Anomia social: otro virus que viene llegando

16 de junio, 2020

Por Osvaldo Scasserra Doctor en Sociología

Mucho se ha venido escribiendo sobre los cambios en el mundo y en nuestro país, durante la pandemia y después de ella. Parecería que habrá un antes y un después, por lo menos hasta la aparición y difusión de la vacuna, y la reactivación de las economías, seguramente a ritmo distinto según la situación y políticas que elijan los países.

No obstante, quisiera alertar sobre el concepto y fenómeno de la anomia, introducido en el análisis sociológico por el francés Emile Durkheim  (1858-1917), en 1893 en su obra “De la división del trabajo social”, el cual podría caracterizar buena parte de las conductas de individuos y organizaciones de la sociedad en un plazo cercano.

La palabra anomia tiene origen griego y significa ausencia o confusión de normas.

A lo que voy es que, cuando se produce, tal como pareciera con el coronavirus y la crisis económica, un cambio drástico y temporalmente corto, en las reglas formales e importantes de las pautas que rigen el comportamiento humano, se produce a nivel subjetivo y organizacional, una marcada desorientación y malestar y en enfermedades mentales, que se expresan en las conductas sociales.

Sabiendo que detrás de las normas hay un valor más o menos explícito,  ocurre que tanto el individuo como una organización no logran saber cómo  actuar, provocando miedo, angustia e inseguridad que, incluso lleva a una elevación de la tasa de suicidios. Sí, la anomia puede matar.

Teniendo en cuenta que en esta crisis ha aumentado la brecha generacional y van cambiando las capacidades requeridas en el mundo laboral, el ventarrón tecnológico en el uso de medios virtuales está profundizando esta grieta, cuando la medicina está posibilitando vivir más años en generaciones algo ajenas a esos usos informáticos.

En la pospandemia no faltarán normas. Es claro que habrá una pluralidad de protocolos que indicarán desde cómo funcionarían los nuevos sistemas de producción y consumo, cómo comportarse en la vía pública, en el cine, en un estadio, en el transporte, en el gimnasio, en un avión, y hasta en las aulas. En fin, en la vida cotidiana.

Así vista la anomia no pareciera ser una amenaza: normas va a haber y de sobra quizá, pero para algunas organizaciones e individuos no contarán con los medios para cumplir con los fines (normas y valores) propuestos, y esto  lleva a conductas contrarias a estas normas y a la ilegalidad sistémica.

El fenómeno anómico aparecería entre la preexistencia de otros paradigmas conductuales frente a las nuevos, en donde la brecha entre estos dos universos no permitiría una rápida adaptación a los nuevos ordenamientos, provocando una colisión y confusión en los “agentes sociales” que no  lograrían una integración al contexto social.

Particularmente en el mercado laboral, podría ocurrir una devaluación de la “experiencia” de un trabajador frente a otro que tenga un fácil dominio de las nuevas tecnologías, profundizando una brecha etaria que ya existe, pero que ha tenido, a raíz de la pandemia, una velocidad inusual, aunque la anomia no reconoce entre sus víctimas, ni edades ni estamentos sociales.

Distancia y comportamiento virtual en trabajos informales, en lugares de hacinamiento, en espacios sociales donde no llegan las tecnologías ni existe la capacidad para su uso, no parece, para solo citar algunos ejemplos, que  las nuevas normas puedan prevalecer.

Las crisis anómicas estructurales son muy graves, lo cual no he querido describir aquí, pero es una situación a prever a fin de evitar males mayores.

Encarar los cambios con flexibilidad, tiempos de readaptación, capacitación y contención para la integración de amplias franjas de la población, es, en medio de la escasez y urgencias económicas y sociales, un desafío no menor para la dirigencia política, económica y social.

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