Esta semana, el foco estuvo puesto en el Foro Económico Mundial de Davos. Pero, a diferencia de otras ediciones, la atención estuvo centrada, particularmente, en Donald Trump, presidente de Estados Unidos.
Una vez por año, el foro reúne a los líderes políticos, empresariales, académicos y sociales para debatir y coordinar acciones sobre cómo resolver los principales problemas globales a través de la coordinación y la cooperación.
Aunque ese mundo basado en el respeto por el derecho internacional parece estar llegando a su fin desde que Trump, presidente del país que impulsó este mismo orden liberal, ahora ha decidido que todo se resolverá través del uso de la fuerza, tal como lo demostró en Venezuela con la captura de Nicolás Maduro.
Teniendo en cuenta el poderío militar y económico de Estados Unidos, muchos creerían que, para el resto de los países, no queda otra opción que no hacer nada o, en el mejor de los casos, no molestar al hegemón.
Sin embargo, en un discurso histórico, Mark Carney, primer ministro de Canadá, dejó en claro que aún hay mucho por hacer.
La honestidad como bandera
Lejos de intentar disfrazar la realidad, Carney reconoció la ruptura del orden mundial en el que "cada día nos recuerdan que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias, que el orden basado en reglas se está desvaneciendo, que los fuertes pueden hacer lo que puedan, y los débiles deben sufrir lo que deben".
En este sentido, en un acto de honestidad total, y reconociendo la histórica ausencia de un gobierno mundial que dirima los conflictos, el premier canadiense sostuvo que "la historia del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa, que los más fuertes se eximían cuando les convenía, que las reglas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con diverso rigor según la identidad del acusado o de la víctima".
"Esta ficción fue útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proporcionar bienes públicos, rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para resolver disputas. Pero más recientemente, las grandes potencias han empezado a usar la integración económica como armas", agregó.

Un enfoque innovador
Las afirmaciones de Carney no son nuevas, ya que han sido históricamente repetidas desde lo que se conoce como el "tercer mundo" o los países subdesarrollados. Pero la novedad es cómo un país del primer mundo acepta la situación.
En esta línea, el gran aporte del líder canadiense es reconocer que aún hay esperanzas: "Existe una fuerte tendencia de los países a seguir el juego para llevarse bien, para acomodarse, para evitar problemas (...) pero cuando solo negociamos bilateralmente con un hegemón, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se ofrece".
La descripción de Carney se adapta completamente a la realidad a la hora de ver cómo Trump amenaza a la mayoría de los países con imponerles aranceles y estos últimos, impotentes, muchas veces no tienen otra opción que ceder ante las exigencias de Washington.
No obstante, Carney, lejos de creer que esta es la solución, sugirió que las potencias intermedias, como Canadá, Brasil, Turquía o India, "deben actuar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú".
"En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una elección: competir entre sí por favores o unirse para crear un tercer camino con impacto", sentenció.
¿Un mundo viable?
La sugerencia de Carney de crear coaliciones con socios que comparten suficientes puntos en común para actuar juntos tiene total lógica en pos de reducir la vulnerabilidad respecto a Estados Unidos.
Sin embargo, quizás el gran problema es que dicha estrategia debería haberse implementado hace varios años, para que los países llegasen preparados a este momento.
Un ejemplo de esto es el propio Macron, que allá por 2017 consideró que la "OTAN tenía muerte cerebral", pero desde Europa hicieron oídos sordos a su sugerencia de que el Viejo Continente debía reducir su dependencia estratégica de un Washington cada vez menos fiable.
Por lo contrario, la Unión Europa intentó mantener este orden liberal ficticio y, ahora que el mismo está llegando a su fin, se encuentra en la encrucijada de cómo acelerar el distanciamiento de EE.UU. mientras el temor respecto a Rusia va en ascenso (Europa parece estar lejos de poder defenderse por sí sola hoy en día en el caso de una guerra).