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Las promesas incumplidas por parte de la tecnología

En el tercer trimestre la productividad de la economía estadounidense se contrajo 0,3%. Las empresas aumentaron el volumen de bienes y servicios producidos en un 2,1% entre julio y setiembre. Pero las horas de trabajo lo hicieron a un ritmo aún mayor del 2,4%.

Pablo Maas 14 noviembre de 2019

Por Pablo Maas

Internet, Big Data, Inteligencia Artificial, máquinas que aprenden solas, robots, computación cuántica. El ritmo de aceleración de la tecnología es fenomenal y está en todas partes. Menos en las estadísticas de productividad. En el tercer trimestre del año, la productividad de la economía estadounidense se contrajo 0,3%. Las empresas aumentaron el volumen de bienes y servicios producidos en un 2,1% entre julio y setiembre. Pero las horas de trabajo lo hicieron a un ritmo aún mayor de 2,4%, informó esta semana el Departamento de Trabajo.

A pesar de la revolución digital de la “nueva economía” y la creciente automatización de la anunciada cuarta revolución industrial del Siglo XXI, la productividad del trabajo en la primera potencia mundial ha crecido a una tasa raquítica del 1,3% desde 2007. En los cincuenta años anteriores lo había hecho a razón del 2,1% anual. ¿Por qué la alta tecnología del presente no está cumpliendo su promesa de entregar una revolución productiva? Esta es la paradoja que desvela desde hace tiempo a los economistas dedicados al estudio del crecimiento. En 1987, seis años después de la invención de la PC de IBM, el premio Nobel de Economía, Robert Solow, observó que “las computadoras están en todas partes, menos en las estadísticas de productividad”. La paradoja de Solow fue olvidada unos años más tarde, cuando la productividad de la economía estadounidense cobró fuerte impulso. Pero se trató de un período corto, de 1998 a 2004.

En 2012, un discípulo de Solow, Robert Gordon, volvió a observar el mismo fenómeno en plena era de Internet. Las nuevas tecnologías digitales eran impotentes para impulsar la productividad en forma equivalente a la que lo habían hecho las viejas tecnologías analógicas como el motor de combustión interna, la electricidad, los automóviles y los aviones. En un célebre artículo, Gordon sostuvo que los inventos realmente revolucionarios para la economía fueron los del fin del Siglo XIX y comienzos del XX. Suena contra intuitivo, pero ciertos “robots” como los humildes lavarropas introducidos masivamente en la década de 1950 y que liberaron a las mujeres de la esclavitud de las tareas domésticas y las enviaron por millones a las fábricas y oficinas hicieron más por la productividad del trabajo que los teléfonos inteligentes.

La reaparición de la paradoja de Solow en la era de Internet es lo que ha llevado a algunos economistas, como Larry Summers, a suponer que el capitalismo de los países avanzados se enfrenta a la posibilidad de un estancamiento secular. Una línea crítica a estos pronósticos sostiene que el nudo de la paradoja de la productividad reside en un problema de medición. En un artículo publicado esta semana en la Harvard Business Review (How should we measure the digital economy), Erik Brynjolfsson sostiene que la economía digital está subestimada en el cálculo del PIB, porque éste contabiliza exclusivamente bienes y servicios que se compran y venden en el mercado por un precio. Pero los servicios digitales, como Google y Facebook, se ofrecen gratis.

Los consumidores, dicen Brynjolfsson y un colega, estarían dispuestos a pagar un promedio de U$S 48 por mes por utilizar Facebook, pero lo reciben gratis. Si este “excedente del consumidor” se contabilizara en las cuentas nacionales, el PIB estadounidense habría crecido 0,11% anual adicional desde 2004 hasta el presente, solamente teniendo en cuenta el impacto de Facebook. El autor, consultor del MIT y uno de los máximos exponentes de la corriente tecno-optimista, admite que su cálculo solo toma en cuenta los beneficios de las nuevas tecnologías y no los costos, como las distracciones y los efectos adictivos y sobre la privacidad de las nuevas tecnologías. Podría agregarse que las nuevas tecnologías digitales no son las primeras en la historia en ofrecerse gratis. Viejas tecnologías como la radio y la TV de aire también lo han sido antes. Para equiparar las contribuciones de estas tecnologías al producto, habría que recalcular las series del PIB de los últimos cien años.

Otra crítica a los tecnoescépticos sostiene que la digitalización es un fenómeno relativamente reciente y que sus efectos sobre la productividad aún no se sienten, pero que seguramente lo harán en el futuro. Existe siempre una brecha temporal en el despliegue de las nuevas tecnologías en cada etapa histórica. La electricidad, por ejemplo, tardó no menos de veinte años en hacer sentir sus efectos en la manufactura del Siglo XX. Es posible que ahora esté ocurriendo algo similar, aunque tratándose del futuro nunca se sabe. Y el cuarto de siglo transcurrido desde la aparición de Internet no es tan poco tiempo. Este argumento choca con la idea de la exponencialidad de la digitalización. Si la innovación tecnológica es tan veloz como se asegura, ¿cómo es posible que demore tantos años en revolucionar la productividad? Según los tecnooptimistas, en poco tiempo más, los vehículos se conducirán solos y podremos aprovechar los tiempos de viaje para trabajar. Eso sería un verdadero salto cuántico de productividad. Pero por ahora, no está sucediendo.

Hay otros casos en que la tecnología es impotente para aumentar la productividad. Este artículo, por ejemplo, fue escrito en un procesador de texto que es de órdenes de magnitud más veloz y eficiente que una antigua máquina de escribir. Fue enviado al editor a la velocidad del rayo gracias al creciente ancho de banda de las telecomunicaciones. Pero el ancho de banda humana de su autor, lamentablemente, no ha aumentado al ritmo de la tecnología. El tiempo de trabajo socialmente necesario para escribir un artículo en la prensa posiblemente no haya variado mucho en los últimos cien años. Lo mismo para el trabajo de los actores, músicos, artistas plásticos, filósofos, etcétera. Estos no crean más rápido o piensan mejor gracia a la tecnología. La producción de bienes culturales, como lo descubrieron en la década de 1960 Baumol y Bowen, sufre de la llamada “enfermedad de los costos”. Para interpretar un cuarteto de cuerdas de Mozart se necesita hoy el mismo tiempo y la misma cantidad de músicos que hace doscientos años. Es decir, la productividad de este tipo de espectáculo no ha aumentado, pero sí los salarios de los músicos, que siguen la evolución del costo de vida. En la paradoja de la productividad que actualmente azota a las economías, posiblemente haya alguna otra enfermedad que todavía no ha sido descubierta.

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