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No cambió la foto

El Indec publicó que en el segundo semestre del año pasado la pobreza afectó al 30,3% de los argentinos, y la brecha de indigencia alcanzó al 6,1%.

29-03-2017
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El Indec publicó que en el segundo semestre del año pasado la pobreza afectó al 30,3% de los argentinos, y la brecha de indigencia alcanzó al 6,1%. Lógicamente, apenas se publican los datos se activan los primeros “instintos analíticos” alrededor de las nuevas cifras.

El primer “instinto” es compararlas con la anterior medición del Indec (32,2% de pobreza en el 2° trimestre de 2016) para arribar a la conclusión de que la pobreza se redujo 2 puntos porcentuales (medio millón de argentinos salió de la pobreza).

Ese primer instinto es parcialmente correcto. Es esperable que en un semestre en el que la actividad económica se estabilizó, la inflación se redujo desde los niveles de principios de 2016 y comenzaron a crearse puestos de trabajo formales, la medición de la pobreza por ingresos muestre una reducción: entre 2003 y 2006, con la misma dirección de las variables (aunque con mayor intensidad), la brecha de pobreza mostraba reducciones de casi 4 puntos todos los semestres.

Un segundo instinto lleva a comparar las cifras del Indec con las recientemente publicadas por la UCA (32,9% en el tercer trimestre de 2016). En esta tarea se corre el riesgo de perderse en discusiones metodológicas (de nivel, muestra y período), cuando la conclusión es similar: al comparar contra el peor momento de la combinación actividad-inflación-empleo, la pobreza por ingresos tiende a mostrar una reducción (la UCA registra una baja de 1,6% de la pobreza frente al primer trimestre).

Un tercer instinto nos lleva a indagar en las cifras publicadas. En las mismas, podemos observar que la baja en la pobreza mostró una importante disparidad regional, con mucha intensidad en el NOA-NEA y una reducción algo más acotada en GBA (más personas salieron de la pobreza en el Norte que en todo GBA). La disparidad que muestra la recuperación del mercado laboral (dé- bil creación de empleo asalariado privado), la actividad económica (con el agro y la construcción recuperando y la industria y economías regionales cayendo) y el gasto público explican de a fracciones la realidad que observamos.

De las cifras también se desprende que la mejora fue mucho más acotada en la indigencia (cayó sólo 0,2 punto), producto de que la ralentización en la suba de los precios en el segundo semestre no se concentró en alimentos. De hecho, la canasta básica promedio de un hogar indigente mostró una suba de 12,5% frente al segundo trimestre, mientras que la de un hogar pobre lo hizo al 8,5%.

El cuarto instinto nos lleva a preguntarnos qué esperar. En este plano, en un año donde el consenso proyecta una modesta recuperación de la actividad y el empleo, y sin los picos inflacionarios del pasado, es esperable que la tendencia observada en el segundo semestre de 2016 se consolide y la pobreza por ingresos muestre reducciones acotadas (o al menos no aumente).

Pensando en frío

Ahora bien, cuando pasa el impulso de los instintos analíticos, lo que queda retumbando en la cabeza es que un tercio de los argentinos es pobre, y pese a los picos y valles, es una realidad que se consolidó durante los últimos 30 años, formando un piso estructural difícil de romper. En este sentido, en el segundo semestre bajó la pobreza pero no cambió la foto.

Más aún, la pobreza por ingresos sólo nos muestra una parte de la realidad, ya que la pobreza (entendida como incumplimiento de derechos sociales) es un flagelo multidimensional. De hecho la UCA muestra que si bien un tercio de los argentinos sufre de la pobreza por ingresos, más de la mitad tiene al menos una carencia en materia de derechos sociales (alimentación segura, acceso a servicios básicos, protección de la salud, accesos educativos, vivienda digna, empleo y seguridad social).

Y esta dolorosa realidad social hoy está cristalizada, y pese a haber duplicado el gasto público social en términos del PIB en los últimos 30 años (con ampliaciones sustantivas en la cobertura contributiva y no contributiva), no la estamos pudiendo cambiar. Lamentablemente, con la segmentación existente en las diversas áreas (mercado laboral, salud, educación, servicios financieros y otros) y los mecanismos de reproducción intergeneracional activos, la foto actual sólo tenderá a replicarse, con matices, en el futuro. El piso de pobreza estructural no se romperá por la mera comparación entre inflación y salarios.

En este sentido, el único impulso que debiéramos tener al conocer las cifras es el de encontrar las soluciones que permitan que la Argentina comience a erradicar este flagelo de forma sustentable, para lo cual es necesaria la contribución de todos los actores: en cada área (educación, salud, producción, innovación, política social, etcétera) hay acciones posibles para cambiar la realidad actual.

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