Los parlamentos del futuro

30 de septiembre, 2020

En plena sesión de diputados

Por Augusto Salvatto  Magister en Estudios Latinoamericanos y especialista en Economía del Conocimiento

La virtualidad obligada que experimentó en el Congreso durante el 2020 permite abrir el debate sobre los beneficios de incorporar tecnología al proceso legislativo. Aunque también dejó de manifiesto sus posibles riesgos.

Si hace algunos años nos hubiéramos dedicado a imaginar cómo sería el futuro del Poder Legislativo, difícilmente hubiéramos pensado en legisladores sesionando desde sus camas, colocando carteles frente a la pantalla para simular su presencia o aprovechando para pasar un momento agradable con su asesora, y compartirlo con los 45 millones de argentinos….Pero la realidad muchas veces supera la ficción.

Ahora bien, la tecnología puede brindarnos mucho más que buen material para memes y horas de debate en las tertulias televisivas.

¡Es la crisis de representación!

Desde hace décadas, las democracias occidentales vienen experimentando un proceso de fuerte erosión de las instituciones representativas tradicionales. Así, de acuerdo con datos de Latinobarómetro, solo 13% de los latinoamericanos siente confianza en los partidos políticos de su país, y el 79% desconfía de sus parlamentos. Es decir, las instituciones de representación por excelencia ya no representan a casi nadie.

¿Cómo puede funcionar una democracia dónde quienes deberían representar las demandas ciudadanas, ya no tienen la confianza de la población? Efectivamente, gran parte de las protestas que vimos a lo largo de todo América Latina en 2019 responden a esta crisis. Al igual que fenómenos como el Brexit y la elección de Donald Trump. Y es que, ante un contexto de enorme cambio en la sociedad, las instituciones que no logren adaptarse terminarán por quedar obsoletas, lo que representa un riesgo para las democracias contemporáneas.

Tecnología: ¿solución y problema?

El principal desafío de los parlamentos del futuro es mejorar esa experiencia de representación fallida que vienen atravesando las sociedades occidentales. Para hacerlo, es necesario acercar representantes con representados, transparentar el proceso legislativo e innovar en la toma de decisión. Y para hacerlo, la tecnología puede ser una gran aliada.

Decenas de herramientas se están probando en el mundo, especialmente por la sociedad civil, para aplicar tecnología a los parlamentos. Así, por ejemplo, los sistemas de chequeo de discurso mediante machine learning e inteligencia artificial permitirían brindar mayor calidad al debate parlamentario. Las distintas herramientas en línea de seguimiento legislativo, como es el caso de DeQuéSeTrata.org, acercan al ciudadano con lo que sucede dentro del Congreso.

Al mismo tiempo, el blockchain podría utilizarse tanto para realizar expedientes electrónicos de manera más segura y confiable, como para encarar procesos de contratación pública sin corrupción. Por último, la utilización de Big Data para análisis de decisiones, o las consultas ciudadanas vía online, también podrían servir para acercar a los ciudadanos interesados al proceso de toma de decisión. Lo cual no es violar el artículo 22 de la constitución, sino más bien salvarlo.

Pero incluso la mejor solución, si no está bien aplicada, puede redundar en la profundización de los problemas preexistentes. Así, aquella virtualidad que prometía acercar a los representantes terminó desnudando sus miserias. En algunos casos, hasta literalmente.

Por eso, y ante el infundado miedo de una distopía robotizada, para que la tecnología pueda ayudar a solucionar la crisis de representación que atraviesan nuestras democracias, los humanos siguen siendo fundamentales: La tecnología no va a reemplazar a los legisladores, pero los legisladores que no sepan usar tecnología serán reemplazados por otros que sí.

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