Las inconsistencias cambiarias y monetarias del BCRA

Las políticas del BCRA de Federico Sturzenegger están empantanadas sin lograr sus objetivos de bajar la inflación y estabilizar la economía

05-04-2018
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Por Alan Cibils Economista del Instituto de Industria de la UNGS y Coordinador del Area de Investigación en Economía Política

Las políticas cambiaria y monetaria del BCRA bajo el mando de Federico Sturzenegger están empantanadas sin lograr sus objetivos de bajar la inflación y estabilizar la economía, presas de las contradicciones e inconsistencias del marco teórico monetarista que las sustenta.

La defensa de la libre flotación cambiaria parecería basarse en modelos de manual de macroeconomía ortodoxa que poco tienen que ver con la realidad de un país periférico como Argentina. La ventaja de la libre flotación, según Sturzenegger y los modelos, sería que permite que el mercado ajuste automáticamente el tipo de cambio ante un déficit comercial de tal forma de reequilibrar el sector externo. Se ignora así el efecto inflacionario de las devaluaciones en un país que, como la Argentina, exporta bienes que también forman parte de la canasta básica de alimentos y que ha eliminado todo mecanismo de desacople entre los precios de estos bienes en el mercado mundial y el local (como eran las retenciones). A principios de 2018, el BCRA comenzó a intervenir fuertemente en el mercado cambiario, liquidando US$ 2.041 millones sólo en marzo, abandonando de hecho, pero no en el discurso, la libre flotación cambiaria. El mensaje a los agentes económicos es cuanto menos confuso, restándole credibilidad a la política cambiaria y contribuyendo a la incertidumbre reinante.

Por otro lado, preocupan las contradicciones en el relato de Sturzenegger sobre las causas de la inflación. Manifestó públicamente no tener dudas de que la inflación es un fenómeno puramente monetario, fiel al credo monetarista. Sin embargo, adjudicó el elevado nivel del índice de precios de los últimos meses a la “sorpresa” de los precios regulados. De este discurso se desprende que la inflación no es un fenómeno puramente monetario y que el salto inflacionario se debe al aumento de los precios regulados que controla el Gobierno. O sea, es el mismo Gobierno por medio de su política de precios regulados el que está fogoneando la inflación. Cabe preguntarse entonces, ¿es la política monetaria de metas de inflación, orientada a la contracción monetaria, la indicada en un contexto en el cual la inflación no es monetaria? Otra fuente de incertidumbre y confusión.

En tercer lugar, la teoría en que se basa la política de metas de inflación dice que, ante un brote inflacionario, si el Banco Central sube la tasa de referencia, se encarece el crédito, se enfría la inversión y la demanda agregada y, eventualmente, bajaría la inflación. Sin embargo, Argentina tiene una tasa de crédito/PIB que ronda el 15%, un nivel bajísimo aún para los países de América Latina. La autoridad monetaria nunca explicó como es que debería funcionar la política monetaria de metas de inflación en este contexto, simplemente se limita a implementar dogmáticamente la receta de moda de la ortodoxia. Los resultados están a la vista.

Por último, siempre según el mainstream, para que las políticas monetaria y cambiaria tengan credibilidad, es fundamental que exista un “banco central independiente”. Es decir que el BCRA no debe dejarse influir por los vaivenes de la política o por electorados que eventualmente elijan representantes de otra persuasión política. Si había al guna ilusión de que el BCRA bajo Sturzenegger gozaba de dicha independencia, se esfumó por completo luego de la conferencia de prensa del 28 de diciembre último, en la que Sturzenegger y otros funcionarios anunciaron que la meta de inflación para 2018 se incrementaría 50%. En otras palabras, el BCRA no es independiente y está claramente subordinado al poder político.

En resumen, mientras se rinde pleitesía a las políticas ortodoxas de libre flotación cambiaria y metas de inflación, la implementación práctica dista mucho del discurso. La realidad argentina como país periférico es tal que el modelo ortodoxo -por suerte para nosotros- resulta de imposible implementación. Lo deseable e imprescindible en esta situación, es que las políticas monetaria y cambiaria se adecúen a la realidad en vez de tratar de que la realidad se adapte al mundo inexistente de la ortodoxia.

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