El próximo salto de China

Avances hacia el libre mercado

15-11-2013
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Todo indica que, en el área económica, el régimen chino ha decidido reemplazar el puño de hierro del Estado por la proverbial mano invisible del mercado. Eso es, al menos, lo que ha trascendido de las sigilosas cuatro jornadas que insumió el reciente Plenario del Partido Comunista en Pekín. ¿Debe interpretarse esto como un avance decisivo en la larga marcha del gigante asiático hacia la instauración de un sistema capitalista democrático?

En rigor, sólo los observadores más optimistas agregan a esa alternativa en materia de apertura política. Es más aceptada, en cambio, la hipótesis de que la misión del Plenario fue, en rigor, proveer un marco conceptual para tornar más creíble la idea de que la actual dirigencia, encabezada por el presidente Xi Jinping y el premier Li Kekiang, ha llegado al poder para impulsar una década de cambios transcendentes.

Sin dar detalles acerca de su implementación en la compleja realidad china (una tarea reservada a la rama ejecutiva del gobierno) los asistentes al Plenario promueven no sólo la liberalización de los mercados sino también el desmantelamiento de la madeja legal que hasta hoy impide a los campesinos vender sus parcelas agrícolas. Esta limitación fue concebida décadas atrás para poner freno al acelerado proceso de migración interna a los centros urbanos, con su correlato de pobreza y desorden.

A pesar de que las conclusiones del Plenario parecen apuntar claramente al recorte del poder y los privilegios de los grandes conglomerados estatales, nadie parece esperar a un recorte de las facultades del gobierno en áreas tan estratégicas como las finanzas, la energía, las telecomunicaciones y el transporte. Pero no han pasado inadvertidos, sin embargo, los estudios económicos que muestran que la tasa de utilidades de las compañías públicas ronda el 5% anual, alrededor de la mitad de lo que exhiben sus competidores del sector privado.

La anunciada liberación de los precios, las tasas de interés y las tarifas de servicios representa, por sí misma, un fuerte golpe a los privilegios de las firmas controladas por el Estado, lo que, en algunos casos, las tornaría insostenibles.

Crecer, pero no tanto

Otra novedad importante anunciada por el Plenario es que la meta de crecimiento de la economía china se reducirá al 7% anual en 2014. Lo cual parece confirmar que el gobierno no confía en que los cambios económicos puedan alcanzarse sin traumas y busca, por otro lado, aliviar las presiones sobre el aparato productivo mientras se procura resolver problemas tan espinosos como el aumento incontrolado del endeudamiento y la generación de una burbuja especulativa en los precios de las propiedades.

“A corto plazo, las reformas no necesariamente serán positivas para el crecimiento”, reconoció un alto funcionario de un banco estatal. Una meta de expansión económica más baja también parece coherente con lo que muchos analistas prevén en cuanto a ajustes de la oferta monetaria, una política que ya parece asomar con la disminución de la oferta de créditos por parte de la banca oficial.

Por otro lado, la decisión de desacelerar también parece vincularse con la necesidad de abordar acuciantes problemas económicos y sociales que los padres fundadores del gigante comunista difícilmente pudieron haber previsto, y que devienen de la obsesión por lograr una rápida y robusta expansión. Es el caso de la grave contaminación ambiental, el deterioro de las condiciones de trabajo para enormes masas de población (particularmente para los contingentes de recursos humanos empleados por las multinacionales que buscan beneficiarse con el bajo costo de la mano de obra), la extendida corrupción y las inequidades socioeconómicas que la censura y la represión política procuraron ocultar, con escaso éxito, durante varias décadas.

Cambio de aire

Barry Naughton, un académico de la Universidad de California, que se ha destacado como analista de la economía china y del sistema político que le sirve de sostén, planteó recientemente los tres interrogantes que, a su juicio, definirán el rumbo y la profundidad de las transformaciones en la próxima década:

¿Se tomarán medidas audaces para reformar el régimen de propiedad de la tierra?

¿Se pondrá fin al actual sistema de ciudadanos de primera y de segunda categoría, para que los migrantes campesinos disfruten del mismo nivel de vida que los habitantes de las ciudades?

¿Se reconocerán los derechos de las empresas privadas y se iniciará un proceso para abolir progresivamente los privilegios de los monopolios estatales?

Investigadores del Deutsche Bank asumieron, por su parte, el desafío de buscar respuestas a los interrogantes que se abrieron tras la convocatoria al Tercer Plenario. Estos son algunos de los puntos más llamativos (y controvertidos) de sus pronósticos:

China reducirá hasta en 90% las barreras de entrada (o sea, las restricciones a los inversionistas privados) a mediano plazo en sectores económicos importantes.

Se acentuará significativamente la apertura comercial, con la autorización a firmas extranjeras para que participen en el mercado de servicios.

En un período de tres a cinco años se consolidará la liberalización del sector financiero, lo que abrirá las puertas a miles de pequeños y medianos bancos privados locales.

Muchas de las compañías estatales saldrán a cotizar sus acciones en la Bolsa y se creará un holding público que vigilará su desempeño, a semejanza de lo que ya está haciendo Singapur, su floreciente vecino.

¿Cuánto de esto se traducirá en reformas concretas? Por ahora, resulta difícil predecirlo, pero no hay duda de que la actual dirigencia china se propone actuar con parejas dosis de audacia y prudencia para inaugurar la nueva era de transformaciones. El escueto comunicado con el que el Partido Comunista anunció el fin del reciente Plenario incluyó un comentario llamativo. Al referirse al plan de reformas para la próxima década, indicó que la intención es “cruzar el río avanzando cuidadosamente sobre las piedras”. La frase pertenece, en rigor, al legendario Deng Xiao Ping, quien la pronunció en 1978 durante otro Plenario del Partido Comunista, cuando le preguntaron cómo pensaba introducir las fuerzas del mercado en una economía tan rígidamente planificada.

La invocación a Deng, parece así, en estas circunstancias, un doble signo de ambición y cautela.

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Recuadro: Un enigma, cuatro escenarios

Los investigadores de la firma SinoMarkets pusieron en marcha una encuesta entre líderes de opinión chinos acerca de hacia dónde apuntan las tendencias a mediano plazo en términos de la evolución de la economía y de las instituciones políticas. Los resultados apuntan a cuatro opciones a las que se asignan niveles bastante parejos de probabilidad.

Una democracia al estilo chino. Surge un sistema multipartidario, con una vigorosa sociedad civil, una fuerte clase media, una economía en expansión, un papel decisivo y favorable a la cooperación en la política exterior. Esta opción recibe el 21% de los votos.

Democracia interna en el partido, conflictividad internacional. China cosecha los beneficios de un sistema político bipartidista, una transición económica exitosa y un avance hacia la libertad religiosa, pero se enfrenta a permanentes desafíos en su política exterior. Como la anterior, esta alternativa recibe 21% de respaldo.

Un partido fuerte enfrentado a desafíos económicos. El régimen unipartidario mantiene su poder, mientras la economía tiende a estancarse y el frente interno se complica. Por una cuestión de necesidad, China se inclina hacia una política externa encaminada a la cooperación. Esta es la alternativa más mencionada, con 34% de los votos.

Una catástrofe anunciada. El debilitamiento del control por parte del gobierno central se combina con una serie de fracasos económicos y la pérdida de legitimidad ideológica para configurar una tormenta perfecta que lanza al país a una crisis de extrema gravedad. Casi una cuarta parte de los encuestados le otorga credibilidad a este escenario.

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