Unión Europea y Covid-19: ¿lo que no mata fortalece?

19 de junio, 2020

Por Juan Yannuzzi Politólogo

La optimista afirmación recorta y mal traduce a Nietzsche, quien originalmente se refería a algo harto diferente: “Lo que no te mata te hiere de gravedad y te deja tan apaleado, que luego aceptas cualquier maltrato y te dices a ti mismo que eso te fortalece”. La abismal diferencia entre el significado original y el dicho popular se condice con la relación entre los distintos pronósticos de lo que sucederá en materia política y económica como consecuencia de la pandemia. ¿El regionalismo europeo cobrará nuevo impulso a partir de un problema transversal como las mentadas consecuencias económicas del coronavirus, o más bien su aparente fortaleza es sólo producto de estar “heridos de gravedad”?

En la Unión Europea, esta diferencia entre los pronósticos se centra en el debate de si el bloque se verá fortalecido o debilitado producto de las consecuencias económicas y sociales del Covid-19. Mucho se habla sobre la revaloración de los Estados frente a la necesidad de asistencia -tanto sanitaria como económica- a sus ciudadanos.

En un contexto que otorga mayor relevancia a los Estados, no son pocos quienes vaticinan que los procesos regionalistas pueden sufrir reveses y verse debilitados frente a la clara preponderancia de las competencias nacionales por sobre las regionales. La Unión Europea, paradigma del proceso de integración regional, sufrió en un principio las consecuencias del protagonismo descoordinado de los Estados miembros y, sin embargo, en Bruselas supo generar el consenso necesario para iniciar un plan de ayuda económica sin precedentes.

El Siglo XXI trajo consigo el comienzo de un proceso de resquebrajamiento del multilateralismo que, como contraposición, tuvo un efecto de empuje al regionalismo. En todos los continentes, ya en la primera década del nuevo siglo se observa un fortalecimiento de los bloques regionales. Buscaban, al margen de aumentar el tamaño de sus mercados y asegurar la paz mediante el aumento de la interdependencia, tener un peso relativo mayor en la comunidad internacional. La crisis actual del multilateralismo, expresada principalmente por la cuasi ausencia de los organismos internacionales de cooperación y la escasa coordinación de políticas sanitarias, puede representar un nuevo impulso a los procesos de integración regional. Esto puede llegar a ser posible en bloques consolidados, con instituciones supranacionales fuertes y con competencias propias tal como la Unión Europea. Como flagrante contraposición, el Mercosur es un ejemplo de la ausencia de coordinación regional, antagónicas políticas para enfrentar la pandemia entre sus Estados miembros e intereses en materia comercial y de inserción internacionales cada vez más heterogéneos.

El proceso de integración de la Unión Europea tuvo altibajos desde sus comienzos, pero la adhesión de nuevos Estados miembros mantuvo vigente la idea de que “pertenecer” era beneficioso. Esta creencia tiene su sustento tangible en las transferencias monetarias de los fondos de cohesión territorial que reciben los países menos desarrollados del bloque, lo que dentro del paradigma regionalista supone un beneficio para todas las partes. La incorporación de cada vez más países periféricos europeos representaba la oportunidad de llegar a nuevos mercados para las industrias más competitivas de los países centrales de la Unión. Entre 2004 y 2007 se incorporaron al bloque 12 países de Europa del este, con índices de producción significativamente menores, lo cual significó el redireccionamiento de muchos fondos de convergencia.

Los acontecimientos políticos y económicos sucedidos entre 2005 y 2009 marcaron a fuego a la Unión Europea y lo que hoy representa, con sus fortalezas y fragilidades. El rechazo por parte de Francia y Países Bajos en 2005 del texto de la Constitución Europea firmado el año anterior representó la primera contramarcha del proceso de integración vigente. La crisis económica global del 2008 empeoró el escenario, pero la respuesta europea no se hizo esperar: en lo político, en 2009 se ratificó el Tratado de Lisboa donde se actualiza la estructura institucional del bloque, adaptándose a la incorporación de los nuevos miembros frente al fracaso del proyecto constitucional; en el plano económico, el Mecanismo Europeo de Estabilización Financiera dio préstamos a las economías más golpeadas por la crisis (Chipre, Grecia, España, Irlanda y Portugal). La ayuda es la contracara de los “Criterios de Convergencia” donde estipulan requisitos macroeconómicos de inflación y déficit presupuestario, necesarios por la interdependencia que implica una moneda compartida por Estados heterogéneos entre sí.

El desafío que afronta la Unión Europea hoy es aún mayor que el de 12 años atrás. La caída del producto, el transitorio cierre de fronteras y la crisis casi terminal de muchos rubros económicos alerta a los funcionarios en Bruselas y la respuesta se condice con el problema. Los 750.000 millones de euros del Plan de Recuperación para paliar las consecuencias económicas de la pandemia serán financiados con deuda tomada por la Unión Europea, que tendrá como respaldo el presupuesto septuanual (2021-2027) de 1,1 billones de euros. La ayuda se concentrará en los países más afectados, principalmente Italia y España, quienes naturalmente están a favor de la propuesta de Francia y Alemania. Sin embargo, no faltan opositores para el plan anunciado, los partidos euroescépticos han encontrado un nuevo blanco para sus críticas y, dentro de la Unión, Países Bajos y Austria son los referentes de la posición reacia a un plan asistencial de subvenciones.

El Plan representa un salto hacia adelante en la apuesta europea y nos lleva a plantearnos la analogía de la “bicicleta” que sigue resonando a la hora de debatir sobre la supervivencia de los procesos de integración regional: si la Unión Europea no avanza, ¿se cae? A la luz de los acontecimientos, sumados a la fuerza que tienen los partidos euroescépticos en la región, se entiende que avanzar es necesario para seguir consolidando a la Unión, fortaleciendo las instituciones supranacionales y apuntando a ganar competencias en materias que atiendan los problemas regionales no contemplados por el principio de subsidiariedad.

En 1983, Jorge Luis Borges afirmó en una conferencia en Francia: “La felicidad es un fin en sí mismo y no exige nada, mientras que el infortunio debe ser transformado en otra cosa”. La situación adversa que transita y transitará el globo producto de las consecuencias de la pandemia empuja a las sociedades a una búsqueda resiliente de nuevas soluciones. Los Estados y los bloques regionales tienen la oportunidad de dirigir una reconstrucción que tenga como centro un proceso de inclusión social sostenible y el cuidado del ambiente. Si se les da la espalda a las y a los ciudadanos en momentos tan especiales como éstos, el riesgo de autodestrucción de las instituciones supranacionales será más alto que nunca.

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