Durante las últimas semanas, el aparente avance de las negociaciones entre EE.UU. y la República Islámica de Irán ha alejado los temores de una nueva guerra en Oriente Medio. Sin embargo, las probabilidades de un conflicto armado son todavía muy altas. De hecho, las probabilidades de un choque militar son todavía mayores que las de una resolución pacífica.
Donald Trump parece tener el instinto correcto, el de buscar una salida negociada, pero una serie de factores de corto, mediano y largo plazo confluyen para aumentar las probabilidades de una acción militar contra la República Islámica de Irán.
Las causas de largo plazo se encuentran en el cambio del balance de poder en el mundo, que se encuentra claramente en transición hacia una configuración más multipolar, donde el poder de los EE. UU. se viene reduciendo en términos relativos con respecto a otras potencias.
Esto significa que en el futuro la capacidad de EE.UU. de proteger a Israel de otras amenazas regionales se verá disminuida, mientras que la de sus rivales (como Irán) o sus aliados (Rusia, China) van aumentando. EE.UU. no tendrá en el futuro la capacidad (ni, probablemente, la voluntad política) de ayudar a Israel al nivel al que lo está haciendo hoy en día.
Y no se vislumbra ninguna otra potencia dispuesta a ocupar ese lugar de protector de Israel en el futuro. La mayoría de los estados de la región que podían presentar una amenaza militar a Israel han sido cooptados como clientes de Washington (Egipto y Jordania) o destruidos y reducidos a la disfuncionalidad (Líbano, Siria, Irak y Libia), solamente Irán sigue en pie.
Para los sectores más nacionalistas dentro de Israel, esto genera un incentivo a perseguir sus ambiciones maximalistas en el plazo mas breve posible, y en consecuencia llevan años haciendo lobby abiertamente para incentivar a los EE.UU. a una acción militar contra Irán. Y dentro del establishment de los EE.UU, los enemigos de Irán, que son muchos, comparten este razonamiento.
En el mediano plazo, la seguidilla de conflictos regionales que fueron detonados por la incursión de Hamas en Israel el 7 de octubre de 2023 no ha resultado en una victoria abrumadora para Israel, pero ha logrado degradar severamente las capacidades militares de sus adversarios.
Anteriormente, Irán podía amenazar a Israel con activar a los diversos actores irregulares que conforman el llamado "Eje de la Resistencia": Hezbollah en Líbano y Siria, Hamas en la Franja de Gaza, Ansar Allah (tambien llamados hutíes) en Yemen, y diversas milicias iraquíes. Sin embargo, con posterioridad al 7 de octubre, estos actores ya se han visto obligados a entrar en combate uno tras otro, y se han visto severamente golpeados.
Hamás ha sufrido lo peor del embate de las Fuerzas de Defensa de Israel, que ha destruido la mayor parte de la Franja. Si bien su capacidad de hacer daño a Israel fuera de allí es ahora insignificante, el grupo armado continúa resistiendo y reclutando efectivos suficientes para reponer sus pérdidas. Recientes estimaciones indicaban que el 75% de su red de túneles continúa intacta.
Hezbollah, por su parte, considerado por mucho tiempo la milicia mas peligrosa para Israel, ha visto decimados sus cuadros jerárquicos, ha sufrido pérdidas significativas de hombres y material, y ha debido replegarse al menos temporariamente de algunas de sus zonas de operaciones en el sur del Líbano.
El colapso del régimen de Al-Assad en Siria significó para Hezbollah la pérdida de depósitos y talleres de producción de armamentos, y la disrupción de las rutas de reabastecimiento que cruzaban por este país, lo cual dificulta (pero no imposibilita) la reconstitución futura de sus capacidades.
Los hutíes yemeníes han sido bombardeados repetidas veces por la aviación de EE.UU. en las últimas semanas, y si bien el presidente Trump acaba de declarar una victoria unilateral, no queda claro en qué medida las capacidades de los hutíes han sido degradadas. Incluso suponiendo que sea cierto que han perdido el 80% de su arsenal, según afirmaciones de EE.UU., el grupo yemení es notoriamente resiliente y sigue en control del país.
En definitiva, todos estos actores irregulares del "Eje de la Resistencia" están golpeados en mayor o menor medida, pero ninguno de ellos está neutralizado definitivamente, y tarde o temprano se recuperarán, como ya lo han hecho varias veces en el pasado. Puede razonablemente suponerse que su debilidad será de corto a mediano plazo.
Irán mismo ha tenido varios choques armados directos con Israel durante 2024, y según Tel Aviv su último ataque destruyó la mayoría de las defensas aéreas iraníes y diversas instalaciones de producción de misiles. La veracidad de estas afirmaciones es cuando menos cuestionable, ya que no han sido corroboradas públicamente por evidencia fotográfica o satelital, pero muchos observadores en Washington parecen darlas por ciertas.
Suponiendo que fuera cierto, Teherán se encontraría en estos momentos particularmente vulnerable y expuesto a un ataque aéreo por parte de EE.UU. o de Israel. No obstante, esta situación no persistirá en el largo plazo.
Irán ha firmado recientemente acuerdos de cooperación militar con Rusia. En los próximos años, Moscú ayudará a Irán a reconstruir su fuerza aérea (hoy obsoleta) y sus sistemas de defensa antiaérea, haciendo mucho mas compleja, costosa y peligrosa cualquier operación militar futura contra Teherán.
Quienes proponen que es un momento ideal para atacar a Irán cuentan con el poderoso argumento de que muchas de las herramientas que Irán utilizaría para atacar, directa o indirectamente, a Israel y a las fuerzas de EE.UU. en la región, se encuentran temporalmente debilitadas. Habría entonces una ventana de oportunidad favorable para atacar Irán en el corto a mediano plazo, mientras sus capacidades propias y las de sus aliados se encuentren aún en proceso de recuperación.
Finalmente, en el corto plazo, tenemos consideraciones de política doméstica, tanto en Israel como en los EE. UU., y consideraciones militares a nivel táctico. En Israel, el gobierno de Netanyahu se encuentra en una situación doméstica que puede describirse, cuando menos, como inestable. La brutalidad de la guerra en Gaza, que a ojos de la mayor parte del mundo constituye un claro caso de genocidio, ha dejado a Israel peligrosamente aislado a nivel internacional, mientras sus victorias militares contra Hamas y Hezbollah están lejos de ser definitivas.

Internamente, se está abriendo una profunda fractura entre los partidarios de Netanyahu, sectores ultra nacionalistas y ultra conservadores, y su oposición, al punto que algunos observadores ven como cierta la posibilidad de violencia entre ambos bandos, incluso hay quienes hablan de una posible guerra civil dentro de Israel.
En estas condiciones, el gobierno de Netanyahu tiene incentivos a mantener y profundizar un estado de guerra prolongado como una manera de silenciar las críticas y aglutinar a la población contra una amenaza existencial de un enemigo externo, en este caso Irán. A nivel personal, además, la continuación de su liderazgo ayuda a cubrirlo temporariamente de sus problemas judiciales, que amenazan con llevarlo a la cárcel por diversas causas de corrupción.
En Washington, mientras tanto, el segundo gobierno de Trump se encuentra al comienzo de su mandato en una situación caótica, que lo deja expuesto a muchos problemas y con escasos logros para mostrar. Dadas las ambiciosas promesas con las que se ganó al electorado, Trump se encuentra bajo presión para lograr una victoria política significativa.
En el caso de la guerra ruso-ucraniana, está claro que desea desvincularse de este conflicto, dado que no es posible una victoria militar. Tiene un incentivo muy importante para acelerar los plazos, mientras aún pueda presentar el fiasco como consecuencia de decisiones erradas del gobierno anterior, y las mas recientes declaraciones tanto de Trump como de sus funcionarios claramente apuntan en este sentido.
El inevitable (pero necesario) abandono de la aventura militar ucraniana lo expone a conflictos muy severos con sus aliados europeos y con su oposición interna, y no será posible presentarlo como una victoria diplomática, a lo sumo como una estrategia exitosa de reducción de daños.
En el caso de su confrontación con China, el shock de la política arancelaria que están intentando implementar está causando disrupciones y daños aún indeterminados (pero ciertamente masivos) en las cadenas de suministro globales, alienando tanto a aliados como rivales. Parece ser que quienes diseñaron la política económica de Trump subestimaron el daño que los aranceles causarían, y también la capacidad de EE.UU. de imponer su visión económica al resto del mundo.
En consecuencia, ya están comenzando a reajustar sus políticas, intentando mitigar el daño que se va haciendo aparente. Mas allá de cómo se termine por resolver esta crisis, tampoco se ve aquí nada que pueda llamarse una victoria contundente de acuerdo a lo que el gobierno mismo dijo que quería lograr.
El gobierno de Trump necesita un éxito, pero esto le está resultando elusivo en el corto plazo. Ya no es posible un éxito militar contra Rusia, a menos que deseen escalar peligrosamente el conflicto con la mayor potencia nuclear del planeta.

Escalar el conflicto con China es, en el corto y mediano plazo, extremadamente dañino y contraproducente dada la interdependencia de sus economías. En Oriente Medio, los enviados de Trump tampoco han podido siquiera pausar el conflicto en Gaza. Y los recientes bombardeos a los hutíes en Yemen, que en apariencia eran el rival mas pobre y vulnerable, han fracasado en su objetivo de hacer segura la navegación comercial en el Mar Rojo.
Dada esta seguidilla de fracasos, Irán aparece como el siguiente objetivo mas vulnerable, y puede entenderse que haya quienes sugieren que Trump podría encontrar una victoria política significativa si bombardea el país. Este es un objetivo que cuenta con muchos partidarios dentro y fuera de EE.UU.
En este contexto, sería fundamental que las negociaciones por un nuevo acuerdo nuclear con Teherán lleguen a buen puerto, pero aquí también encontramos dificultades serias. Quien lleva adelante la delicada diplomacia con Irán, Steve Witkoff parece ser un hombre muy inteligente, negociador hábil, con una visión mas realista del mundo, y goza de la confianza del presidente Trump.
No es algo fuera de lo común nombrar diplomáticos que no sean profesionales de carrera si cuentan con la confianza necesaria del mandatario en cuestión, pero habitualmente el cargo viene acompañado de todo un sistema institucional que informa y apoya con su expertise todo proceso de negociación y toma de decisiones, y un período de adaptación para familiarizarse con los países y cuestiones con las que deberá lidiar.
Steve Witkoff en cambio se vió empujado en un muy breve tiempo a ocuparse de 3 crisis mayúsculas (Rusia-Ucrania, Israel-Gaza, e Irán) que exigirían al máximo las capacidades incluso del diplomático mas experimentado. Tiene en contra el hecho de no tener experiencia en negociaciones de este nivel, y no tener conocimientos profundos acerca de los países y los conflictos con los que debe lidiar.
Sin duda estará aprendiendo mucho y haciendo un esfuerzo por ponerse al día, pero el tiempo para hacerlo es escaso, y al no ser funcionario del Departamento de Estado no está claro que tenga acceso a toda la información relevante, ni si quienes lo asesoran poseen el expertise adecuado. Y para peor, quienes se oponen a cualquier tipo de concesión en su negociación con Irán son mayoría en la administración, con la notable excepción del propio presidente Trump.
Fuentes iraníes han dejado trascender que el presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, estaría dispuesto a reunirse con Trump cuando éste visite la región la semana que viene, tal vez para firmar un nuevo acuerdo. Esto habla de una buena disposición para llegar a un acuerdo de su lado, lo cual es una señal muy positiva.
Pero si Trump se deja convencer por el ala dura de sus funcionarios e insiste con exigir concesiones maximalistas, podría repetirse el fiasco de Hanoi de 2019. Si e consecuencia la relación se rompe, como pasó entonces con Corea del Norte, los argumentos a favor de atacar Irán cobrarán más fuerza que nunca.