El confinamiento fue un remedio más costoso que la enfermedad

30 de septiembre, 2020

Pandemia economía

Por Jorge Colina Economista de Idesa

El 18 de marzo, en estas páginas de El Economista, este autor publicó una columna con el título “Parar por coronavirus es un remedio más costoso que la enfermedad” donde se decía que, proponer que todos se queden en sus casas para evitar los contagios, puede ser un tratamiento transitorio y para un país avanzado.  La razón era porque: “… en Argentina solo el 55% tiene un empleo asalariado registrado privado o público con un empleador que lo puede mantener. El otro 45% de las familias viven gracias a que el jefe de hogar tiene un empleo asalariado “en negro” o vive del cuentapropismo. Por lo que encerrar a estos trabajadores les generará un daño mayor a la salud que el coronavirus…”.

El 15 de abril, un mes después, en otra columna escrita en estas páginas, en respuesta al mandato oficial de que primero está la salud y después la economía se decía: “… hay que salir de la falsa dicotomía de que primero está la salud y después la economía. Salud y economía van de la mano. Lo que se está priorizando ahora es el criterio médico, lo cual está bien. Pero considerando que la mitad o más de la población no puede mantenerse mucho tiempo sin trabajar, no puede el criterio médico aconsejar que la cuarentena se extienda por 2 meses o más. Los países latinoamericanos son muy pobres para darse el lujo de tomar tan costoso tratamiento médico…”.

En setiembre, las pruebas están a la vista. Después de 6 meses de confinamiento, donde en los primeros 3 meses la estrategia se mostraba “exitosa”, en los segundos 3 meses se desencadenaron los contagios y ahora Argentina tiene 750.000 contagiados registrados, creciendo a razón de 12.000 por día y 17.000 muertos (los registrados por el sistema sanitario porque luego aparecen más cuando se miran los registros civiles). Argentina pasó a ser un país más en el mundo de la pandemia. Hay quienes sostienen que sin el confinamiento esto hubiera sido peor. En este caso, estos resultados serían el beneficio del confinamiento.

¿Cuáles fueron los costos de confinar a la gente?

Definitivamente, muchos. Desde la salud mental, el miedo inducido a mucha gente que ahora no lo puede vencer, enfermedades no tratadas, niños y jóvenes que perdieron un año escolar, familias separadas, y muchos más. Pero hay uno que por lo menos se pudo medir oficialmente: el impacto en el mercado laboral.

Según el Indec, en el segundo trimestre del 2020, o sea, en los 3 primeros meses más duros del confinamiento, cuando se mostraba “exitoso”, 2,5 millones de personas se quedaron sin trabajo sólo en los grandes aglomerados urbanos (si se tomara el interior provincial obviamente el número sería mayor).

¿Quiénes son los que se quedaron sin trabajo?

Bueno, 1,3 millones eran asalariados no registrado (“en negro”) y otros 900.000 fueron cuentapropistas (“trabajan por su cuenta”). Sólo 300.000 fueron asalariados registrados.

El impacto de la cuarentena en la economía
¿Quiénes son los que se quedaron sin trabajo?

Este resultado es natural. Se sabía en marzo que la mitad de los trabajadores eran asalariados informales o cuentapropistas, y que estos empleos sin actividad económica mueren. Los asalariados formales no sufrieron el ajuste porque a ellos les cabe la prohibición de despido y los subsidios a las empresas (ATP) para que le paguen sus salarios. De todas formas, al igual que con el confinamiento, que en los primeros meses parece “exitoso”, la prohibición de despido más subsidio pospone los despidos, pero no los evita. Vendrán cuando los subsidios sean fiscalmente insostenibles, ya que muchas empresas privadas están financieramente exhaustas, con las ventas desplomadas y sin perspectivas que vayan a recuperarlas.

Alguien puede señalar que estos 2,2 millones de informales y cuentapropistas sin trabajo fueron asistidos con el IFE (que vendría a ser el ATP de los informales). El propio Indecseñala que la distribución del ingreso empeoró (el coeficiente de Gini pasó de 0,434 a 0,451) lo que significa que los asalariados formales estuvieron más protegidos que los informales. En otras palabras, por problemas de financiamiento y de gestión estatal, el IFE no llegó a compensar la pérdida de ingresos ocasionada por el confinamiento.

Otro enfoque para mirar este costo social es la tasa de desempleo. Con el confinamiento, la tasa de desempleo subió de 10,6% en el 2019 a 13,1% de la población económicamente activa en el 2020. Alguien se puede preguntar y dónde están los 2,5 millones que perdieron el trabajo. Pasaron a la inactividad laboral. O sea, no buscaron activamente otro empleo (seguramente que por el confinamiento y la ayuda del IFE). Si estos 2,5 millones de personas hubieran salido a buscar otro empleo, la tasa de desempleo no hubiera sido del 13% sino del 29%.

Se puede decir que esto no es el costo del confinamiento sino de la pandemia. Esto es errado porque el confinamiento es el remedio elegido, no la enfermedad. Hay remedios alternativos. Son el distanciamiento social, con limpieza de manos y superficies, más testeos masivos para identificar la presencia comunitaria del virus y allí actuar. Este hubiera sido un remedio más barato desde el punto de vista social, productivo y laboral.

 

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