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Plan A, sección I

La política industrial es la herramienta que gobierna, en cada país, la apertura comercial, la estructura y el nivel de la protección arancelaria y la creación de empleo

28 abril de 2017

Por Carlos Leyba

En el debate económico hay diferencias. Están instaladas en la “velocidad macro”. El lado rápido es el del BCRA. Tasas demoledoras apenas hay un arranque inflacionario. El lado lento es el comandado por Mario Quintana, que conduce las finanzas públicas. Brillantemente lo caracterizó mi querido compañero de colegio Miguel Angel Broda: aprietan a la vez el frío y calor del aire acondicionado. O se neutraliza la climatización o el equipo se quema. Esa es la sección II del Plan A.

La sección II es el consenso potente y estructurante que existe respecto de la economía de largo plazo.

El resultado de la contradicción macro de las políticas de coyuntura es, hasta ahora, el retraso cambiario, que es la bisagra que cierra la visión de largo plazo con la “contradicción de corto plazo”.

El “PROyecto de futuro” es una economía que se abra comercialmente al mundo y sea socia activa de la globalización. No cualquier globalización. Sino la globalización de los organismos internacionales y las empresas multinacionales.

El capital es, de hecho, “internacional” o global. El trabajo ? la vida de las personas ?está amarrado al territorio; y la política que, bien o mal, se ocupa de las personas ocurre en el territorio.

Esa contradicción está a flor de piel en Occidente. A nivel de las naciones hay fisuras (el voto Brexit, Trump, Le Pen, etcétera).

Trump ha logrado convenir con el líder chino la reducción del déficit comercial: “achicar la chimerica”.

A nivel global

En la academia y en los organismos internacionales también hay fisuras. El FMI acaba de colocar en el Index el adjetivo calificativo peyorativo “proteccionista”, y lo ha reemplazado por “políticas de protección” en el ámbito de las cosas opinables. Los ministros de Economía del G20 (Berlín) no izaron la bandera del “libre comercio”. Conclusión: hay algo más que “libre comercio” y algo civilizado en las políticas de protección.

Como los países centrales no han practicado jamás a pleno el libre comercio, y no han renunciado a las políticas de protección, estos cambios de palabras no suponen no cambios reales sino el ocaso de la hipocresía. Algo bueno en sí. Volvamos a casa. Aquí predomina el pensamiento traducido. Sabemos que “traduttore, tradittore”. Pero además toda traducción ?aún en tiempos de Internet? arriesga atraso.

Aquí la política se inspira en traducciones de  “concepto” con diez años de añejamiento. Es por eso que, aún, se repite con ingenuidad lo bueno de abominar del concepto “protección” o lo bueno de soñar con “libre comercio”.

No hay esfuerzo en comprender las reales estrategias de los países centrales. Nos limitamos a la “traducción” aunque torne en contra de los intereses nacionales.

Occidente (ni hablar de Oriente) ?siempre hay excepciones- está comprometido con la construcción y reconstrucción del tejido industrial. Justamente porque ese tejido se rompió.

No son sólo Donald Trump y Le Pen. Son también  Bernie Sanders y Benoît Hamon. La Comisión Europea ha decidido llevar la participación de la industria en el PBI de la Unión Europea del 15% al 20%. La UE promueve sus exportaciones de industria, que son el 80 por ciento, mediante la multiplicación de acuerdos de libre comercio. Los países desarrollados subsidian el capital para las grandes inversiones privadas que enraciman Pymes, el  trabajo y la innovación.

Las migraciones, la desindustrialización, obligan a crear trabajo. La política industrial es la herramienta que gobierna, en cada país, la apertura comercial, la estructura y el nivel de la protección arancelaria y la creación de empleo. Eso es lo que pasa en Occidente y las traducciones locales todavía no lo han procesado.

El consenso PRO considera “la integración al mundo” como una epopeya basada en acuerdos de libre comercio, sea con la Unión Europea, la Alianza del Pacífico o con la profundización del acuerdo estratégico kirchnerista con China.

La idea es apertura en base a nuestra dotación natural de factores, integrarnos a la distribución mundial del trabajo con riquezas naturales (tierra, minería, energía, belleza).

Apostilla: según el BM, en 2005 (antes de Vaca Muerta) el capital natural por habitante de la Argentina alcanzaba a US$ 10.200, un cuarto del de Australia y nada respecto de Kuwait.

Las inversiones

La procura de inversiones (que para el PRO deben ser externas a pesar de tener US$ 100.000 millones criollos blanqueados yirando por el mundo) está centrada en energía  y minería.

Mauricio Macri viaja al Primer Mundo para inversiones para Vaca Muerta. Apostilla: USA industrializa el gas a US$ 2/3 el MMBTU y J. José Aranguren lo quiere pagar US$ 7. Paolo Rocca dijo “a más de US$ 3 no hay industria”.

Los ministros procuran, en el segundo mundo, comprar trenes y casas con financiación y mano de obra China.

A la estructura productiva la definen las dotaciones naturales explotadas, más las inversiones. Y como las inversiones que busca el oficialismo están destinadas a explotar la naturaleza, concluimos que ? salvo normativa en contrario ? la “integración” está pensada para exportar naturaleza con el concurso del capital extranjero y comprar trabajo (¿chino?) con el concurso del financiamiento externo. Nada nuevo.

Ese modelo no necesita programa ni plan porque las “fuerzas naturales” lo producen espontáneamente.

Tal vez por eso el oficialismo, ante el reclamo de un programa, responde -con razón- que, aunque no haya sido explicitado, el programa existe. Y existe hace 40 años, aunque con diversa intensidad. Ese programa nos trajo hasta aquí. Algunas decisiones gubernamentales, o la ausencia de otras, contribuyen a ese planteo estructurante.

La decisión de encargar al mercado cambiario la “definición del nivel del tipo de cambio” va en esa dirección. Hoy el mercado cambiario tiene abundancia de oferta (blanqueo, deuda, tasa de interés en pesos) y genera un nivel de tipo de cambio que no es un tipo de cambio de equilibro del balance de pagos, que es un concepto de equilibro general y requiere pleno empleo simultáneo.

No hay una visión política del tipo de cambio sino más bien la renuncia de la política a esa decisión estratégica. Se entrega al mercado cambiario con independencia del capital físico ocioso o el desempleo que incluye los miles de “empleos artificiales en el sector público, planes nacionales y provinciales”.

Otra renuncia estratégica es no disponer de legislación fiscal y de recursos financieros destinados a viabilizar decisiones privadas para transformar la estructura productiva urbana (lo que en buen romance llamamos “industrialización).

No “industrializarnos”, después del industricidio de los últimos 40 años, es “primarizarnos” sea soja o Vaca Muerta.

Desarrollo

El consenso oficialista converge en conformar una estructura productiva “no transformada y no transformadora” de la realidad social. No hay divorcio entre estructura económica y estructura social.

Este nivel de pobreza y de obliteración del futuro, responde a una estructura económica que este gobierno ha heredado. Y que la está profundizando. Al hacerlo se aleja de la meta de “pobreza cero” y de “unir a los argentinos”.

La exclusión social que ?en este contexto? genera un programa aperturista y primarizador, alienta la desunión, la fractura y la exclusión social.

Esta “opción” estratégica enunciada prorroga la “estrategia efectiva” (más allá de los discursos) que es, sea por condiciones externas o decisiones u omisiones internas, la que se viene acumulando desde hace 40 años sin Programa de Desarrollo.

¿Cuál es el pronóstico en términos de desarrollo?

La experiencia local indica un pronóstico negativo en términos de pobreza, equidad, inclusión y sustentabilidad económica, social y política.

Todos los intentos fuertes, primero la dictadura y después el menemismo, comenzaron por la tarea de demolición requerida por la apertura sin transformación y sin diversificación del aparato productivo.

Es lo contrario a la transformación con apertura.

No hay transformación sin abrirnos a la exportación industrial.

Los que sucedieron a la dictadura y al menemismo, los programas fuertes de demolición, sólo acomodaron los escombros.

Basados en la experiencia internacional, todos los casos de desarrollo acelerado con mejoras en la inclusión social y distribución del ingreso y con sustentabilidad comprobada para más de una generación, se hicieron a base de industrialización exportadora.

Es cierto, con contextos geopolíticos favorables que implicaron el financiamiento generoso de la cuenta corriente deficitaria.

La ideología de la globalización y de la especialización productiva primaria, para participar en ella, está muy firme. La comparten consultores, periodistas políticos y económicos, y representantes de las entidades empresarias.

Hace décadas que en nuestro país no hay un debate económico profesional serio acerca de este modelo instalado y conflictivo.

El mundo no va a toda velocidad en esa dirección. Está más que claro que no hay una opinión unánime. El Consenso de Washington, a nivel planetario, está contestado por los problemas sociales, económicos y políticos que, si no los produjo, al menos no los pudo resolver.

Para los periodistas que forman opinión, Macri es “el adalid” de la globalización.

Es bueno recordar que Carlos Menem fue el único presidente que habló en la reunión del FMI y logró que Argentina sea parte del G20. ¿Qué quedó de aquél Plan A seccion I?

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