Alguien tiene que ceder

24 de julio, 2020

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Por Sebastián Giménez Escritor

Nací en 1979, mientras se consolidaba durante la dictadura militar la deuda externa, pesada herencia que le dejaría a los gobiernos democráticos. De la década del ‘80 puedo recuperar pocos recuerdos en cuanto a la faz económica del país. Me quedó sólo una canción que repetían los docentes en esa época: “A ver, a ver quién decide los salarios, el pueblo unido o el Fondo Monetario”. De la década del ‘90, tengo el recuerdo de Guido Di Tella diciendo que con los acreedores nos llevábamos excelente y con los Estados Unidos teníamos “relaciones carnales”.

Ya era un poco más grande, cursando la facultad, cuando vimos a José Luis Machinea hablando de canjes, megacanjes, los alfileres que intentaban sostener el castillo de naipes que se derrumbaba. Supuestamente, con esa solución íbamos a poder tirar manteca al techo un tiempo más. Pero nada de eso pasó, y se derrumbó todo en el 2001 y me acuerdo yendo con mi viejo y mis hermanas con las cacerolas hacia la Plaza de Mayo en esa noche del 19 de diciembre. Mi viejo nos dijo de irnos justo unos instantes antes de que empezaran a tirar los gases lacrimógenos Se ve que tenía olfato de quilombos anteriores que había presenciado. Poco después, vimos a Adolfo Rodríguez Saá diciendo en el Congreso que el Estado Argentino dejaba de pagar la deuda externa.

Se parece a Luis Zamora, comentamos con mi viejo. Pero no fue verdad, no significaba una opción radicalizada de Gobierno sino que no quedaba soberanamente un mango que darle a los acreedores. No duró ni una semana Adolfo, vino Eduardo Duhalde, luego Néstor Kirchner.

En el 2006, el Gobierno canceló la deuda con el FMI. Ahora, dijimos con mi viejo, decidirá los salarios el pueblo unido, ¿qué otra quedaba? Fue un poco así, no tan así con la inflación comenzando a horadar los ingresos. Y Roberto Lavagna renegoció con los acreedores, que aceptaron en gran número una significativa quita. Pero los bonistas que se quedaron afuera comenzaron a litigar, pero los trámites judiciales se dilatan tanto en el tiempo que nadie les prestó la menor atención hasta que años después apareció el juez Thomas Griesa. Del otro lado, más o menos por la misma época el juez Jorge Ballestero declaró que la deuda era ilegal e ilegítima. Pero en el 2012, nos embargaron la fragata Libertad en Ghana, reteniéndola hasta que se le diera una solución a los holdouts o fondos buitre. Y así seguimos, pagando algunas cosas y a los holdouts, no. Incluso, se retuvieron pagos por orden judicial a los bonistas que habían aceptado los canjes del primer kirchnerismo. No te vamos a prestar más, y si lo hacemos será a tasas exorbitantes, planteaban en el mercado de capitales traduciéndolo en la suba del “riesgo país”.

Llegó Mauricio Macri y su gestión le pagó a los fondos buitre con acuerdo de parte de la oposición para volver al mercado de capitales. Se tomó deuda y se volvió a pedir un préstamo al FMI. Supuestamente, íbamos a poder cumplir con esas obligaciones porque iba a venir una lluvia, una catarata de inversiones. Nunca ocurrió, y la deuda terminó tomándose para sostener a duras penas el tipo de cambio engrosando también el volumen de la fuga de divisas. Y llegamos al 2020. Con tanga agua corrida bajo el puente, y para colmo con el agregado de una pandemia. Una negociación con una postura inicial del Gobierno que parecía intransigente, dura, y luego se fue arrimando a un acuerdo pero sin traducir desesperación el ministro Martín Guzmán, sino tranquilidad en su voz de tono monocorde. Como diciéndole a los acreedores: con lo hundidos que estamos, ¿qué nos hace un poquito más? Con ofertas y contraofertas de un lado y del otro, hasta encontrar esta última propuesta oficial, que sería el límite. Tres centavos de diferencia, que se traducen en US$ 3.000 millones, nada menos. Pareciera estar cerca el arreglo en esas negociaciones en que los interlocutores están históricamente desgastados: de un lado, porque un bono reemplaza a otro bono en continuas renegociaciones y en la esfera oficial porque la no aceptación de un pequeño número de acreedores pude dar lugar a un nuevo litigio. Y los dos tienen razón en desconfiar del otro. Ojalá amplíen un poco la visión y miren una cosa más importante: lo que es mejor para el país. No parece serlo un default. En estas lides engorrosas y nada heroicas, como dice aquélla entrañable película: alguien tiene que ceder.

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