Gral. Mosconi nos advierte que, si bien la producción de gas natural y petróleo crecen en términos interanuales, la producción convencional de gas cae casi 9% en los últimos 12 meses y la de petróleo, 3,3%. Si todas las fichas están en Vaca Muerta y la macroeconomía no acompaña y las alquimias para blindar Vaca Muerta no surgen el efecto deseado, podríamos encontraremos de frente con la cara más cruda de un problema crónico que deja sin red al sistema energético nacional.

¿La exploración offshore, que empieza a tantearse, puede ayudar o su aporte será marginal?

En línea con lo anterior, la adjudicación que realizó el Gobierno de 18 áreas para la exploración en el Mar Argentino es una excelente noticia. Nuestro país tiene una exitosa experiencia en la producción off shore en la Cuenca Austral desde los '70, que hoy produce aproximadamente el 20% de la producción de gas. La reciente licitación despertó el interés de grandes empresas internacionales que realizaron ofertas por más de US$ 700 millones, lo que no solo marca el éxito de la licitación y las expectativas de éxito del capital privado, sino el comienzo de la exploración de la inmensa plataforma continental que se encuentra prácticamente inexplorada. De producirse un descubrimiento comercialmente explotable, si bien en el corto su aporte sería marginal, en el mediano largo plazo representaría para Argentina una alternativa de aprovisionamiento, y la existencia de alternativas de inversión que compiten con la lógica que ubica a Vaca Muerta como la única alternativa viable y la gran tabla de salvataje. En ese sentido, sería esperable que el próximo Gobierno continúe con la política y lance nuevas rondas de licitaciones que avancen sobre cuencas no incluidas en la primera licitación.

¿Cuál es el aporte de las energías renovables hoy y cuál puede ser en los próximos años?

Como condiciones de borde, el proceso de generación de energía a partir de fuentes renovables aparece como fenómeno global e irreversible. En ese contexto, Argentina asumió compromisos internacionales que prevén un aumento gradual de la participación en el consumo de energía eléctrica proveniente de fuentes renovables, comenzando por el 8% en 2019 hasta llegar a 20% en 2025. En el año en curso se alcanzarán los objetivos a partir del ingreso en operación de algunos de los proyectos Renovar, pero llegar al 20% aparece desafiante en un contexto donde el 65% de la energía eléctrica se genera a partir de la quema de gas natural y alcanzar la meta implica una inversión aproximada de US$ 10.000 millones. Renovar ha sido un mecanismo exitoso de adjudicación de proyectos (más de 4.000 megavatios de potencia). Esos proyectos se instrumentan a partir de contratos en dólares a veinte años administrados por Cammesa y en sus sucesivas rondas han logrado bajar el precio promedio de adjudicación. La inserción de la energía renovable debería ser parte de una planificación energética integral que pondere las ventajas comparativas que representa disponer de gas a precios competitivos, la inclusión de otras fuentes como la hidroeléctrica y la nuclear y la reducción de emisiones a partir de políticas de ahorro y eficiencia energética. En la coyuntura, la inestabilidad macro, que hoy incluye el cepo, pone al costo del capital y al desarrollo de infraestructura de transporte eléctrico como limitantes para el desarrollo de algunos de los proyectos ya adjudicados, lo que se transforma en otro pendiente que deberán encarar las próximas autoridades energéticas. Para adelante, sería deseable que Argentina se aleje de las posiciones negacionistas respecto al cambio climático y que, como parte de la comunidad internacional, reafirme sus compromisos en la materia.

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