Después de varias semanas de tensa espera, finalmente Israel llevó a cabo su contraataque a la República Islámica de Irán.
La expectativa por este ataque, realizado ostensiblemente en represalia por el lanzamiento de misiles balísticos contra Israel del 1° de octubre, tenía en vilo a todos los observadores del conflicto debido a las posibles implicancias en la escalada de tensiones entre ambos países.
Se barajaba la posibilidad de que entre los objetivos estuvieran la infraestructura petrolera, las instalaciones nucleares, o incluso una operación de decapitación de la dirigencia iraní.
Cualquiera de estas opciones casi con seguridad hubiera llevado a Irán a responder con un ataque aún mayor, allanando el camino hacia una guerra general.
Finalmente, el ataque israelí resultó ser mucho mas modesto, concentrándose en blancos militares convencionales, con pocos muertos, lo cual sugiere que la operación fue cuidadosamente calibrada para provocar daños limitados.
Ante este escenario, numerosos observadores y analistas suspiraron aliviados y concluyeron que Israel no está buscando provocar una guerra general con Irán.
Al mismo tiempo, la muerte de los principales líderes de Hezbollah y Hamás en meses recientes le permitiría a Israel cantar victoria y considerar desescalar el conflicto con estas organizaciones.
Especialmente tras la muerte de Yahya Sinwar, sindicado como principal ideólogo del ataque del 7 de octubre de 2023, parecería que Israel finalmente ha logrado hacer justicia por los eventos de aquel nefasto día, y muchos sostienen que se trata de una oportunidad ideal para reducir el conflicto y comenzar a negociar una paz duradera, que incluya la liberación de los rehenes que aún están en manos de Hamás. Si esto fuera cierto, el espectro de una guerra general en la región se aleja.
Sin embargo, quienes esperan que estos eventos sean el principio del fin de la actual crisis en Oriente Medio probablemente se equivoquen.
Por el contrario, es probable que el conflicto vuelva a intensificarse en el futuro no muy lejano. Hay ciertas variables estructurales que generan poderosos incentivos para que la actual dirigencia política en Israel expanda el conflicto en el corto y mediano plazo. Israel tiene una ventana de oportunidad para perseguir objetivos maximalistas, y los incentivos para aprovecharla son muy grandes.

Entre historia y geopolítica
Para entender el porqué, es necesario recordar un poco la historia del origen del estado israelí.
En los últimos 200 años, muchos movimientos nacionalistas buscaron y lograron consolidar estados alrededor de sus proyectos políticos, si bien el proceso frecuentemente fue traumático y violento.
El proyecto sionista de crear un estado nacional que sirviera de hogar seguro para los judíos del mundo no fue distinto, aunque tiene la particularidad de que los habitantes del nuevo estado en su mayoría provenían de lugares geográfica y culturalmente muy lejanos a la Tierra Prometida.
Para los nativos de la región, la creación del estado de Israel fue percibida como un injerto colonialista occidental, a contramano de los procesos de descolonización que tomaban impulso alrededor del mundo a mediados del siglo XX.
En consecuencia, el estado de Israel tuvo desde su concepción una oposición prácticamente unánime en la región, y a los palestinos desplazados de sus tierras por el estado israelí nunca les faltaron aliados y simpatizantes.
En estas condiciones, la supervivencia del pequeño estado israelí en un vecindario geopolítico extremadamente hostil solamente fue posible debido al apoyo continuo de países extrarregionales, principalmente los EE. UU., que le han dado una sustancial asistencia militar, diplomática y económica a lo largo de toda su breve historia, ayudando a neutralizar la mayoría de las amenazas que tradicionalmente enfrentaron.
De los estados regionales que podían significar un peligro para Israel en algún momento, ninguno representa ya una amenaza.
Algunos de ellos fueron cooptados y convertidos en clientes de EE.UU., como Egipto, Jordania, Turquía y las monarquías del Golfo Pérsico.
Otros fueron destruidos en diversas guerras, ya sea iniciadas por EE.UU., o con su participación, de manera que perdieron la capacidad de proyectar su poder (Irak, Siria, Líbano y Libia entran en esta categoría).
Neutralizadas las demás amenazas que enfrentó Israel en años pasados, solamente Irán y sus milicias aliadas en el llamado "Eje de la Resistencia" siguen siendo una amenaza a su seguridad.
Este eje se compone de organizaciones paraestatales como Hezbollah, Hamás, y Ansar Allah (también conocidos como los Houthis), cuyo poder fue hasta ahora muy limitado como para representar una amenaza existencial.
El nivel del compromiso de Washington con Tel Aviv no es menor: de acuerdo a un estudio reciente, EE.UU. ha destinado a Israel un poco más de US$ 251.000 millones en concepto de asistencia militar a lo largo de los últimos 66 años, más que a ningún otro país desde la Segunda Guerra Mundial.
Durante el último año, el costo de asistir militarmente a Israel ha significado un desembolso de casi US$ 23.000 millones por parte de EE.UU., equivalente al 4,5% del PIB israelí en 2023, o 70% del monto que Israel lleva gastando en operaciones militares desde el 7 de octubre de 2023.
Hoy por hoy existe un consenso casi incuestionable en las elites políticas en EE.UU. de que es necesario proteger al estado de Israel a toda costa.
Algunos lo atribuyen a la existencia del llamado "lobby israelí" en Washington, otros lo atribuyen a la idea de que EE.UU. no puede dudar en sostener a su cliente, so pena de sufrir una pérdida crítica de credibilidad con sus otros aliados alrededor del mundo (OTAN, Japón, los países árabes del Golfo) cuya protección también depende de EE.UU.
Sin embargo, el problema que tiene Israel es que las condiciones que hoy aún garantizan su seguridad se están deteriorando, y en un futuro no muy lejano probablemente dejen de existir, debido a que tanto la capacidad como la voluntad política de EE.UU. de proteger al estado israelí están en duda en el largo plazo.
Por un lado, el consenso político alrededor de Israel en EE.UU. no durará para siempre. Ya hay indicios de que hay un cambio generacional en marcha, los jóvenes no se identifican con Israel de la misma manera que los mayores, incluso mismo dentro de la comunidad judía en EE.UU.
En la experiencia de los jóvenes, la causa de Israel no está tan relacionada a la experiencia histórica del Holocausto, que fue mucho mas cercana en el tiempo para las generaciones anteriores, dándole una mayor justificación moral.
Para los jóvenes de hoy, está mucho mas presente en su conciencia política la opresión de Israel sobre los palestinos en los territorios ocupados.
Esos mismos jóvenes, que hoy protestan contra Israel y a favor de Palestina en las universidades de elite de EE.UU., son aquellos que dentro de una o dos generaciones dominarán la política en Washington (recuérdese las luchas sociales como la desegregación, o las protestas contra la participación estadounidense en la guerra de Vietnam también comenzaron en las universidades).
Los lobistas de Israel en EE.UU. reconocen este peligro, pero se ven impotentes para contrarrestarlo.

Por otro lado, la futura capacidad de EE.UU. de brindar asistencia también está en duda: el balance de poder en el mundo está cambiando y EE.UU. ya no tiene el mismo poder relativo que tenían hace 2 décadas, y la dirección del cambio parece clara.
El mundo va visiblemente en dirección a un balance de poder multipolar, y se trata de un mundo donde Washington tiene una cuota de poder cada vez menor en términos relativos, limitando su margen de acción.
Ya desde el gobierno de Obama que en Washington se viene hablando de la necesidad de reducir sus compromisos en Oriente Medio para enfocarse en su competencia con China.
Para peor, la guerra ruso-ucraniana ha dificultado este proceso absorbiendo recursos económicos y militares en el fallido intento de contener el resurgimiento ruso en Europa Oriental.
A nivel regional, la evolución del balance de poder también es desfavorable para Israel. Las tasas de natalidad en los territorios palestinos y en los países vecinos implican que todos sus rivales crecen a un ritmo mayor, agrandando el ya inmenso desbalance demográfico.
Hasta ahora, la superioridad tecnológica israelí permitía compensar en gran medida este desbalance.
Sin embargo, los cambios recientes en la tecnología militar facilitan la construcción, a relativamente bajo costo, de grandes arsenales de misiles y drones, frente a los cuales la defensa es difícil y prohibitivamente costosa.
Y el aumento de poder de otras potencias en el sistema internacional significa que éstas tienen mayor margen de maniobra para apoyar a actores como Hamás o Hezbollah.
Si los EE.UU. en el futuro ya no quieren o no pueden protegerlo como lo hicieron hasta ahora, el estado israelí se encuentra en problemas.
Ninguna otra gran potencia emergente, como China, Rusia o India, tienen en su interés en ocupar el mismo rol de Washington.
Cuando una gran potencia adopta a un estado o movimiento político no estatal mucho mas pequeño como cliente, se establece una relación con un quid pro quo que se renegocia constantemente. El cliente recibe apoyo de su patrón político, pero la potencia en cuestión también le impone límites a la libertad de acción de su cliente.
Es normal que los estados clientes intenten involucrar a su patrón político de su lado en sus disputas locales, y corresponde a éste administrar el vínculo con prudencia para no verse arrastrado innecesariamente a conflictos muy destructivos, como sucedió con el inicio de la Primera Guerra Mundial.
A modo de ejemplo, ese es actualmente el dilema de Irán, que debe balancear su apoyo a sus aliados paraestatales del "Eje de la Resistencia", que se encuentran en conflicto abierto con Israel, con el riesgo de desatar una guerra general en la cual los iraníes no tienen interés.
El caso de EE. UU. - Israel es un tanto atípico en el sentido de que EE. UU. parece incapaz de imponerle límites a su cliente - a diferencia de lo que sucede con Ucrania, donde Washington y sus aliados han impuesto múltiples limitaciones a lo que su cliente ucraniano podía hacer frente a Rusia, el Israel de Netanyahu ha tenido, salvo escasas excepciones, un cheque en blanco.
En consecuencia, están dadas las condiciones para que Israel intente aprovechar al máximo la relación favorable con EE.UU., e intentar quebrar este "eje de resistencia" en un momento en el que su protector aún cuenta, presumiblemente, con la capacidad militar y la voluntad política de acompañarlo.
La derecha israelí que hoy domina el gabinete de Netanyahu tiene por tanto un enorme incentivo para escalar el conflicto en todos los frentes y perseguir objetivos maximalistas, antes de que su ventana de oportunidad se cierre debido al cambio en el balance de poder que está en marcha.
Esto explica mucho del comportamiento de Israel durante el último año, incluyendo el asesinato de los referentes políticos enemigos con los que debiera negociar, si se tratara de desescalar el conflicto y buscar una solución política.
Entonces, si Israel tiene un interés en escalar el conflicto en todos sus frentes, ¿por qué fue tan limitado el último ataque a Irán? La respuesta se encuentra, casi con seguridad, en la presión ejercida por gobierno de Biden, poco interesado en dejarse arrastrar a un conflicto mayor sobre el final de su mandato.
Sin embargo, llegaron las elecciones estadounidenses, y existe una alta probabilidad de que Donald Trump vuelva a ser electo presidente.
¿Qué podemos esperar de una nueva presidencia Trump para la región? El panorama parece peligroso: si nos basamos en sus dichos, en los asesores que lo rodean, y sobre todo en la experiencia de su relación con Israel durante su mandato anterior, todo sugiere que el gobierno de Netanyahu tendrá aún menos limitaciones en la búsqueda de su guerra con Irán.