Durante la presidencia de Barack Obama, Estados Unidos implementó su histórica estrategia "Pivot to Asia" (giro hacia Asia), ya que China era su principal desafío. Por ello, regiones como Medio Oriente ya no serían una prioridad.
Así, siguiendo los lineamientos de Washington, durante años, Occidente vio al Gigante Asiático como el enemigo. Sin embargo, eso ha cambiado en el último tiempo y lo más sorprendente de todo es que esto es consecuencia directa de la política exterior de Donald Trump.
Este jueves, el primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, se reunió con el presidente chino Xi Jinping en Pekín, y se convirtió en el primer líder británico en visitar el Gigante Asiático desde 2018.
Starmer, que antes de viajar a China logró que se aprobara la construcción de una nueva embajada china en Londres (será la más grande de Europa), ha hecho de la mejora de las relaciones con la segunda economía más grande del mundo una prioridad.
En este sentido, durante su estadía en Pekín, pidió una "relación más sofisticada" con China con mejor acceso al mercado, aranceles más bajos y acuerdos de inversión.
"China es un actor vital en el escenario global, y es fundamental que construyamos una relación más sofisticada donde podamos identificar oportunidades de colaboración, pero, por supuesto, también permitir un diálogo significativo sobre los temas en los que no estamos de acuerdo", dijo Starmer a Xi.
Por su parte, Xi afirmó que China estaba dispuesta a desarrollar una asociación a largo plazo con el Reino Unido: "Podemos entregar un resultado que resista la prueba de la historia".
En esta línea, intentando dar un gesto de buena fe, Pekín aceptó 30 días de acceso sin visado para los británicos y reducir a la mitad los aranceles chinos sobre el whisky. Por su parte, la farmacéutica británica AstraZeneca anunció una inversión de US$ 15.000 millones en China.
Además, el ministro de Comercio chino, Wang Wentao, declaró, tras reunirse con el ministro británico de Negocios, Peter Kyle, que Pekín quería profundizar su comercio de servicios, importar productos británicos de alta calidad y, a cambio, disfrutar de un entorno de inversión previsible en Reino Unido.

¿Pivot a China?
En su Estrategia de Seguridad Nacional, Trump deja en claro que su principal objetivo es contener el ascenso chino. Sin embargo, a diferencia del gobierno de Joe Biden, que apostó por reforzar los históricos lazos trasatlánticos entre EE.UU. y Europa, el magnate continúa impulsando la idea de "America first" y un aislacionismo norteamericano.
Dicha estrategia ha llevado a niveles sin precedentes la tensión entre Washington y el Viejo Continente, siendo su punto álgido el momento en el que Trump amenazó con tomar Groenlandia, que forma parte de Dinamarca -miembro de la OTAN-, a través del uso de la fuerza.
Por ello, siendo conscientes de que ya no se puede confiar en Estados Unidos, los líderes occidentales, para sorpresa de todos, comienzan a acercarse a China.
Justamente, el viaje de Starmer se da semanas después de que el primer ministro de Canadá, Mark Carney, firmara en Pekín un acuerdo económico para derribar barreras comerciales y forjar una nueva relación estratégica.
Incluso Carney, primer líder canadiense en visitar China desde 2017, describió al Gigante Asiático como "un socio más predecible y fiable", lo que sin dudas fue un mensaje para Trump.
Por su parte, el líder republicano ya amenazó con imponer un arancel del 100% a los bienes importados desde Canadá si su vecino del Norte sigue adelante con su acuerdo comercial con China.
Cabe recordar que, durante su exposición en el Foro Económico Mundial de Davos, Carney reconoció la ruptura del orden mundial por el que "cada día nos recuerdan que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias, que el orden basado en reglas se está desvaneciendo, que los fuertes pueden hacer lo que puedan, y los débiles deben sufrir lo que deben".
"La historia del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa, que los más fuertes se eximían cuando les convenía, que las reglas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Esta ficción fue útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proporcionar bienes públicos, rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para resolver disputas. Pero, más recientemente, las grandes potencias han empezado a usar la integración económica como armas", agregó.
Justamente en Davos, fue el presidente francés Emmanuel Macron, uno de los líderes occidentales más críticos de Trump, quien pidió más inversiones extranjeras directas (IED) chinas en "algunos sectores clave" europeos.
"China es bienvenida, pero lo que necesitamos es más inversiones extranjeras directas chinas en Europa, en algunos sectores clave. Esto permitirá contribuir a nuestro crecimiento, transferir algunas tecnologías, y no solo para que Chine exporte hacia Europa algunos dispositivos o productos que a veces no cumplen con los mismos estándares, o están mucho más subvencionados que los que se producen en nuestro continente", dijo Macron, que visitó China en diciembre de 2025.

¿Un tiro en el pie?
La violenta retórica de Trump contra Europa no solo está provocando que sus aliados le den la espalda, sino que además parece estar favoreciendo a China: gracias a la mejora en sus vínculos con varios países occidentales, Pekín registró un superávit comercial récord.
Específicamente, el superávit comercial de la segunda economía más grande del mundo alcanzó un récord de US$ 1,2 billones en 2025, a lo que se suma que las entradas mensuales de divisas alcanzaron los US$ 100.000 millones, la cifra más grande hasta la fecha, y que el uso global del yuan se ha expandido.
Respaldada por su economía de US$ 20 billones y US$ 45 billones en mercados bursátiles y bonarios, China está emergiendo como un "socio estable" para muchos países, dijo Aleksandar Tomic, profesor de Economía en Boston College.
Así, aunque, en 2025, los envíos chinos a EE.UU. cayeron 20% como consecuencia de la guerra comercial, por otro lado, aumentaron en los otros continentes: 25,8% para África, 7,4% para América Latina, 13,4% para el sudeste asiático y 8,4% para la Unión Europea.