Pensar la coyuntura no alcanza

26 de abril, 2019

dólar deuda Argentina calma

Por Carlos Leyba 

 

Miércoles y jueves negros. Invesores se deshacen de bonos, las cotizaciones caen, los rendimientos suben. A más riesgo, más ganancia. La codicia cumple la función de una barrera que detiene el tirabuzón. Si ella desaparece, parar el ascenso del riesgo país, que es la medida de la desconfianza en nuestra capacidad de pago, será una tarea hercúlea.

 

Ninguno de los doce trabajos de Heracles se compara con esta tarea de resultado imprevisible para un débil Gobierno al que, su propia tropa, le sugiere que deje la candidatura a la única figura del PRO a la que la mayoría de la opinión publica digiere.

 

La lógica del riesgo país es acompañada por el ascensor de la cotización del dólar, impulsado por los que tratan de escapar de la telaraña de incertidumbre que nos domina.

 

Telaraña que teje la triple incertidumbre. La económica, derivada de una estanflación descorazonadora. Que se suma a la incertidumbre social, empujada por la crisis distributiva que se manifiesta duramente en el aluvión de la pobreza y en la creciente temperatura de la conflictividad social. Y finalmente, cerrando la telaraña, la incertidumbre política.

 

Todas estas incertidumbres son consecuencia de la gestión PRO. Pero esta última, la política, es una consecuencia deseada por Marcos Peña. Las dos primeras son fracasos. La tercera un “éxito”: lograron generar el miedo de los inversores a los que querían generarles confianza.

 

Entonces, ¿qué queda de “la confianza” que era la madre de todas las batallas? Mauricio sostenía que todo se resolvería con el golpe de confianza que su llegada habría de producir. ¿Es posible que personas adultas pudieran creer que la confianza de gobierno se genera con palabras, gestos, globos, alegrías y bailecitos, recibiendo a la abstracción de “los mercados”?

 

Macri convenció a los principales medios y comunicadores sociales de que garantizaba el alúd glamoroso de inversiones y que comenzaría a gestarse un nuevo primer mundo. Como el que celebraba Carlos Menem y sabemos como terminó. Hay en todo esto un aire de familia.

 

En ese contexto de crecimiento por inversiones, de estabilidad por confianza, y de extinción de las condiciones de pobreza, él lograría la unidad de los argentinos tan enemistados a causa de la grieta generada por CFK.

 

Obviamente el estancamiento con inflación y pobreza, eran el fundamento del conflicto y de la desunión provocados por la patología del kirchnerismo: la búsqueda del culpable.

 

Esos males no han desaparecido y surgió la patología del macrismo. El estancamiento y la inflación, y el crecimiento de la pobreza, son las notas dominantes de esta gestión. La patología es el incentivo del miedo electoral y del odio como aglutinante. Las preguntas son por qué y para qué.

 

La respuesta que ensayan los colegas alineados con el macrismo, tal vez mas por miedo a lo que vendría que por amor a lo que vino, es que “la inflación” es el precio a pagar por la recuperación de los precios relativos (tarifas), es decir, por la eliminación de los subsidios y algo más. Y el estancamiento es hijo de la demora en la eliminación de los subsidios.

 

Como nuestra economía, dicen esos colegas, no puede crecer con déficit fiscal primario (del financiero no se habla) y “el gradualismo” demoró esa meta, entonces, la inflación y el estancamiento son hijas de la demora de las medidas. No de las medidas. La cupla es del tiempo. O del optimismo.

 

Lo cierto es que la demora fue financiada con deuda externa. Deuda celebrada por el PRO porque indicaba “nuestra inserción en el mundo”. El “respeto” de los mercados era una tasa de interés macha que alentaba la abundancia y la celeridad del crédito.

 

Por culpa del tiempo, al gigantesco problema heredado, le sumamos la conocida y dificil de resolver, deuda externa. Todas estas políticas empiezan y terminan igual. Empiezan con crédito y terminan con deuda. O comienzan con “confianza” y terminan con desconfianza.

 

Cuando se acabó la posibilidad de endeudarnos abandonamos el gradualismo e ingresamos en el ajuste acelerado. En pocos meses llegamos a donde estamos.

 

El primer año saltó la inflación y cayó la economía. En 2017 siguió la inflación y la economía no alcanzó a recuperar lo perdido en 2016. En 2018 y 2019 la economía fue para atrás y la inflación para adelante. En síntesis, estancamiento (el PIB de 2019 será menor al de 2015 y mucho menor el PIB por habitante) y la inflación: el promedio de la era Macri del 36%.

 

Con Macri, en promedio, todos los argentinos somos más pobres, y los que estan en la pobreza son muchísimos más, aunque el porcentaje sea parecido al que heredó de Cristina.

 

Y además estamos muy endeudados en dólares y, como si fuera poco, hemos dolarizado la energía, recurso de propiedad pública, cuyo costo, salvo amortizaciones, es en pesos. Ese precio asociado al dólar multiplica sus efectos.

 

Los temblores de esta semana son consecuencia de la telaraña de incertidumbre que la gestión Macri ha tejido.

 

Lo que hagamos en lo inmediato desde adentro está limitado por el desierto que representa el camino electoral. Un solo candidato bajo sospecha y deseos (y agrego necesidad) que no lo sea. Y todo lo demás en ciernes. Un desierto dificil de recorrer. De señales luminosas, por ahora, ni hablar. Una señal de afuera es el apoyo y el enorme condicionamiento del FMI. Manos atadas. Mientras nos humedecen los labios.

 

¿Hay alguna otra?

 

El panorama del mundo no permite alentar la expectativas de un nuevo “viento de cola” que la disipe. El viento de cola que sí bendijo, posdefault, a Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner y de cuyas mieles gozó Cristina, ésta lo dilapidó y no se volverá a repetir en el entorno previsible.

 

A pesar de las nuevas tecnologías, en los paises desarrollados, se está produciendo una desaceleración de la productividad del trabajo. El envejecimiento demográfico brinda un freno a pesar de los avances de las nuevas tecnologías y del proceso inversor que las acompaña. Lo dicho anuncia una desaceleración de la economía planetaria y, situados en nuestra realidad, preocupa la debilidad de los precios de las materias primas.

 

Las apuestas de Mauricio Macri no sólo son probadamente equivocadas en lo que hace al manejo de la macro economía, sino que sus entusiasmo en pos de la especialización en la producción de materias primas para “ingresar al mundo”, parece que va en el timbreo equivocado. Naturalmente Vaca Muerta es otra cosa. Pero “esa cosa” requiere para ser significativa inversiones que aún no están; y para que ademas de significativa sea positiva, requiere que no se convierta en la “enfermedad holandesa”. Que nos calme de la presión estructural del dólar pero nos demuela con la presión del desempleo.

 

No hay viento de cola a la vista. La consecuencia es la necesidad no solo de lograr una macroeconomía ordenada, si no y fundamental, definir el motor que dará lugar al crecimiento condición sin la cual no hay macroeconomía que ordene la salida de las tres incertidumbres que nos inquietan.

 

No podemos esperar el motor exterior. Las estadísticas mundiales de la segunda década del Siglo XXI son elocuentes: en estos diez años la caída de la productividad por trabajador es sistemática. Si consideramos esta tendencia a la baja de la productividad y la relacionamos con la caída del crecimiento de la población en edad de trabajar y tenemos en cuenta que, durante la década, se ha reducido la tasa de desempleo, resulta que, entonces, es posible inferir una desaceleración sistemática en el crecimiento del producto potencial a nivel mundial.

 

Esta conclusión es sorprendente toda vez que es evidente el crecimiento de las inversiones en tecnología y la rápida expansión de los beneficiarios de la educación superior. Sorprendente pero debemos tenerla en cuenta para profundizar la respuesta de cómo diseñaremos ese motor interior que es una condición necesaria siempre, pero mucho más lo es cuando las expectativas de las olas de arrastre son poco alentadoras.

 

En ese contexto externo sin futuro viento de cola, además la segunda década del Siglo XXI para los argentinos ha sido terrible. Una década perdida. El PIB por habitante cayó desde 2011 a la fecha. Peor noticia no se podría ofrecer. La consecuencia es que la productividad por trabajador se desplomó.

 

En nuestro caso no por el envejecimiento de la población como parece apuntar el análisis a nivel mundial.

 

Muchos colegas sostienen la oportunidad de disponer de un bono demográfico que sería un activo. Cosa cierta si miramos las estadísticas sin calificarlas. Pero se desmorona si tenemos en cuenta que 50% de los jóvenes son pobres, hijos de pobres y probablemente nietos de pobres. Esas carencias califican el bono demográfico. No es, entonces, un activo neto.

 

En segundo lugar la tasa de inversión sobre el PIB, en la década, nunca alcanzó ni remotamente los niveles mínimos aceptables como para suponer una transformación productiva. Peor aún, si analizamos la inversión en equipamiento reproductivo, los pocos datos y de baja calidad de los que disponemos, nos informan que, en nuestro país, hay una ausencia radical de lo que puede llamarse un proceso inversor y menos aún un proceso transformador.

 

La mayor parte de lo que se computa como inversión en las Cuentas Nacionales son rubros vinculados a la construcción y el equipamiento automotriz. Sin duda esas inversiones pueden contribuir a la mejora de la productividad, pero son mejoras marginales. Lo que transforma es el equipamiento productivo.

 

Sin duda el espantapájaros mas eficaz para que no aterricen inversiones, es una macro economía como la que hemos tenido en esta última década.

 

Pero no es menos cierto que para que las inversiones despeguen y vuelen a nuestra realidad es necesario formular un modelo que priviligie el aparato productivo y los incentivos necesarios para ser un campo de atracción. No tenemos lo uno ni lo otro. La propuesta PRO de que eso nos lo brindará la conexión al mundo, sin motor propio, es una quimera. Y lo es más en el contexto del mundo en el que estamos.

 

De los problemas de la coyuntura no podemos salir sin un programa de largo plazo y eso exige pensar un proyecto colectivo.

 

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