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La hora de la revolución productiva

...pero esta vez que sea en serio

29-11-2013
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(Columna de Gabriel R. Molteni, economista jefe de la Cámara Argentina de Comercio)

En las últimas semanas el tema de discusión económica dominante ha sido el del tipo de cambio y las reservas internacionales. Básicamente ha generado mucha preocupación entre mis colegas el drenaje de divisas que tuvo lugar este año, a pesar del control del mercado cambiario, y la pérdida de competitividad cambiaria acumulada de los últimos años.

Es más, la expectativa ha estado principalmente enfocada en las primeras palabras de los recientemente nombrados jefe de Gabinete y ministro de Economía, para identificar cuáles serán las próximas medidas que tomará el Gobierno. Esta situación, a la cual no le resto importancia, me recuerda la tradicional confrontación en el campo de la economía entre aquellos que se enfocan en el ciclo y aquellos que se preocupan por el crecimiento económico en el largo plazo. Si bien es cierto que Keynes manifestó que “a largo plazo todos estaremos muertos”, la teoría neoclásica de crecimiento ha demostrado claramente cómo los ciclos son imperceptibles en la tendencia de crecimiento de largo plazo, que es al final lo que explica las mejoras en el nivel de vida de un país ?al medirlo como PIB per capita?.

Al mismo tiempo, esta teoría menciona que el factor más importante que explica un crecimiento sostenido de éste, en lugar de permanecer en un estado estacionario, es el crecimiento de la productividad. Como diría Krugman “la productividad no es todo, pero en el largo plazo es casi todo”. Lo que quiero decir es que en la Argentina le dedicamos mucho tiempo al 'ciclo' y poco al largo plazo. Por ello nos desvivimos por explicar las expansiones ('década ganada', crecimiento de los 90s) y las crisis (crisis 2002, crisis de los 90s, 'década perdida de los 80s'), y por ello las primeras nos llevan a la euforia y las segundas a la depresión.

Sin embargo, corremos el riesgo de que esto se convierta en el 'árbol que no nos deja ver el bosque'. Por ejemplo, podríamos no tener en cuenta que más allá de estos éxitos y fracasos, nuestro PIB per capita relativo al de Estados Unidos hoy representa sólo 1/3, cuando hacia 1960 representaba algo más que la mitad. Es más, este ratio hoy se encuentra casi en el mismo nivel de 1987. Y está caída relativa del último medio siglo, y por lo tanto la mayor divergencia, tiene que ver con un incremento en la brecha de productividad.

De acuerdo a un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo, mientras que desde 1980 los Estados Unidos incrementaron la productividad total de los factores (PTF) en el 20%, en el caso de América Latina ésta cayó 20%. Hace 40 años muchos de los países de Asia del Este tenían un ingreso per capita inferior al de algunos países de nuestra región, pero ellos tienen ahora ingresos per capita de entre 25 y 30 mil dólares, mientras que nuestro rango está entre 10 y 14 mil dólares. La explicación es muy sencilla, Asia ha logrado tener tasas de crecimiento de la productividad más altas que las de Estados Unidos, cerrando su brecha con respecto a esa economía, mientras que América Latina ha ampliado esa diferencia. Aun Chile ha tenido resultados inferiores al resto del mundo cuando se lo evalúa desde la perspectiva de largo plazo.

El BID estima que si desde 1960 hubiese crecido al mismo ritmo que el mundo, Chile habría alcanzado el ingreso per capita de Portugal y Grecia. En el caso de Argentina, de haber crecido al mismo ritmo que el resto del mundo, en 2006 hubiésemos tenido un nivel similar al del Reino Unido? y claramente hoy no estaríamos pensando en el tipo de cambio. Por eso, lo que nuestra región y en particular nuestro país necesitan es una verdadera revolución de productividad. Y si bien el aumento de la inversión es una condición necesaria, no es una condición suficiente, ya que la PTF no está determinada por la acumulación de capital físico y humano (por trabajador) sino por la eficiencia en el uso de ambos.

¿Cómo se puede mejorar entonces la productividad?

Santiago Levy explica que la creciente brecha se debe tanto a fallas de mercado como a políticas económicas fallidas, y podría mejorarse drásticamente con más crédito, mejor transporte, regímenes tributarios simplificados, una política social orientada a disminuir la informalidad, así como con mayor provisión de bienes públicos clave como una mejor infraestructura, un marco regulatorio que aumente la eficiencia del sector productivo, y medidas para fomentar la innovación tecnológica. En la medida que no nos enfoquemos en mejorar la productividad, disfrutaremos los momentos buenos y nos quejaremos de los malos, pero sin darnos cuenta de que en el largo plazo nuestra brecha se agranda y, por lo tanto, nuestras posibilidades de convergencia se alejan.

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