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¿Cambiamos con Cambiemos?

En los espacios clave de la macroeconomía (el crecimiento del PIB, la estabilidad de los precios, el nivel de empleo y el equilibrio externo) las tendencias con las que comenzó el PRO eran francamente negativas, pero el Gobierno prefirió plantear la revolución de la alegría.

Carlos Leyba 19 agosto de 2016

por Carlos Leyba

La economía del presente puede analizarse desde la perspectiva de la tendencia. Es decir, discutir si la política actual ha, por ejemplo, revertido la tendencia o si, acaso, la ha profundizado.

En los cuatro espacios clave de la política macroeconómica (a saber, el crecimiento del PIB, la estabilidad de los precios, el nivel de empleo y el equilibrio externo) las tendencias con las que se inició este 2016 y con las que comenzó el PRO eran francamente negativas. El Gobierno prefirió plantear la revolución de la alegría.

Uno por uno

El nivel de actividad era declinante y reflejaba una tendencia al estancamiento que sumaba cuatro largos años. La tasa de inflación se mantenía ?luego de una década? en tasas del orden del 25%, con el agravante de que los precios relativos de la economía eran tales, fundamentalmente a causa del nivel de tipo de cambio y de las tarifas de los servicios públicos, que producían desequilibrios en las cuentas externas y fiscales. El empleo privado, como reflejo del estancamiento de la actividad y de la ausencia de inversiones, permanecía estancado desde hacía cuatro años. Y, finalmente, las cuentas externas, con el marco del deterioro del nivel y calidad de las reservas, acusaban enormes desequilibrios en el balance del comercio externo industrial al que se le agregaba la demencial cuenta de importaciones de energía.

Detrás de esas tendencias negativas en el orden interno podemos encontrar el desequilibro de las cuentas fiscales, el deterioro de la infraestructura pública y la continuada baja de la oferta de bienes públicos, para citar las cuestiones más obvias.

Mirando el frente externo hay que sumar las derivas de la crisis brasileña que reducen la demanda de exportaciones y tienden a incrementar las importaciones de esa procedencia. Y, en el mismo contexto, la caída del precio de las materias primas como consecuencia de la desaceleración de China.

El nuevo Gobierno estaba convencido de su capacidad para generar confianza y revertir de un plumazo esas tendencias. No ocurrió, como dice el politólogo Luis Tonelli. Hubo una subestimación de la herencia negativa y una sobreestimación de la capacidad de revertirla por la sola presencia.

No hay números que puedan esgrimirse para refutar que las señaladas eran las tendencias a las que se veía sometido el presente. Hasta aquí “la macro”.

En el fondo

En el marco estructural (en la corriente profunda, digamos) dos datos centrales marcan lo que ocurre detrás de lo cotidiano. Lo que podemos llamar las enfermedades silenciosas de la economía y la sociedad.

Primero, la pobreza. En la última década, dejando a un lado el impacto que tuvo sobre ella la crisis 2001/2002, los números de la pobreza se consolidaron en el orden del 25% o más. Y ese porcentaje, cuando comenzó el Siglo XXI, ya estaba instalado o en curso de instalación. En síntesis, la sociedad se fue adaptando a convivir con un porcentaje de exclusión que nunca antes el país había vivido. La pobreza, en estas dimensiones, es un fenómeno iniciado en el menemismo y se ha profundizado hasta la fecha.

Segundo fenómeno estructural, y estructurante, es la tasa de inversión sobre el PIB y, en particular, la inversión reproductiva. Es necesario comprender que la “inversión patrimonial”, asociada a la actividad de la construcción, tiene el enorme beneficio del empleo y la movilización de recursos, pero no genera nuevas o ampliaciones de la capacidad de producción. Facilita pero no genera.

Sumadas la inversión patrimonial y reproductiva, en estos años y como tendencia, han representado apenas 15% del PIB. Con esa cuota de inversión es imposible generar un escenario masivo de empleo de calidad y, por cierto, imposible aspirar a una tasa de crecimiento que pueda contribuir al desarrollo.

La tendencia coyuntural de mediano plazo, al iniciarse 2016, era negativa en todos los ejes de la macroeconomía. Y la estructural ?centrada en inclusión e inversión? operaba como peso muerto sobre la realidad coyuntural. Detrás del crecimiento de la pobreza y la ausencia de inversión está el fenómeno de la fuga de capitales que, en los '90, fue financiada por la deuda y, en la década kirchnerista, por el excedente de la soja.

Análisis y medidas

El análisis de las tendencias, al iniciarse el año y cualquiera Repaso y revisión

¿Por qué las tendencias coyunturales de la macro que gobernaban los finales de 2015 eran como fueron? Es que allí también rigió lo que podemos llamar genéricamente el “paso a paso” y la falta de una concepción de política económica, casado con una vocación desmedida por el control electoral. Para algunos referentes del equipo de Daniel Scioli, para acumular voluntades electorales era necesario mantener atrasado el tipo de cambio (impacto negativo en el balance comercial, en la fuga y ausencia de inversiones) para que los salarios en dólares sean altos (promoción del consumo de bienes con componentes importados) y así lograr la adhesión de los sectores medios (¡Déme dos!). En esa visión aplicada tenemos la razón del estancamiento en el empleo privado y el problema externo. Las tarifas declinantes en términos reales tienen el mismo efecto. Y todo suma al problema fiscal, que alienta la expansión monetaria, que siquiera achica el financiamiento con deuda externa. El resultado de todo sumado es una tasa de inflación que demuestra la inutilidad del ancla cambiaria y un desequilibrio fiscal que, pato a gallareta, terminó en deuda con China, pero deuda al fin. A esta altura resulta claro que hemos estado hablando de la geshubiese sido el Gobierno electo, obligaban a trabajar para revertir todas las tendencias macro y las estructurales. Desde el escenario del largo plazo era imprescindible atacar con un programa muy sólido las condiciones de generación de la pobreza y provocar un volumen de inversiones sustantivo para dar vuelta el estancamiento dominante. Desde la perspectiva del largo plazo y lo estructural, hasta ahora el Gobierno no sólo no ha logrado revertir o contener la tendencia sino que la ha profundizado. La pobreza ha aumentado y la inversión no ha reaccionado. Acerca de ambas cosas ha habido anuncios. Pero no se ha observado más que profundización de la tendencia: aumento de la pobreza y demora de la inversión. Lo recibido fue espantosamente negativo. Y, hasta ahora, lo actuado ha sido inefectivo. ¿Por qué, en diez o más años, a pesar del discurso o de las intenciones reveladas, las gestiones anteriores fracasaron en revertir esas condiciones estructurales? Suponiendo, en todos los casos las mejores intenciones, la realidad es que del análisis de los énfasis (dinero, discurso y herramientas) puestos en distintas medidas, la estrategia de inclusión o de combate a la pobreza y de promoción de la inversión o de transformación productiva, fueron equivocadas. No sólo por los resultados ?lo que es evidente? sino básicamente por la concepción.

No hay manera de avanzar en la transformación productiva sin un programa de mediano y largo plazos, consensuado, con objetivos y con recursos muy concretos.

En la gestión que acaba de terminar no sólo no hubo esa clase de programa. Tampoco hubo un diagnóstico acerca de las causas de la pobreza y de la ausencia de inversión, y menos un sistema de objetivos con recursos.

De la parte policial de los diarios, que ocupan hoy la primera plana, surge con toda claridad que ante la ausencia de plan ?explícito, consensuado y sujeto a control? no hay ética en acción. La ausencia de plan, en esa definición, lo explica todo.

El paso a paso, la espontaneidad y la decisión cerrada son la madre del vicio de ausencia de plan y, por lo tanto, la condición suficiente para el fracaso. No vale la pena repetir ejemplos que hoy están a la vista pero que se saben oficialmente desde siempre.

Repaso y revisión

¿Por qué las tendencias coyunturales de la macro que gobernaban los finales de 2015 eran como fueron? Es que allí también rigió lo que podemos llamar genéricamente el “paso a paso” y la falta de una concepción de política económica, casado con una vocación desmedida por el control electoral.

Para algunos referentes del equipo de Daniel Scioli, para acumular voluntades electorales era necesario mantener atrasado el tipo de cambio (impacto negativo en el balance comercial, en la fuga y ausencia de inversiones) para que los salarios en dólares sean altos (promoción del consumo de bienes con componentes importados) y así lograr la adhesión de los sectores medios (¡Déme dos!).

En esa visión aplicada tenemos la razón del estancamiento en el empleo privado y el problema externo. Las tarifas declinantes en términos reales tienen el mismo efecto. Y todo suma al problema fiscal, que alienta la expansión monetaria, que siquiera achica el financiamiento con deuda externa.

El resultado de todo sumado es una tasa de inflación que demuestra la inutilidad del ancla cambiaria y un desequilibrio fiscal que, pato a gallareta, terminó en deuda con China, pero deuda al fin.

A esta altura resulta claro que hemos estado hablando de la gestión kirchnerista y de la promesa de Scioli. Pero, ¿qué hizo el PRO? En lo estructural, profundizó la tendencia por las mismas razones que lo hizo la anterior gestión. Pero, ¿qué cambió en lo coyuntural? Objetivamente, algo avanzaron en materia de precios relativos. Pero el tipo de cambio real se deterioró notablemente después de la liberación del cepo. Las tarifas, suponiendo que encuentren una solución, puede que mejoren la situación fiscal. Pero no en lo inmediato. Y el PIB no arranca. Y tal vez lo haga en 2017, pero a costa de cargar demasiado las cuentas del 2018. Déficit fiscal alto, ancla cambiaria, financiamiento externo, industria asediada por importaciones y empleo estancado.

El problema no es kirchnerismo o PRO. Ambos reaccionan, en lo profundo, de la misma manera con distintos énfasis y, en todo caso, puede que cambie el peso de la factura en el lado que se asienta.

Pero ni uno ni otro (el primero, en diez años y, el segundo, en ocho meses) han sido capaces de modificar el enfoque. Ni uno ni otro se preguntan dónde los está llevando la corriente, la tendencia y dónde quieren ir.

Ninguno de los dos hace política de “poder verbo”. Me explico: hace décadas que la política nacional por falta de partido, de programas y de concepto de Nación trata de política de poder. Pero de “poder sustantivo”: de permanecer dueños del poder. No para poder hacer transformaciones de las que ni siquiera tienen vocación.

El disfraz puede ser de derecha o de izquierda, pero lo que está dentro es conservar el poder de la “oligarquía de los concesionarios” (bancos, juego, petróleo, obra pública, servicios, aeropuertos, etcétera). Esta es la cuestión. Y la de las tarifas lo prueba.

La etapa kirchnerista incorporó nuevos jugadores o hizo más grande a unos en detrimento de otros. Y todo hace pensar que por ahora están abocados a separar a algunos de los recién llegados e incorporar a otros, pero mantener el verdadero programa, que no es el de la política, sino el de la “oligarquía de los concesionarios” para los cuales ?vea lo que hacen? la transformación del aparato productivo ?que implica menos pobreza, más empleo y equidad? está fuera de la agenda. Lo estuvo con el FpV y lo está con Cambiemos. ¿Cambiamos?

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