La (Des)Unión Europea ante la crisis económico-sanitaria

20 de abril, 2020

ue bandera Europa comercio

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

Según el criterio aplicado por quienes negociaron el borrador del acuerdo birregional de Libre Comercio con la Unión Europea (UE), al Mercosur le pareció bien obligarse a cumplir las ejemplares reglas sanitarias, fitosanitarias, ambientales, climáticas y técnicas que exige el Viejo Continente para acceder a su mercado. A los pocos que tuvieron la audacia de decirles ‘fíjense lo que aceptan’, les respondieron con desdén.

 

Se estaba forjando el supremo valor de insertarnos en el mundo, lo que equivalía al privilegio de codearnos con la percepción de las civilizaciones más avanzadas. ¿Qué les parece si retomamos el tema ante la nueva realidad? Ahora resulta posible discutir un testimonio concreto de la “superior pericia de las normas y procedimientos sanitarios que están usando los europeos para controlar y desterrar el siniestro Covid-19” con un paquete anárquico e improvisado de acciones de gobiernos a la deriva como los de Italia, España, Francia, Alemania, el Reino Unido (país ya divorciado de la Europa Continental), Suecia y Holanda. Recién en los últimos días existe un esfuerzo institucional por coordinar y aplicar un enfoque regional.

 

¿Se dan cuenta lo que hicieron al darle carta blanca para aplicar una versión más ejecutiva del Principio Precautorio a gobiernos con esta clase de autoridad y vocación científica? Quizás un poco de análisis político puede ser útil para extraer las enseñanzas del caso, las que revelan una idea muy cortita de lo que es la solidaridad regional.

 

Mientras cada Gobierno de la UE hace lo que puede ante la crisis sanitaria, y cada uno de ellos da la sensación de poder bastante poco, el de Alberto Fernández argentino aprobó un sistema muy estricto y casero de aislamiento social preventivo y obligatorio, que parece proporcional a la crisis sanitaria del planeta. A esta altura se ve claro que la pandemia supone un gravísimo ataque a la salud global, cuyo control efectivo depende de la capacidad de generar una vacuna o soluciones equivalentes. A pesar de la enorme inquietud económica y laboral, la cuarentena está apoyada por la mayor parte de la población. Y si bien una pandemia como ésta era previsible y fue prevista, la comunidad internacional no se preparó con tiempo para enfrentarla.

 

Al mismo tiempo, gobiernos menos paternalistas como los de Corea de Sur, Singapur y Taiwán actuaron con celeridad y eficacia para cerrar sus fronteras y concentrar sus medidas en extraer un elevado número de pruebas exhaustivas y aplicar la tecnología digital en el monitoreo del proceso.

 

Tampoco sorprende que la crisis sanitaria haya disparado una conmoción económica, social y geopolítica de gran magnitud, la que traerá consigo cambios muy profundos cuyo formato y sentido aún no se conoce.

 

Muchos analistas hablan de una nueva clase de globalización. Se especula con tres escenarios: el optimista, hoy superado por la dimensión de la pandemia, cuyos gobernantes decían aquí no pasa nada (Donald Trump, Jair Bolsonaro, países satélites de la ex URSS), quienes imaginaban que sólo estaban ante una alteración de los mecanismos fiscales y presupuestarios existentes. La indisciplinada y caótica ecuación de recetas oficiales europeas, que transformaron la región en una ingobernable calamidad. Y el enfoque que atrajo a otros países y algunos de la Unión Europea (UE), el que reside en considerar esta crisis como un agudo y calamitoso problema, lo que supone utilizar medios masivos para replantear la actual realidad, criterio en el que se anotan intelectuales como Fares Zakaria. Este último describe la situación como un colapso económico devastador de proporciones colosales. que estaría dado por el agravamiento de los conflictos políticos y sociales ya existentes, la aparición de una nueva clase de tironeo y el replanteo del orden mundial. En ese contexto, nadie descarta la generalización de modernos populismos nacionalistas o la reforma del concepto de cooperación internacional.

 

La clase política de nuestro país haría bien en analizar los acontecimientos que ocurren en los países que integran la UE para entender qué clase de factores intervienen en la crisis, los que sin duda condicionan nuestro día a día. Tal ejercicio implica agregar los problemas políticos y económicos preexistentes, sin
olvidar el qué “vamos a hacer” para la renegociación en curso de la deuda soberana.

 

Como es sabido, la UE es una asociación supranacional económica y política de 27 países europeos, fundada en los patrones de la social-democracia en lo que se refiere al manejo de las instituciones y el papel del Estado, así como las políticas y enfoques económicos de adhesión (llamados de Copenhague). El sistema está basado en varios Tratados que establecen las disposiciones que ponen límite a las respectivas soberanías nacionales y pautas sobre el manejo del orden interno.

 

Los principios fundamentales son una unión económica (que es un rango diferente a una unión aduanera), un mercado único y una política comercial y agrícola común. Diecinueve de sus veintisiete miembros utilizan una moneda común (euro) y veintidós integran el Area Schengen de libre movimiento y suspensión de las fronteras internas para las personas. Además, la UE maneja en forma regional la política externa y de seguridad común, lo que incluye la defensa.

 

La crisis de económica, social y energética de 2008 afectó a la UE con mucha profundidad. Puso de relieve las estrategias liberales y un enfoque restrictivo que provocó la disminución del gasto en salud, educación y servicios sociales, hecho que se reflejó en el amplio y evidente impacto negativo que motorizó a movimientos con gran influencia política y poca brújula. Recién en 2017 comenzó a mejorar el nivel de bienestar europeo, un salto pendular en el que tuvieron relevancia Partidos populistas con alta influencia y de ideas euroescépticas. La salida del Reino Unido de la UE es uno de los productos de esa nueva realidad. Para ellos la integración comunitaria pasó el límite de lo tolerable.

 

Este clima dificultó la capacidad de la UE para hacer frente a sus desafíos internos y externos que incluyen: el Brexit, o sea las negociaciones para la salida del Reino Unido que después de un largo proceso se concretó el pasado 31 de enero y, en estas horas, se halla en suspenso hasta definir su nueva relación con la UE. Tampoco se priva de contener un régimen anti-democrático en Hungría (Viktor Orbán) y en Polonia. Las diferentes migraciones y la integración de los refugiados y el terrorismo, así como la sempiterna amenaza de una Rusia más fuerte, una China extendiendo su poder geopolítico hacia Europa y una relación muy complicada con Estados Unidos. Nunca como hoy Washington había tratado a la UE sólo como un competidor comercial y como aliado poco confiable para sostener la OTAN.

 

Al redactarse esta columna, Washington optó por desfinanciar temporalmente la Organización Mundial de la Salud si persiste la influencia china en esa agencia intergubernamental.

 

El Covid-19 profundizó el conjunto de estos problemas. Los órganos centralizadores no consiguieron aprobar medidas de cuarentena, omisión que provocó la existencia de enfoques dispares y muy tardíos en algunos casos, circunstancia que acrecentó el número de víctimas. Tal rompecabezas convirtió a Europa en circunstancial epicentro de la enfermedad, realidad que indujo a dejar en suspenso el Acuerdo Schengen. Ahora, la vuelta a la normalidad y la reapertura económica de la UE está lejos, juicio que no excluye algunos signos relevantes, como la disminución de casos y cierta reactivación muy gradual. La disminución del PIB conjunto alcanzaría al 10%, algo que supone la mayor pérdida de actividad desde la Gran Depresión de 1929-1933.

 

Los países miembros de la UE se lanzaron a adoptar por su cuenta otras medidas destinadas a proteger la salud y aprovisionarse del material médico y medicamentos muy escasos en todo el planeta. En adición a ello buscaron evitar mayores daños a su economía mediante rebajas de impuestos y ayudas financieras del tipo que se aplicaron durante la crisis de 2008.

 

El Banco Central Europeo, en la actualidad conducido por Christine Lagarde, ex Directora Gerente del FMI, actuó con diligencia y acordó un fondo de 750.000 millones de euros para comprar acciones de empresas con problemas financieros. Al mismo tiempo, y tras una durísima lucha, la Europa del Norte desbloqueó la aprobación de fondos por 500.000 millones de euros con la misma finalidad.

 

Recién el 9 de abril se superó la impasse que puso en estado de colisión a dos enfoques extremos.

 

  1. El sustentado por las naciones del Sur, que pretendían que la UE tenga un enfoque solidario y ayude a los miembros agobiados por una gigantesca deuda soberana a través de la creación de los llamados “corona-bonos”, posición fue encabezada por Italia y España, cuyas respectivas deudas equivalen al 136% y al 97% de PIB. Tal demanda encontró el respaldo de Grecia, con una deuda del 175% del PIB (en estas horas jaqueada por la caída del turismo).
  2. El rechazo del norte europeo, representado por Holanda, Alemania y Dinamarca, renuente a garantizar deuda de otros Miembros por razones políticas y por falta de adecuados mecanismo de fiscalización.

 

Finalmente la solidaridad europea se impuso a medias pues se estableció una red de seguridad para las finanzas públicas de 240.000 millones de euros para los Estados, la que puede ser utilizada hasta el equivalente del 25% de su PIB en gastos relacionados con la pandemia.

 

Otra parte de los recursos surgirán del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), que es un fondo de 200.000 millones para pymes (del Banco Europeo de Inversiones), y 100.000 millones con el fin de evitar despidos masivos (utilizando el “Fondo de Emergencia para Riesgos de Desempleo”).

 

Así, el drama del Covid-19 se manejará con fondos orientados a resolver las consecuencias de la pandemia, no con recursos nuevos y orientados a solventar las dificultades estructurales de las naciones excesivamente endeudadas.

 

Ese enfoque no parece aplicable a terceras naciones. El Gobierno de Argentina hasta ahora enfrentó con razonable prudencia la crisis sanitaria, pero nadie sabe cómo resolverá el día después de esa pandemia. Europa no pinta como un buen lugar para golpear la puerta en demanda de ayuda sustantiva. Todavía no existen buenas opciones a favor de una nación que es eternamente morosa, víctima de una pandemia universal e hija de sus propios pecados.

 

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