Wall Street: el cielo y el infierno al alcance de la mano

22 de julio, 2020

Por Jorge Bertolino Economista

El derrotero actual de los precios de las acciones tecnológicas que componen el índice S&P500 está generando un desacostumbrado desacuerdo entre los expertos que predicen el comportamiento futuro del mercado.

Este índice lidera la recuperación, después de la caída vertical, al inicio de la crisis sanitaria del Covid-19. Se encontraba, así, a escasa distancia de recuperar el nivel de precios anterior y marcar, entonces, nuevos máximos históricos. Este lunes rompió el nivel de 3235 (cerró en 3251,84), y borró toda la baja del año, quedando levemente positiva con respecto al cierre de fin del año anterior.

En cambio, el índice Dow Jones, donde listan las más grandes y tradicionales empresas del sector industrial, se encuentra aún en terreno fuertemente negativo e incluso algunos papeles han marcado nuevos mínimos históricos muy recientemente.

El encierro obligatorio generado por la pandemia ha impulsado la aparición de aplicaciones informáticas que permiten comprar y vender rápidamente, a cualquier persona que posea un teléfono móvil, acciones y bonos del mundo entero con comisiones mínimas y hasta, en algunos casos, gratuitas.

El mayor tiempo disponible para el ocio ha despertado la curiosidad de los ahorristas que, lentamente al principio, fueron incorporando a sus costumbres la compra de las acciones más  representativas de la vívida rutina diaria que los mantiene en sus hogares.

El mayor uso de las computadoras personales ha alentado la compra de Apple y Microsoft. La gran cantidad de horas frente al televisor despertó el deseo de poseer una participación en el capital de Netflix. El mayor uso de las compras digitales se constituyó en fuente de demanda de las acciones de Amazon. La gran ola publicitaria sobre las bondades del cuidado del clima ha encendido un furor por invertir en Tesla, empresa pionera en el desarrollo de autos eléctricos.

La suba vertiginosa de los precios de estos papeles ha hecho sonar las alarmas de los principales analistas del mercado. Existe un clima de pesimismo muy marcado  y la ola de compra de inversores minoristas es catalogada  como fruto de la ignorancia de personas inexpertas, que desconocen la métrica de las valuaciones y pagan, entonces, precios sumamente alejados de la lógica más elemental.

Los grandes inversores, mientras tanto, se mantienen alejados del mercado, a la espera de una importante corrección que les permita entrar a precios mucho más reducidos. Siempre es bueno recordar que, en la Bolsa, el negocio es comprar barato y vender caro.

Esperan que aparezca algún driver o disparador sorpresivo que haga caer rápidamente los precios, asustando a los novatos, que deberían soltar sus tenencias ante el temor de pérdidas más profundas. El anuncio amplificador de las noticias por los medios masivos de comunicación de tres o cuatros caídas significativas del  valor de las acciones de manera consecutiva, asustaría al más pintado, y podría producir lo que algunos conocedores del mercado llaman “sacudir el árbol para que caigan los frutos más maduros”.

El análisis  fundamental  

La realidad cotidiana marca que hasta ahora la creciente participación minorista en la propiedad de las empresas no se detiene, mientras los fundamentalistas más ortodoxos recomiendan vender antes de que se produzca la debacle.

El análisis fundamental determina el precio “correcto” u objetivo de las acciones según el valor actual de las utilidades futuras de cada empresa, descontadas o traídas al presente, por el costo de oportunidad representado por una tasa libre de riesgo que, usualmente, es el retorno de un depósito bancario a plazo fijo.

Sin embargo, muchos analistas parecen desconocer la regla de Gordon, que permite valuar acciones según la tasa de aceleración de los resultados futuros esperados de una empresa. No es, obviamente lo mismo, una utilidad de US$ 100 M año tras año que otra de US$ 100 M ahora, US$ 500 M el año próximo y US$ 3.000 M el siguiente, por ejemplo.

El PER (Price Earning Ratio) o coeficiente precio ganancias indica la cantidad de años de las utilidades de la empresa que se está pagando cuando se compra una acción. Con particular liviandad, algunos opinadores nos cuentan que tal o cual empresa  cotiza a per 150, lo que implica que el “desprevenido inversor” tardara ese lapso de tiempo en recuperar lo invertido.

Sin embargo, lo que realmente cuenta no es la utilidad actual de una empresa sino la que los inversores esperan que ésta tenga en los próximos 10-20 años. Es así que un PER de 150 puede no ser representativo de la real calidad de la inversión. La aceleración futura de las ventas y las ganancias de sectores dinámicos como el tecnológico, que estamos analizando, puede ser tal que las valuaciones quizás sean tímidas en lugar de lo exageradas que los expertos dicen que son.

La inversa del PER, por otro lado, mide el retorno anual porcentual de una inversión. Hay que dar vuelta el cociente y medir el ratio ganancia/precio. De esta manera, un PER de 20, por ejemplo, implica un retorno del 5 % anual (1/20=0,05).

Luego de acumular toda esta información puede advertirse lo discutible que pueden ser todas las valuaciones y esto explica los grandes desacuerdos que enfrentan a los Osos (Bajistas), que son mayoría, con los Toros (Alcistas) que son, por ahora, una pequeña minoría.

La lógica de un PER histórico de 20 se apoya en que implica un retorno del 5 % anual, que ha sido considerado siempre una ganancia razonable, teniendo en cuenta que las tasas de un plazo fijo solían ser de 2-3 % anual.

Aunque parezca exagerado, si las tasas pasivas son nulas o negativas, un retorno del 1 % anual para las acciones luce razonable. Y esto implicaría un PER de 100.

El análisis técnico

Otra visión, totalmente diferente de los mercados es la  que tienen los analistas técnicos, que ignoran todo tipo de métrica y se enfocan exclusivamente en la tendencia que marca la evolución  de los precios de una acción o un índice. La lógica dominante es que la información, dispersa en la mente de millones de personas, se incorpora rápidamente a las valuaciones y cualquier error o  desviación transitoria es corregida rápidamente por la acción de los arbitrajistas.

Esta última  se ha perfeccionado significativamente con la aparición de “algoritmos” que aprovechan instantáneamente cualquier “error del mercado” para realizar utilidades pequeñas, pero que sumadas representan cifras significativas.

Los “técnicos” estudian las formaciones o figuras que dibujan los precios en su recorrido periódico. La proximidad del máximo anterior, en las acciones tecnológicas, implica, según esta visión, una “resistencia” importante, que los precios no lograrán atravesar fácilmente, existiendo la posibilidad de la formación de un “doble techo” que haga retroceder significativamente las cotizaciones.

La sicología de los mercados

Como hemos podido analizar previamente, tanto desde el análisis fundamental como del análisis técnico, las predicciones son pesimistas. Se habla incluso, muy a menudo, de un pesimismo generalizado, sobre todo por parte de los grandes fondos y los inversores individuales más importantes.

Existen dos máximas de todos los tiempos, que tienen que ver con la sicología de mercados que contradicen completamente estas visiones pesimistas. Se están formando comunidades de inversores en la que jóvenes talentosos invierten tiempo y pasión en la lectura de datos y también en la bibliografía de los clásicos del género del mercado de valores.

Se ha redescubierto así que_

-Los mercados castigan los consensos. Es tan marcado el pesimismo que la respuesta unánime del mercado, según esta visión, será la continuación de la suba fulminante de los últimos tiempos.

-Los mercados alcistas nacen en el pesimismo, se consolidan en el optimismo y mueren en la euforia. Este principio anuncia que la suba de los precios recién ha comenzado, y tiene un largo camino por recorrer.

Según estos “nuevos gurúes”, la suba continuará y se acelerará. Recomiendan, entonces comprar sin temor, sobre todo lo que más está subiendo: Tesla, Amazon, Netflix (ignorando su desilusionante último balance), Microsoft, Apple y un poco de oro (5 o 10 %) como cobertura. Las acciones de la minera canadiense Yamana Gold (AUY) es la preferida de muchos.

El inversor inteligente

El título del famosísimo libro de Benjamin Graham, nos sirve de guía para analizar el posible comportamiento futuro de una cartera  estándar, como la que se mencionó anteriormente, en la que podría invertir un ahorrista que tolera razonablemente un nivel  de riesgo de moderado a medio.

No  existen retornos esperados positivos en ningún otro sector del mercado. La economía real no acepta nuevos proyectos de inversión masivos, dado el largo período de reparación del daño provocado por la pandemia. Los bonos ya no pueden seguir subiendo porque si lo hicieran, su retorno se haría fuertemente negativo. El Dow engloba a empresas de rubros tradicionales, cuya recuperación será lenta y costosa.

Entre todas las recomendaciones que circulan en los mercados, una de las que parece tener mucha lógica es la que sugiere comprar masivamente tecnológicas con un “stop loss” estricto en un 5 o 10 % por debajo del precio de compra.

En cambio, una estrategia que ha probado ser ruinosa fue la que recomendaba “shortear” Tesla cuando esta se encontraba en quinientos dólares y ahora vale casi mil setecientos.

Shortear es vender una acción en descubierto, es decir sin tenerla en cartera, con el objetivo de recomprarla a menor precio y obtener una ganancia.

Una estrategia bajista menos peligrosa es shortear con stop loss, pero los más conocedores de los mercados recomiendan apostar a la baja, cuando se desea hacerlo, únicamente en el mercado de opciones, comprando puts u opciones de venta, donde la “prima” que se paga, aumenta de precio cuando baja el precio de la acción subyacente.

Para cerrar es bueno recordar la máxima de los mercados más famosa de todos los tiempos: “la tendencia es mi amiga”. Las acciones tecnológicas suben y suben. Mientras muchos esperan una baja ruinosa, algunos expertos con muchos años de experiencia recomiendan subirse a la ola y bajarse cuando el optimismo raye en la locura.

En lenguaje futbolístico: siga, siga.