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El crédito todavía no derrama

El mayor crédito se refleja en más demanda de bienes durables con un elevado componente importado y en viviendas ya construidas

19-09-2017
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Por Rodrigo Alvarez Socio y director de Analytica Consultora

La fuerte expansión del crédito al sector privado genera sentimientos encontrados. Por un lado, expectativas por parte de una amplia franja de la sociedad debido a la posibilidad de adquirir inmuebles y bienes durables por parte de las familias y de financiar inversiones y capital de trabajo por el lado de las firmas. Sin embargo, también genera interrogantes sobre la sostenibilidad macroeconómica de este escenario. Esto ocurre porque el mayor nivel de crédito se está reflejando en un aumento en la demanda de bienes durables con un elevado componente importado, lo que reduce el nivel de crecimiento e impacta negativamente en el déficit en cuenta corriente.

Analizando la composición dentro de los créditos al sector privado en pesos  se observa una mayor demanda orientada hacia la adquisición de viviendas ya construidas y  de bienes durables mayormente origen importado, lo que estaría explicando en parte el desempeño del balance comercial.

En los últimos años la construcción creció financiada con “capital propio” consecuencia de una economía “base caja” en lo que respecta a las decisiones de gasto que requieren financiamiento de mediano y largo plazos. Esta dinámica tuvo lugar a partir del escaso tamaño del sistema financiero luego de la crisis de 2001 y de la poca sofisticación en materia de inversiones de los sectores que generaban rentabilidad excedente en un contexto inflacionario. A su vez, la expansión de la construcción de viviendas como inversión no fue acompañada por la demanda, dada la escasez de crédito hipotecario, que se ubica en torno al 0,5% del PIB (de los más bajos del mundo) repercutiendo en el valor de mercado de los alquileres, entre otras cuestiones.

A partir de la introducción del régimen de metas de inflación, y con ello la percepción para el mercado de un escenario de inflación a la baja, el plazo del crédito en moneda local comenzó a extenderse, permitiendo bajar la relación cuota ingreso, y se flexibilizaron los requisitos para obtenerlos.

Además, la introducción de la UVA como instrumento para denominar el crédito e indexarlo a la inflación, permite que las entidades financieras obtengan una tasa de interés real positiva del crédito (entre 3,5% y 5% según el caso) y salgan agresivamente a ofrecerlo a un mercado con demanda insatisfecha elevada, tanto por el déficit habitacional (estimado en 3,5 millones de viviendas) como por el bajo nivel de endeudamiento de las familias (en torno al 8% del PIB y el más bajo del mundo para una economía de desarrollo intermedio como Argentina).

Si bien el crédito hipotecario crece a un ritmo de 51% interanual en términos nominales, y aquel destinado a la vivienda para personas físicas crece a un ritmo interanual de 60%, cerca del 85% se destina a la adquisición de viviendas ya construidas, mientras que sólo el 15% restante se orienta a la construcción y refacción de viviendas, implicando un menor impacto sobre la generación de valor agregado.

Por su parte, el crédito prendario crece también a un ritmo elevado, el cual se orienta principalmente a la compra de automotores para empresas y familias (+67%), pero esta compra es en gran medida de autos importados y se ve reflejado en su crecimiento en las importaciones (explica 3,4 puntos del crecimiento récord de este año de 15,4%).

La otra línea de crédito que más ha crecido en el último tiempo debido a la percepción de una caída en el ritmo de inflación y de la introducción de instrumentos indexados, es el préstamo personal (+56% ). Pero al igual que en el caso de los préstamos prendarios, su destino es en general la adquisición de bienes durables que suelen ser de importación.

Si bien la ampliación del crédito permite expandir las posibilidades de consumo inmediato y distribuir el gasto en el tiempo con mayor flexibilidad, el impacto que se deriva del aumento del crédito implica un crecimiento del consumo y de la demanda agregada que no se ve reflejado en un aumento del producto; máxime teniendo en cuenta la mayor apertura de la economía y la apreciación real del régimen de metas de inflación.

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