Análisis

Crisis en Siria: ganadores y perdedores de la caída de Assad

Tras el vertiginoso avance de las fuerzas antigubernamentales y el derrocamiento de Bashar al-Assad luego de trece años de guerra civil, el fin del régimen baazista en Siria impacta de forma desigual entre los principales actores involucrados en el conflicto.

Crisis en Siria: ganadores y perdedores de la caída de Assad
Santiago Ott 12 diciembre de 2024

Once días transcurrieron desde el inicio de la ofensiva del grupo rebelde Hayat Tahrir al-Sham (HTS) en el noroeste de Siria el 27 de noviembre, hasta la huída del presidente Bashar al-Assad de la capital, Damasco, el pasado domingo 8 de diciembre. 

Lo que había comenzado como una protesta pacífica a inicios del 2011 -siguiendo la ola de levantamientos producidos durante la llamada "Primavera Árabe"- derivó en una sangrienta guerra civil que ha producido millones de desplazados y se ha cargado con la vida de casi 500.000 sirios.

Lejos de ser una contienda limitada al plano estrictamente doméstico, el conflicto en Siria, como muchas otras guerras civiles, se ha caracterizado por el alto nivel de injerencia por parte de potencias extranjeras que vieron la oportunidad de avanzar sus intereses, muchos de ellos contrapuestos entre sí. 



En este marco, el derrocamiento de Assad genera un impacto disímil entre los principales actores involucrados en el conflicto. A continuación se presenta una lista no exhaustiva de los grandes ganadores y perdedores.

Los perdedores

Irán 

La República Islámica de Irán intervino en la guerra civil siria en favor de Bashar al-Assad desde los albores del conflicto en 2012. Teherán no solamente aportó asesores militares de la Guardia Revolucionaria, sino que también coordinó el envío de tropas de Hezbollah para dar apoyo a las fuerzas assadistas. 

Además, los ayatolas invirtieron grandes sumas de dinero en fortalecer su influencia y la identidad chiíta en Siria a través del uso de la propaganda y la construcción de escuelas y centros culturales en el país.



El derrocamiento de Assad supone un duro golpe para la influencia de la República Islámica en Medio Oriente y su proyecto de hegemonía regional cultivado a lo largo de décadas. 

Damasco no solamente era el principal aliado estatal de Irán en la región y quien le dotaba de profundidad estratégica para proyectar su poder hasta el Levante, sino que además conformaba, junto con Irak, el puente terrestre que permitía abastecer de armamento a Hezbollah en el Líbano para presionar a Israel.

Con el fin del régimen baazista, dicha conexión ha dejado de existir y las fuerzas iraníes encontrarán grandes limitaciones para asistir a la joya de la corona de su red de proxys, la cuál, a su vez, enfrentará mayores niveles de aislamiento en un marco de alta conflictividad con Israel. Esto obligará a Teherán a recalibrar su estrategia regional a largo plazo.



Rusia

Rusia intervino directamente en el conflicto sirio tras recibir el pedido de ayuda por parte de Assad en 2015. En aquel entonces, el rol de las fuerzas rusas fue clave para contener el avance rebelde y mantener a su aliado en el poder por otros nueve años. 

El principal interés del Kremlin en la guerra residía en la preservación de su base naval en la ciudad de Tartús; consolidar su estatus como gran potencia con capacidad de proyección en zonas periféricas a su territorio; mantener a un gobierno afín -cuya alianza se remontaba a los tiempos de la Unión Soviética- en el poder y evitar que la amenaza de grupos radicalizados se expandiera en la región.

Con la caída de Assad, Rusia corre el riesgo de perder su única base naval en el Mediterráneo oriental, lo cuál obligaría al Kremlin a cruzar el Estrecho del Bósforo -controlado por Turquía- para proyectar su poder sobre toda la región mediterránea y África. 



Además, Moscú ha perdido a su mejor aliado en Medio Oriente, disminuyendo significativamente su influencia en el devenir de los acontecimientos regionales en favor de Turquía, histórico competidor estratégico de Rusia. 

Adicionalmente, si HTS abandona el camino de la moderación, o si las fracturas entre las facciones rebeldes se profundizan y fracasan en generar un marco político-institucional sólido, no es descartable la posibilidad de un nuevo rebrote del fundamentalismo en Siria. 

Esto afectaría directamente a la seguridad nacional del país euroasiático debido al riesgo de que se genere un efecto derrame sobre el Cáucaso, región que ya ha sido permeable a la adopción de este tipo de ideologías.



Tampoco debe ignorarse el impacto que la caída de Assad tiene sobre el prestigio de Moscú. La incapacidad del Kremlin de defender a su aliado en Medio Oriente mientras libra una costosa guerra en Ucrania supone un nuevo revés para las ambiciones del presidente Putin de posicionar a Rusia como una potencia de alcance global.

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Assad y Putin

Los ganadores

Turquía

El país liderado por Recep Tayyip Erdoğan ha emergido como el gran ganador del cambio de régimen en Siria. 



Turquía ha considerado a la guerra civil de su vecino del sur como un asunto de suma importancia para su seguridad nacional. 

No solamente por el hecho de haber sido el Estado que más flujos de refugiados ha absorbido desde el inicio de la conflagración, sino por que Ankara ha considerado que la conformación de una entidad kurda independiente en el noreste sirio podría alentar al separatismo entre los kurdos que habitan en su propio territorio, además de servir de santuario para los miembros del PKK, organización designada como grupo terrorista por el gobierno turco y con quienes han mantenido un conflicto insurgente durante décadas.

Tras la salida de Assad y el consiguiente debilitamiento de la influencia rusa e iraní en el país, Erdoğan tendrá vía libre para consolidar su poder sobre Siria y expandir la zona de influencia turca más allá de la región norte, cuyos territorios se encuentran anexados de facto por Ankara. 



En este sentido, Erdoğan también encontrará menos restricciones para profundizar sus acciones militares contra el proto-estado kurdo establecido en el noreste de Siria.

Asimismo, la eventual consolidación en el poder por parte de HTS -grupo que Turquía ha apoyado en su lucha contra Assad y sobre el cuál ejerce cierta influencia- podría facilitar el retorno de los casi 3.5 millones de refugiados que residen en territorio turco. 

Sin embargo, tampoco debe descartarse que una lucha por el poder entre facciones rebeldes termine produciendo el efecto contrario.



Desde el plano geoeconómico, la caída de Assad bien podría reavivar las antiguas aspiraciones de construir un gasoducto que conecte Qatar -principal aliado de Ankara en Medio Oriente- con Turquía, atravesando territorio sirio. 

Este proyecto permitiría abastecer a Europa con gas natural y ofrecer una alternativa al suministro ruso afectado por la guerra en Ucrania, aunque representaría un duro revés para el Kremlin, también expondría a Europa a una nueva dependencia energética a manos de Erdoğan.

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Erdoğan y Assad



Israel

Las acciones de Israel durante la mayor parte de la guerra civil han estado enfocadas en contener la expansión de la influencia iraní sobre su vecino, así como en evitar la consolidación de la presencia militar de Hezbolá cerca de su frontera, especialmente en las zonas aledañas a los Altos del Golán. 

En este marco, la fuerza aérea hebrea ha realizado una gran cantidad de incursiones a lo largo de los trece años de conflicto para desactivar potenciales amenazas sobre territorio sirio.

La salida de Bashar al Assad del poder -cuyo padre, Háfez, invadió Israel durante la Guerra del Yom Kipur- no solamente significa la caída de un viejo enemigo, sino que además limita significativamente la influencia de su contendiente regional, Irán, así como su capacidad de proveer armas a Hezbollah y grupos afines sobre su frontera. 



En este sentido, la caída del régimen baazista puede considerarse como una nueva victoria de Jerusalén en el marco del conflicto iniciado en octubre de 2023 con el llamado Eje de la Resistencia, el cuál ha sufrido una seguidilla de derrotas durante este 2024 que van desde la muerte de Hassan Nasrallah hasta la obliteración de Hamás en Gaza.

Sin embargo, los presuntos beneficios para Israel de lo acontecido en Siria tampoco deben sobreestimarse. 



Jerusalén continuará lidiando con una frontera norte inestable que la obligará a proseguir con sus ataques aéreos e incursiones. A fin de cuentas, el gobierno de Benjamín Netanyahu sólo ha cambiado un malo conocido por un bueno por conocer.

Estados Unidos

A diferencia de los actores previamente mencionados, el papel de EE.UU en Siria ha sido mucho más limitado y con objetivos comparativamente más modestos para su política exterior que los que han estado en juego para las otras partes intervinientes. 



Washington se ha comprometido en el tablero de ajedrez sirio principalmente a raíz de su búsqueda por contener el avance de grupos extremistas como el Estado Islámico y monitorear las acciones de Irán y Rusia en la región.

Bajo estas consideraciones, la potencia norteamericana ha salido, en términos generales, beneficiada con el derrocamiento de Assad y la consecuente pérdida de influencia de Teherán y Moscú. 

Rusia ha sufrido un importante traspié en la antesala de lo que podría ser el inicio de las conversaciones de paz con Ucrania auspiciadas por Trump, a lo cuál se le suman las protestas multitudinarias que están teniendo lugar contra el gobierno pro-ruso en Georgia. 



En este marco, el nuevo ocupante de la Casa Blanca encontrará al Kremlin fortalecido en las líneas del frente ucraniano pero debilitado en su periferia inmediata.

Por otro lado, si bien la capacidad de proyección de poder de Irán ha sido dañada severamente, las sucesivas derrotas a la que ha sido sometido podrían suscitar efectos contraproducentes. 

En este sentido, si la República Islámica considera que con el derrumbamiento de sus aliados su seguridad se encuentra comprometida, se generarían mayores incentivos para avanzar definitivamente en la construcción de un arma nuclear, lo cuál sería un dolor de cabeza tanto para EE.UU como para Israel en el largo plazo.



En cualquier escenario, Washington necesita que la situación en Siria se estabilice y que el país no se transforme en un nuevo Afganistán. Esto obligaría a EE.UU a continuar derivando recursos a Medio Oriente en lugar de centrarse en el Indo-Pacífico y en su principal competidor estratégico: China.

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