Houston, tenemos un problema?

30-01-2017
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por Gabriel Caamaño Gómez (*)

El lema de campaña del flamante 45º Presidente de la mayor economía del mundo, Donald Trump, fue “Make America Great Again”. Por muchos interpretado como una plataforma económica orientada a devolverle a Estados Unidos, reformas estructurales mediante, su ritmo de crecimiento tendencial de antaño pues desde hace varios años que está encerrada en lo que se ha venido a llamar “la gran desaceleración”. En cierto sentido, había una añoranza de lo que fueron y significaron para la economía estadounidense las presidencias de Ronald Reagan en la década de los 80's (1981-1989)

Buena parte de las investigaciones académicas están explicando esa “gran desaceleración” como resultado de la combinación de dos elementos.

El envejecimiento poblacional. En el caso de EE.UU., la mayor parte de los “baby boomers”, entendiendo por tales a los nacidos durante el “baby boom” (1946- 1965), ya se retiraron o están en la última etapa de su vida laboral. El envejecimiento poblacional no sólo implica una menor tasa de participación (mayor población pasiva), planteando importantes desafíos para las finanzas públicas, en general y los sistemas de seguridad social, en particular, sino también una fuerza laboral más vieja y, consecuentemente, progresivamente menos productiva.

Un menor ritmo de crecimiento de la productividad multifactorial, es decir, la generada por la innovación. Que en la mayor parte de los casos no se explica por reducción del ritmo de innovación tecnológica, en general, sino por una menor orientación de la misma hacia las actividades productivas.

¿Y la solución?

Ahora bien, si sólo vamos a tener medidas proteccionistas y/o con sesgo antiinmigración vamos a tener un problema pues las mismas no sólo no resuelven esos problemas sino que, por el contrario, podrían profundizarlos.

El proteccionismo está más cerca desincentivar la innovación productiva que de alentarla y, además, reduce la competencia y genera una asignación más ineficiente de recursos, lo que tiende a reducir la productividad de todos los factores productivos.

En tanto, la inmigración bien entendida es una de las formas más eficientes de evitar que la fuerza laboral, en particular y la población, en general, de un país envejezca tan rápido, revirtiendo el deterioro de la productividad y aliviando la presión sobre los sistemas previsionales.

Todo lo dicho, a la postre del riesgo de respuesta de los países damnificados por esas medidas. Es decir, del riesgo de una escala proteccionista entre la mayor economía del mundo y alguna o algunas de las más importantes que forman el resto. Entre ellas, China, que es la segunda.

Hay al menos otras dos cuestiones que resultan como mínimo perturbadoras de las propuestas de Trump.

En primer lugar, el retorno del sesgo expansivo a la política fiscal del gobierno federal en el contexto descripto en los párrafos previos y sin que exista una brecha de producto significativa tendería a impactar más sobre las presiones inflacionarias que sobre el dinamismo del producto, reforzando el sendero de endurecimiento de la política monetaria de la Fed. Lo que, a su vez, dada la descoordinación de política monetaria con Europa y Japón tendería a reforzar el fortalecimiento del dólar, limitando aún más el impacto sobre el dinamismo de esa política. O, en su caso, como ya especularan prestigiosos colegas, podría dar pie a la primera intervención cambiaria directa del Tesoro de EE.UU. en 30 años. Lo que podría resultar tan disruptivo como el brote proteccionista.

En segundo lugar, los datos indican que en 2016 la industria norteamericana produjo 86% más que en 1987, pero sólo con 2/3 de los trabajadores que existían en ese entonces. Léase, el encarecimiento de la mano de obra estadounidense no sólo llevó a que muchas compañías buscaran localizaciones en el extranjero donde la mano de obra fuera más barata. Además, incentivó la automatización.

Los desafíos

Ergo, lanzar una campaña que, por las buenas o por las malas, busque repatriar determinados eslabones de las cadenas productivas que históricamente se localizaban en EE.UU., bajo otro lema pegadizo como el “America First”, no sólo implicará que habrá más empleo sino, probablemente, que habrá más “robots”. La mayoría de los cuales EE.UU. importa de China.

Lejos estamos de querer alentar proyecciones apocalípticas. No creemos en ellas y seguimos entendiendo que el sistema tiene sus propios anticuerpos. Uno de esos anticuerpos son las instituciones. La división de poderes de una democracia que se mantuvo ininterrumpida y evolucionó por más de dos siglos. El Poder Legislativo y el Poder Judicial tienen un papel importante que desempeñar.

Sin embargo, no deja de ser cierto que, a menos que Trump haga algo distinto de lo que dijo que iba a hacer y/o que algún shock exógeno lo ayude, es poco probable que EE.UU. vuelva a ser grande de nuevo por este camino.

Y, lamentablemente, esa es una de las cosas que más se le reconoce por estos días. Casi como una rareza política. Que haya llegado a la Casa Blanca para hacer exactamente y desde el principio lo que dijo que iba a hacer en la campaña. Aunque, probablemente, muchos lo votaron ilusionándose con que decía una cosa, pero iba hacer otra.

Ojalá nos equivoquemos, por el beneficio de todos pues, al fin y al cabo, que la mayor economía del mundo recupere su dinamismo de antaño es una buena noticia para todo el resto.

(*) Consultora Ledesma

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