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Sturzenegger y el “ratio de sacrificio” de las metas del 2017

Los dardos internos contra el titular del BCRA por su política ya llegaron, y podrían ser cada vez más. ¿Son genuinos o es un juego de roles?

04 octubre de 2016

Suele contar el economista Andrés Velasco, quien fuera ministro de Hacienda de Chile cuando cayó Lehman Brothers, que por ese entonces era el miembro del Gabinete menos querido por sus compatriotas. ¿Por qué? Porque había creado un fondo anticíclico con los suculentos ingresos que reportaba la exportación de cobre, cuya cotización volaba en los mercados. En cambio de gastarlos, todos los meses los guardaba para hacerlo, como dicen los libros, en un contexto de vacas flacas. Es decir, hizo política anticíclica, algo muy impopular en América Latina.

Y así fue: un día cayó Lehman Brothers, la economía mundial se desplomó como nunca antes desde la Gran Depresión y llegaron las vacas flacas. Chile pudo, con ese fondo, amortiguar una parte del impacto contractivo del shock externo. Consecuentemente, Velasco se convirtió en uno de los ministros más valorados del Gabinete del Gobierno que lideraba Michelle Bachelet.

Aquí y ahora

La anécdota (como esta, hay cientos de otras iguales) viene a cuenta por la inminente aplicación de las metas de inflación por parte del BCRA en 2017. A Federico Sturzenegger, presidente del BCRA, le puede llegar a pasar algo similar a lo que le ocurriera a Velasco. ¿Por qué? La batalla contra la suba de precios, que recae casi exclusivamente sobre las espaldas de Sturzenegger, puede generar costos sobre el nivel de actividad y, consecuentemente, el empleo. En la literatura económica se conoce eso como “sacrifice ratio” (ratio de sacrificio, en criollo).

¿Sobra tasa?

Si las expectativas de inflación, como ocurre hoy en día, están desancladas y hay una “brecha de credibilidad”, es decir, éstas son superiores a la meta de la autoridad monetaria, el BCRA debe pronunciar el sesgo contractivo de su política para calzarlas dentro de la banda esperada. Y algo de eso estamos viendo: en la licitación de Lebac de la semana pasada, por ejemplo, la entidad mantuvo la tasa sin cambios pese a la consolidación del proceso de desinflación, y hoy podría hacer lo mismo. Muchos economistas volvieron a insistir que “sobra tasa”.

Esa prudencia monetaria, si continúa, será cada vez más inconveniente para los planes económicos del Gobierno, que prioriza (por sobre casi todo) tener una economía creciendo con fuerza hacia las elecciones de 2017. “No nos extrañaría que, en 2017, el BCRA sea blanco de dardos ácidos desde el propio Gobierno. El BCRA seguramente tendrá que ejecutar una política monetaria bastante más contractiva que la que a varios en la coalición Cambiemos le gustaría en la antesala de las críticas elecciones legislativas de octubre del año que viene”, dice Federico Muñoz en su último informe.

Pero los dardos ya llegaron y, ayer, Alfonso Prat-Gay pidió menos tasa. ¿Son dardos genuinos? Cuesta creer que así sea. No es usual que un ministro le reclame, aunque sea implícitamente, a un banquero central que cambie su táctica y crea, al mismo tiempo, que la autoridad monetaria deba ser independiente en la formulación de su política.

Pero hay una hipótesis alternativa. Podría pensarse que forma parte de un juego de roles y una estrategia convenida entre las partes en la que Sturzenegger, como fusible, acepta “quemarse” y ser el chivo expiatorio de una economía que podría no arrancar o no crecer tanto en 2017. Si eso ocurriera, desde el Gobierno podrían achacarle a él parte de la responsabilidad y salvar la ropa diciendo que se respeta la independencia del BCRA, como sucede en todo el mundo.

PASO versus metas

Muy pocos economistas creen que la inflación en 2017 sea menor a 17%, como plantea el BCRA. Las paritarias buscarán ganarle a la inflación y recuperar una parte del poder de compra perdido en 2016; el déficit fiscal seguirá elevado (y, para algunos expertos, podría ser bastante superior al 4,2% del PIB del Presupuesto); la economía va a estar creciendo (y eso siempre presiona al alzas a los precios); las tarifas deberán seguir subiendo y, por último, la inflación tiene su inercia y su vida propia. Todo es confluye en una inflación cercana al 20% en 2017, o algo más incluso.

Por eso, el BCRA debería acentuar el sesgo contractivo de su política para controlar una inflación que podría escaparse de la meta en los primeros meses de 2017. Pero también son pocos los que creen que eso sucederá. Seguramente, dicen los expertos, tendremos un BCRA más acomodaticio (o “dovish”, en la jerga financiera estadounidense) que lo sugerido por los libros. Probablemente, nunca lo confesará el BCRA, pero ese movimiento será claro. Las PASO, sugieren, matan las metas.

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