Bajar impuestos, necesario pero no suficiente

Héctor Rubini Héctor Rubini 12-01-2017
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Por Héctor Rubini (*)

La viabilidad de una reactivación sostenida de la actividad económica empieza a ocupar el centro del escenario. Los indicadores del año pasado empiezan a conocerse, y en particular los de la producción de la industria manufacturera son tan o más decepcionantes que los del mercado laboral y los de las ventas internas.

Ciertamente se presenta el problema del “costo argentino” asociado a los costos financieros, laborales, tributarios y el de la competitividad. La herencia recibida no se ha visto fundamentalmente modificada, a pesar de las iniciativas a favor de las Pymes de la primera mitad del año pasado. Sin una reducción general de la presión tributaria, ni una baja drástica de la inflación, el clima recesivo se mantuvo en línea con elevadas tasas de interés activas, ajustes en tarifas públicas y actualizaciones salariales que aun por detrás de la inflación, contribuyeron a la suba de costos de producción en la mayoría de las empresas. Cierta incipiente apertura importadora complicó las ventas de varias ramas de actividad, a lo cual contribuyó cierto atraso del tipo de cambio real luego de la devaluación de diciembre de 2015. Además, la no renovación de planes de facilidades para cancelación de deudas por contribuciones patronales complicó la viabilidad de no pocas Pymes.

El resto de la historia, vino por el lado de la demanda de los consumidores. La suba del gasto público, asociado en gran medida al mantenimiento de subsidios preexistentes, y el pago de deudas previsionales no fueron suficientes para la recuperación del consumo. A esto se sumó el impacto negativo sobre el sector automotriz de la recesión de Brasil. Recuperar terreno se torna complicado sin una baja de costos, pero que además no afecte al consumo interno.

En ese sentido, daría la impresión de que no luce factible una drástica mejora de las cuentas fiscales en un contexto recesivo. El mismo no sólo dificulta la recuperación de los ingresos tributarios, por ahora fortalecida con el éxito del blanqueo de capitales. La destrucción de vacantes laborales y la inexistencia del tan mentado boom de inversiones de la segunda mitad del año pasado torna imposible pensar en aumentar el gasto corriente de manera permanente, sin conducir a un sendero de endeudamiento insostenible. Reducir el “costo argentino” obliga, inevitablemente, a reformas regulatorias de efecto-impacto a mediano plazo y en el corto plazo a concentrarse sobre tres cuestiones inevitables: el costo financiero, el tipo de cambio y los impuestos.

Los dos primeros se relacionan inequívocamente con las expectativas inflacionarias y las cuentas fiscales. En la medida en que no se reduzca la brecha fiscal, se tornará difícil esperar una baja sustancial de tasas de interés. Si se fuerza una baja abrupta en las de política monetaria, no es claro que en el corto plazo arrastre a las tasas activas del sistema bancario o del circuito interbancario. El tipo de cambio podría subir si se fortalece sostenidamente el dólar a nivel mundial, pero no luce factible en el primer semestre de este año. A la esperada llegada de divisas luego de las primeras emisiones de deuda en el exterior, sucederá el ingreso de dólares por la cosecha gruesa. Resolver en el corto plazo el problema del “costo argentino” torna inevitable actuar sobre la cuestión tributaria, y probablemente sobre ciertos subsidios.

La carga impositiva, como es bien sabido, se encuentra en los niveles récord históricos. En un país federal, la reducción nominal de alícuotas inicialmente supone una pérdida de recaudación, que se torna políticamente difícil de sostener, salvo que se acepte compensar esa reducción de ingresos con captación de más deuda. Si se trata de impuestos coparticipados, emerge la resistencia de los gobiernos provinciales beneficiarios de las transferencias nacionales. Si pierden esa fuente de ingresos, es inevitable un aumento de la presión fiscal provincial, vía suba de alícuotas, expansión de base imponible, o creación de nuevos tributos. Para el sector privado nada cambia. Habitualmente se menciona que “el problema” son los costos de logística y transporte. Es verdad que superan a los de varios países de la región, pero también vienen señalando diversas cámaras empresariales, y con los números en la mano, que no menos del 40% de ese sobrecosto son impuestos (nacionales, provinciales y municipales). Reducirlo, también contribuye a mejorar el tipo de cambio real?

Ciertamente, una reforma, al menos parcial, exigirá revisar varios de los criterios aplicados desde la salida de la convertibilidad. La persistente negativa de sucesivas administraciones a eliminar impuestos distorsivos podría atemperarse, al menos, con mecanismos de pagos a cuenta, devolución o compensación de saldos de IVA, reintegros a la exportación, la eliminación lisa y llana de tributos distorsivos sin alto impacto en la recaudación corriente o la reimplantación de algún mecanismo de ajuste por inflación, análogo al de los años previos a la alta inflación de fines de los '80. En el presente podrá implicar un aumento de la brecha fiscal, pero si en el mediano y largo plazo, se recuperan la oferta interna de bienes y la demanda de mano de obra y otros insumos, un programa de “empuje de oferta”, más la todavía demorada recuperación de la inversión pública podrían ser un primer paso hacia la salida de la actual estanflación. Sin embargo, esto también requiere baja inflación ? dificultoso, ante las subas que se vienen en precios regulados y el persistente déficit fiscal nacional y de provincias-, tipo de cambio real y competitivo ?si no cede la inflación y con fuerte ingreso de divisas en el primer semestre, también es dificultoso - y bajos costos en dólares (competitividad in crescendo), pero con recuperación del poder de compra (baja inflación) en el mercado interno -o sea devaluación nominal, que no se traslade a precios? ¿factible??.

Con cepos cambiarios, dólar atrasado, tasas de interés real negativas y tarifas públicas artificialmente bajas, se trató durante casi ocho años de “resolver” esta cuestión. El resultado fue un escenario de estanflación, al borde de una crisis de balanza de pagos. Con dificultades para sincerar tarifas públicas, impedir el traslado de devaluación a inflación y puja distributiva en aumento, el gradualismo del año pasado, sin boom de inversiones, evitó un estallido, pero no logró recuperar el sendero del crecimiento. Esperemos que este año, el nuevo equipo económico le encuentre la vuelta e inicie la efectiva baja del “costo argentino”. Reducir la agobiante carga tributaria de los últimos 10-12 años es necesario, pero no suficiente. Requiere también el acompañamiento de una profunda reforma de la asignación del gasto público. Caso contrario, el deterioro permanente del capital físico y humano tornará imposible pensar siquiera en volver a crecer, y menos a las tasas chinas de principios de la década pasada.

(*) Instituto de Investigaciones en Ciencias Económicas (USAL)

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