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Una política para un tercio del electorado

“Hay una política para un tercio del electorado”, critica un informe del CESO. Plata dulce, obra pública y baja de costos, los puntales

24 abril de 2017

El año electoral avanza con una economía que no despega. La actividad industrial muestra a todos los sectores en caída libre ante un ajustado mercado interno con importaciones en aumento. La recaudación anticipa que el consumo interno sigue a la baja y la política oficial de techo en las paritarias hace difícil imaginar que se recomponga. Hasta la inflación dio un respingo en los últimos meses pese a la política de dólar planchado, desdibujando la meta oficial del 17%. Sólo el incremento de los despachos de cemento de marzo anticipa cierta recuperación de la construcción.

Las consideraciones previas surgen del último trabajo del Centro de Estudios Scalabrini Ortiz (CESO), un think tank heterodoxo y crítico de las Macrinomics que dirige Andrés Asiain, que anticipa algunas líneas discursivas que seguramente estén presentes, desde el universo peronista, en la campaña electoral venidera.

Para pocos Así, y sin Plan B, “se configura una política económica para un tercio del electorado, porcentaje similar al obtenido en las últimas elecciones, que es juzgado suficiente para garantizar la gobernabilidad”. Las encuestas parecen avalar esas tesis: Cambiemos mantiene sus votos, pero ha sido incapaz (hasta ahora, cuanto menos) de convertir opositores hacia sus filas.

¿Cuáles son las claves para lograrlo, dice CESO? “Populismo financiero para los sectores medios y altos; obra pública para consolidar los distritos bajo gestión PRO y algunos de sus aliados y, por último, ensanchar la grieta para sumar al voleo el voto anti-K a lo ancho y largo del país y de la pirámide social”, considera el informe. Veamos.

“La política de dólar barato y apertura importadora, financiados con endeudamiento externo, conforman la base del populismo financiero con que el oficialismo busca consolidar el apoyo de los sectores medios y altos que conforman la base social del oficialismo”, dice Asiain. El creciente gasto de turismo en el exterior y el avance de las importaciones en el mercado interno es el resultado de ese programa electoral y no constituye un problema a resolver bajo la lógica que guía la actual política económica, agrega.

Asimismo, y descartada la devaluación como camino, “el objetivo de mejorar la competitividad debe lograrse mediante reformas estructurales que reduzcan el 'costo populista' conformado por los costos laborales, estatales y empresariales mientras incrementan el 'costos oligárquico' (materias primas y energía)”. Esa estrategia requiere quebrar la resistencia de los sindicatos (la “mafia sindical” en el argot oficial), para poder avanzar hacia paritarias y convenios a nivel empresa, reducir el período de contratación, indemnizaciones y cargas sociales que integran el costo laboral.

A la vez, reducir el tamaño del Estado (los “políticos corrutos” y los “ñoquis”, en la estrategia discursiva del PRO) y poder bajar las cargas impositivas sobre las empresas y, por otro lado, desmantelar sectores productivos que no pueden competir con la producción importada (el “empresariado ineficiente y que vive de la protección estatal”, bajo la óptica liberal), para descender el costo empresarial.

Ambas cruzadas (expresadas en la “guerra” ?CESO dixit- declarada por el Gobierno a los sindicalistas y la dura posición oficial en la paritaria docente) serán difíciles, tal como se está viendo con la conflictividad social en aumento.

Sin TC alto

“Mientras se encara esa lucha con las instituciones intermedias del 'populismo', una apreciación cambiaria coyuntural puede ser beneficiosa para generar consensos en favor de esas reformas estructurales: la presión de las importaciones baratas en un mercado en contracción permite persuadir a los sindicatos para que acepten precarizar las condiciones de trabajo a cambio de sostener los puestos de trabajo (como el caso del acuerdo firmado por los petroleros), induce a los empresarios a exigir una reforma impositiva y una reducción de las cargas sociales (ambos proyectos en la agenda oficial) y acelera la desaparición de los sectores productivos menos competitivos”, dice el informe, aunque omite que, hoy, el tipo de cambio es más competitivo que cuando Cambiemos asumió el poder.

Obras y amigos

El segundo puntal es la obra pública para consolidar los distritos bajo gestión del oficialismo. “De esa manera se espera consolidar el espacio político-territorial del oficialismo, con su consiguiente caudal de parlamentarios”, dice el CESO, aunque no aporta evidencia respaldatoria sobre el amiguísimo, una tendencia existía en los años del kirchnerismo.

Claramente, dice CESO, los sectores productivos que enfrentan la competencia de las importaciones y los trabajadores públicos y privados formales son las primeras víctimas del actual programa económico. La apreciación cambiaria con apertura importadora empuja al cierre de líneas de producción y la reconversión en importadores de las empresas con circuitos propios de comercialización. “La débil organización patronal de esos sectores productivos y su escaza capacidad o voluntad de defensa parecen ofrecer un flanco fácil para el desarrollo de esa política gubernamental”, agrega.

El objetivo del endeudamiento y la integración financiera internacional no es sólo económico sino también político, dice el CESO, “ya que dicho esquema dificulta a una futura gestión apartarse de los lineamientos de política que promueven las calificadoras y los organismos de créditos internacionales”. Torcer ese rumbo de la política económica en un país altamente endeudado y con su cuenta de capitales plenamente abierta puede llevar a dificultades para obtener refinanciamiento de las deudas y corridas cambiarias, es decir, pueden llevar a la desestabilización económica de quien se lo proponga en el futuro”, agrega, omitiendo que el acceso hacia el crédito fue central para evitar un ajuste fiscal (que no hubo) y abrió la billetera global (que estaba cerrada) para futuros gobiernos.

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