Mientras llega la vacuna, ¿qué hacemos en el AMBA?

18 de junio, 2020

Por Sandra Choroszczucha Politóloga y profesora de la UBA

Mientras el coronavirus sigue proliferando en Argentina, principalmente en la zona del AMBA (región que concentra casi la mitad de la población de la nación y el grueso de las actividades productivas del país), nos cansamos del encierro, nos asustamos, dudamos de las maldades de este virus de baja letalidad pero alto contagio, nos preguntamos si durante este tiempo de pandemia habrán muerto mayor cantidad de ciudadanos por otras dolencias que no estarían siendo atendidas como corresponde, nos preguntamos por qué ningún organismo estatal no nos informa sobre estas otras muertes, y dudamos si este virus arrojará más víctimas que, por ejemplo, la tradicional gripe estacional…

Recibimos información que nos indica que el barbijo no, que el barbijo sí, que el virus contagia solo por contacto, pero tal vez contagia también por aire, que los test no son útiles y son inciertos en sus mediciones, que sí son útiles y debería testearse masivamente para poder controlar la escalada del virus; que el coronavirus vive durante tres días en superficies metálicas o plásticas, que no vive más que minutos en estas superficies, que los asintomáticos contagian, que no contagian, que el contagio puede ser inmediato si uno no respeta una distancia social de dos metros, que se requieren al menos diez, o trece, o quince minutos de tiempo en proximidad con el otro para contraer el virus; que la BCG ayudaría a fortalecer nuestras defensas contra el virus, pero tal vez no…

Que la Ciudad de Buenos Aires (CABA) fue la responsable de contagiar a la provincia de Buenos Aires (PBA) y que había que “cercar las fronteras” de esta ciudad, que importó el virus a la Argentina cuando los porteños volvían desde Europa perjudicando a la PBA, que la PBA resultó pecar de terrible negligencia, porque sus habitantes se venían infectado sin pausa, mientras no se testeaba y se ignoraba el estado crítico sanitario bonaerense…

Que ahora que la PBA está complicadísima para dar atención sanitaria a la enorme cantidad de población que la habita, la Ciudad hoy es egoísta y debería hacer empatía y ayudar a la provincia que necesita imperiosamente de la asistencia de ésta…

Que para inaugurar dependencias gubernamentales vale la aglomeración de personas que se abrazan, se dan la mano, se sacan selfies y no utilizan barbijo, pero para salir a caminar o correr no vale transitar junto a tres amigos guardando la distancia indicada. Que para los mayores expertos en salud rusos en junio se terminará la pandemia y retornará recién en diez años, que para la Organización Mundial de la Salud el coronavirus cada día se profundiza más y los brotes reincidirán en todas latitudes hasta el 2022…

Que el coronavirus probablemente irá debilitándose mientras la sociedad se inmuniza; que solo con una vacuna podremos controlar la proliferación de este virus terrible, pero no tan terrible, que contagia mucho y mata poco, pero que satura nuestro sistema de salud, que siempre estuvo saturado, pero ahora estará más saturado, o no, o sí, o no.

En este estado de situación nos encontramos desde mediados de marzo en Argentina, y cada quince días (esta vuelta esperaremos una semana más) nos indican como continuar, nos piden que respetemos los protocolos e indicaciones de último momento, que serán los mismos, o no, porque las indicaciones sobre este virus cambian según el R, que nos explicaron tantas veces que es un valor súper importante porque indica a cuántas personas infecta cada individuo con el virus activo. Y si el R aumenta cuando los argentinos del AMBA están hartos del encierro y de la precariedad de sus economías, no importa tanto, pero si los habitantes del AMBA resisten el confinamiento más amigablemente, el R importa un montón.

Tal vez suene incorrecto apelar a la ironía, mientras relato un flagelo sanitario que estamos padeciendo tristemente hace tres meses gran cantidad de argentinos, pero aquello que describe esta nota, plagado de incongruencias y grotescos, nos pasa literalmente a los porteños y bonaerenses hace noventa días. Así vivimos gran cantidad de ciudadanos, con indicaciones y contraindicaciones, con aciertos y desaciertos, que se encuentran a la orden del día, día a día. Vivimos encerrados, con un terrible temor a perder nuestros trabajos, y colmados de dudas, porque cada quincena nuestros gobernantes y su grupo de infectólogos nos informan sobre una nueva verdad revelada, superadora de la anterior, porque la anterior no fue tan correctamente revelada. De esta manera, casi a diario los expertos asesores del gobierno, nos explican infinidad de cosas, mientras terminan confesándonos, que, en realidad, no conocen al virus.

¿No será momento de que nos informen de una vez, que no tienen la menor idea de cómo enfrentar a “nuestro enemigo silencioso”? ¿Y no será momento de que, al reducido e inamovible grupo de infectólogos deba sumarse un grupo más amplio de expertos, profesionales de todas las especialidades médicas, enfermeros, psicólogos, psiquiatras, profesionales de las ciencias sociales, gerontólogos, nutricionistas, pediatras, expertos en logística y todo aquel profesional que pueda aportar su saber y nos ayude a repensar y a atravesar esta cuarentena por tiempo indeterminado?

Precisamos darle batalla al coronavirus, pero mientras tanto necesitamos informarnos mejor, conocer la verdad, organizarnos mejor, y vivir a pesar del coronavirus.