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La realidad política detrás de las palabras

El Gobierno no comunica bien lo que hace, pero tampoco tiene defensores a la vista

02-03-2016
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(Columna de Claudio Chiaruttini)

El malhumor es creciente. Ya no entre aquellos que votaron en contra de Mauricio Macri en el balotaje o empleados “derribados” durante la inmensa limpieza que se está realizando en el Estado, sino en el típico votante urbano del PRO, antikirchnerista furioso y autocalificado como clase media o clase alta. Este es el resultado de las primeras encuestas más o menos serias que llegaron a escritorios de funcionarios, empresarios y banqueros luego del descanso de verano.

Van tres meses consecutivos en los que la imagen de Mauricio Macri y de la gestión macrista en la Casa Rosada baja. Difieren los trabajos si son 3, 5 o 7 puntos mensuales, según si las consultoras están más o menos cerca del PRO. Pero coinciden en que en las últimas tres semanas (es decir, desde que se anunció la suba de tarifas eléctricas), la pendiente de merma es más pronunciada.

Casi desde el mismo tiempo, hay una fuerte discusión dentro del Gobierno sobre si Mauricio Macri debe o no hablar de la “herencia” recibida el próximo 1ro de marzo en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso Nacional con dos bandos bien claros: Jaime Durán Barba y Marcos Peña en contra de explicar la verdadera situación que recibió el PRO al ingresar en la Casa Rosada y el trío Rogelio Frigerio, Gabriela Michetti y Emilio Monzó, con cierto apoyo de Alfonso PratGay, Federico Sturzenegger y el equipo de Carlos Melconian en el Banco Nación, que reclaman conocer la verdad.

La discusión llegó a los medios. Durán Barba ha dado varias entrevista repitiendo una frase: “El pasado no le interesa a nadie”. Mientras que Rogelio Frigerio reiteró, entres oportunidades, que Macri hará un balance de la situación del país. No es una división que lleve “sangre al río”, pero forma parte de una disputa recurrente sobre las carencias de estrategia de comunicación que tiene la gestión del macrismo.

Un límite se marcó con el aumento del Mínimo No Imponible del Impuesto a las Ganancias, donde el Gobierno tenía todo para ganar y terminó por generar un rechazo masivo entre aquellos que lo pagan, pero también, entre los que no pagan y los que sumarán ahora.

Ante una sociedad hiperconectada, una opinión pública bastante informada y una “grieta” ideológica que no se redujo un milímetro, la comunicación se convierte en constitutiva de la política, lo que implica que una mala comunicación termina por genera sólo costos y ninguna capitalización, con lo cual pierde impacto y legitimación; y deja un espacio libre para el discurso crítico a la gestión.

Pero al mismo tiempo que el Gobierno no comunica bien lo que hace, tampoco tiene defensores a la vista. El silencio del campo, del sistema financiero, de los industriales, de los grandes grupos económicos, de los exportadores, de los importadores, de las automotrices o de las constructoras, para mencionar unos pocos, es sepulcral. Y aquellas que filtran alguna comunicación, es crítica o explica que, hasta ahora, “se hizo poco” para su sector, cualquiera sea la medida que se trate.

A su vez, los economistas ortodoxos que no ingresaron al Gobierno, en sus charlas privadas, son demoledores con sus diagnósticos; los súper e hiper, que obedecían ciegamente a Guillermo Moreno, no paran de remarcar los precios, y los gremios han recibido $26.000 millones y los cambios en el MNI que no les deba Cristina Fernández y no ahorran críticas al Gobierno. Hasta medios fieles como Clarín y La Nación han comenzado a “mostrar los dientes”.

Entre los supuestos socios o aliados políticos, tampoco hay apoyo explícito a la gestión macrista. Elisa Carrió salta a la interna del Indec en defensa de Graciela Bevacqua y pide la renuncia de Jorge Todesca (ambos están fuera del organismo, según todas las fuentes); Ricardo Alfonsín dice que “hay que trabajar en ampliar Cambiemos”, exigiendo más cargos y más caja para manejar; Julio Cleto Cobos reprocha los aumentos de precios, sobre todo el de la carne; Sergio Massa frena el tratamiento de los DNU, impone un cronograma para devolver el 15% de coparticipación a las provincias y le arrebata a Macri un triunfo político a horas de viajar con el Presidente de la Nación al Vaticano para ver a Francisco.

Y entonces se llega a una conclusión: no sólo hay problemas de comunicación, hay problemas políticos. Al PRO, a nivel nacional, le falta la política que, por ahora, ha sabido construir María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires y que Horacio Rodríguez Larreta heredó en la Ciudad, armada por la “pata peronista” del macrismo. Y el problema no es la “rama política” del Gobierno (Frigerio, Michetti y Monzó), que ha sabido construir alianzas y acuerdos parlamentarios.

El discurso del próximo 1ro de marzo será, para unos, un relanzamiento pero, para otros, el verdadero lanzamiento. Muchos decisores políticos y económicos esperan conocer “el plan”. Hasta acá se conocieron medidas. Ahora, se promete una lista de leyes. Pero falta saber hacia dónde va el Gobierno. Eso hará que corporaciones políticas y no políticas definan su posición. Otra vez la comunicación será clave para la construcción política.

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