Venezuela recalienta la campaña

28 de enero, 2019

macri cristina consenso

 

Por Mariano D’Arrigo 

 

La agudización de la crisis venezolana se transformó no sólo en una de las principales cuestiones de la agenda global sino también del escenario político local, y podría convertirse en un elemento gravitante del año electoral.

 

En efecto, la autoproclamación como Presidente Encargado del titular de la Asamblea Nacional de Venezuela, de Juan Guaidó, catalizó una serie de apoyos y rechazos que evocan la dinámica de la Guerra Fría. Pero, además, este acontecimiento –que podría quebrar el largo empate hegemónico en el que está empantanada Venezuela desde la muerte de Hugo Chávez– trazó una línea demarcatoria en la política local: el peronismo alternativo se alineó con el renocimiento del macrismo al legislador venezolano mientras desde el kirchnerismo -aunque Cristina continúa con línea de “silencio estratégico”– denunciaron la injerencia de EE.UU. y aseguraron que la posición del Gobierno de Argentina no respeta “la libre determinación de los pueblos”.

 

¿Puede jugar la crisis venezolana un papel clave en una campaña electoral que en los hechos ya empezó?

 

Para Cambiemos, que enfrenta en algunos terrenos indicadores propios de un país en conflicto bélico, cualquier recurso que desvíe la atención de la agenda económica es valioso. Con plena conciencia de que el futuro inmediato sólo deparaba un loop de malas noticias económicas, desde finales de año el macrismo comenzó a enhebrar una seguidilla de iniciativas en materia de seguridad y corrupción. En ese terreno, el Gobierno busca afirmarse para lograr la triple reelección.

 

En este sentido, el factor Venezuela podría incluso representar una vuelta a los orígenes de la coalición y transfundir épica a una alianza que se alimentó del horror de las clases medias y altas ante la posible chavización del cristinismo tardío y que subordinó las diferencias entre los socios fundadores en pos de la cruzada republicana contra el populismo.

 

El macrismo podría explotar a su favor dos escenarios: el colapso del andamiaje económico y político venezolano y la transición hacia el poschavismo.

 

En el primer caso, podría reforzar el remanido argumento contrafáctico sobre que Argentina iba camino a ser Venezuela y que el ajuste representa una etapa dolorosa pero necesaria de desintoxicación del populismo.

 

En el segundo, Macri podría ostentar su protagonismo en el bloque que forzó el tránsito hacia alguna salida que, en rigor, hoy no aparece en el horizonte: una convocatoria a elecciones consideradas limpias por todos los actores en danza, un golpe militar “constitucional”.

 

Sin embargo, el macrismo también podría pagar costos en otros escenarios. Si el Estado–no solo el Gobierno- venezolano implosiona, el oficialismo quedaría expuesto ante un agravamiento de la situación socioeconómica en Venezuela y un seguro aumento de la violencia interna, más cuando no tiene recursos materiales ni humanos para aportar a una eventual reconstrucción.

 

Por otro lado, Macri quedaría también expuesto si Nicolás Maduro consigue continuar en el poder, sea por un incremento de la represión, el agotamiento de la movilización opositora, la firma de algún tipo de pacto político, o incluso la revalidación en las urnas.

 

Una incursión fallida en Venezuela podría tener para Macri una sanción extra ante una opinión pública argentina predominantemente antiestadounidense: según una encuesta de 2018 realizada por el Pew Reserch Center, sólo 32% de los argentinos tiene una opinión favorable de EE.UU. y nada más que 11% confía en Donald Trump.

 

Lo cierto es que el Gobierno podría aprovechar la cuestión venezolana para incidir sobre la división opositora, uno de los principales activos oficiales para buscar la reelección.

 

No obstante, en un movimiento más pragmático que ideológico como el peronismo el posicionamiento de las distintas tribus sobre Venezuela podría quedar en segundo plano si la aritmética electoral plantea números favorables para el regreso al poder y logra constituirse algún dispositivo electoral que cobije a todos los sectores. Por el contrario, si no se lograra la declamada unidad la ubicación con respecto a la pulseada que encarnan Maduro y Guaidó podría jugar como factor de diferenciación.

 

En este marco, el que está en la posición más incómoda es el kirchnerismo, el actor local más estrechamente vinculado al chavismo. Efectivamente ambos proyectos han compartido marcas de origen -nacieron del combo explosivo de crisis del neoliberalismo, rebelión popular y crisis representación- un estilo de liderazgo concentrado, coincidencias geopolíticas y un aceitado vínculo bilateral.

 

Pero las diferencias también son notorias: el kirchnerismo jamás abrazó el proyecto del Socialismo del Siglo XXI y siempre blanqueó que su proyecto no iba más allá de un capitalismo redistributivo; aceptó las reglas de juego de la democracia representativa y la institucionalidad vigente; las Fuerzas Armadas siempre tuvieron un rol menor y se intentó mantener el principio de la no represión a la protesta social; reconoció derrotas electorales –aun por escaso margen, como la presidencial de 2015–y cedió el poder en un contexto de amesetamiento económico pero lejos de una crisis terminal. El kirchnerismo podría haberse chavizado, pero no lo hizo.

 

De todas maneras, la centralidad de la cuestión venezolana en la campaña complicaría aún más a un kirchnerismo que discursivamente no ofrece por el momento mucho más que el recuerdo del pasado y el Excel de indicadores en rojo.

 

Con todo, como dice el sociólogo Ignacio Ramírez, la única verdad es la percepción de la realidad. En este sentido, las distintas lecturas sobre lo que suceda en Venezuela podrán incidir en la campaña electoral. Aquí conviene ser cautos: en general –salvo en un país que se encuentre en guerra– los temas de la campaña suelen ser sobre economía y política domésticas. Así, la cuestión venezolana podría ser un recurso en la medida que aporte a la narrativa que se quiera imponer y a desgastar al adversario. En los términos de los polos que organizan la política en Argentina, Venezuela podría asociarse al caos populista o a la avanzada de la derecha y “el Imperio” sobre los movimientos populares.

Dejá un comentario