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El plan del oficialismo está amenazado por las legislativas

Los objetivos de Cambiemos en materia económica para su período de mandato son demasiados en relación a las herramientas que posee

28-06-2017
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Por Guido Lorenzo Economista de ACM  

Los objetivos que se autoimpuso Cambiemos en materia económica para su período de mandato  son demasiados en relación a las herramientas que posee. Si bien algunos fueron promesas para lograr ganar las elecciones presidenciales, otros han sido producto de la buena intención de sanear la macroeconomía. En términos estrictamente económicos, la idea de reducir el déficit fiscal, controlar la inflación y liberar el mercado de cambios, todo de manera simultánea, es una tarea difícil con los instrumentos que maneja el Gobierno.

Corregir el déficit fiscal es complejo debido a que no es lo mismo un déficit del 4,2% del PIB con un gasto público de 23% del PIB, como tenía Argentina hace veinte años, que del casi 40% del PIB que heredó de la gestión anterior. Suena casi paradójico porque, cuando el gasto es tan alto, reducir un punto el déficit fiscal debería ser más sencillo. El problema es que muchas de las áreas en las que podría reducir el gasto son sensibles políticamente. De ahí la complejidad: la reducción del gasto antes de las elecciones provocaría un daño político para el Gobierno. En caso de que el Gobierno gane las elecciones, tendrá un espaldarazo para continuar con su plan, que consiste en aumentar el PIB para licuar el excesivo peso del gasto, sumado a una reforma fiscal que haga más eficiente la carga tributaria. En el caso contrario, la reforma fiscal tendrá que ser negociada en un Congreso más dividido, y adonde el margen de maniobra se achicará.

No obstante, el problema no termina ahí. La velocidad a la que el presidente del BCRA plantea bajar la inflación le impone una traba a la reducción del peso del Estado en la economía. Dado que muchas partidas se ajustan a la inflación del período anterior, si se desacelera la inflación a 10% (meta del 2018), algunas partidas se ajustarán a la inflación del período anterior, haciendo que la reducción del gasto real sea dificultosa. De esta forma, la velocidad de la desinflación determina la velocidad a la cual el Gobierno puede reducir el déficit. No obstante, la meta del 10% para el año 2018 del BCRA luce ambiciosa en cualquier escenario político, pero más aún ante un escenario que Cambiemos tenga que negociar con otras fuerzas una posible reforma fiscal para el año próximo.

De esta forma, hacer descender la tasa de inflación no aparece como algo completamente independiente del apretón fiscal. Quizás un ritmo más gradualista de desinflación sea compatible con la estrategia del Gobierno. Una tasa de interés real apenas positiva, en lugar del 5% que busca Federico Sturzenegger, daría un poco de respiro al fisco y a la demanda de consumo e inversión. Al mismo tiempo, las tasas nominales podrían ser más bajas para evitarla apreciación de la moneda por el  ingreso de capitales vía inversión de cartera, si se quiere dejar liberado el mercado de cambios.

En conclusión, pensando en escenarios futuros, independientemente del resultado de la elección, el ajuste fiscal debe hacerse. Un país no puede vivir con déficit gemelos en forma permanente. En este caso cabe recordar que para que el país logre obtener ahorro nacional positivo, requiere superávit de la cuenta corriente: un país ahorra cuando no consume todos los bienes que produce. Uno de los desafíos es cómo hacer para generar un superávit de cuenta corriente, lo que requiere exportar más, importar menos y frenar la sangría vía rentas de la propiedad.

En materia política, el Gobierno va a llegar a la elección mostrando una inflación descendente en el orden del 20% interanual y con la economía creciendo al 3% comparado al período anterior. Estos serán indicadores que deberá explotar el oficialismo para lograr apoyo del electorado. Esta vez, a diferencia del 2015, las propuestas las tendrá que hacer la oposición. Será complicado para Cristina Fernández de Kirchner: pocas promesas podrá realizar cuando el oficialismo muestre indicadores económicos mejores a los arrojados durante su gestión. En este sentido, si bien discursivamente la ex presidenta puede arengar a su tropa, difícilmente pueda realizar promesas creíbles. La necesidad del oficialismo va a ser la de mostrar resultados concretos: más allá de los números, la sensación aún es que la actividad está saliendo del estancamiento y aún quedan votantes que prefieren volver a darle una oportunidad al kirchnerismo y otros al oficialismo. No obstante, si la sensación de mejora en la calle no se siente y la alternativa es el pasado, el gran ganador será quien se posicione en la avenida del medio.

Retomando. Si prima el apoyo a CFK, la transición económica se vuelve más complicada debido a que en el exterior sólo importa si hay chances que el “populismo” retorne al país o si continuamos con la intención de volver a formar parte del mundo. Por lo tanto, a pesar de ser una elección legislativa, el costo de financiamiento del déficit sería algo mayor. Pero no todo es malo en ese escenario: el tipo de cambio empieza a moverse ante esta posibilidad y el atraso cambiario podría corregirse aunque sin la acumulación de reservas que sería conveniente para la hoja de balance del BCRA.

En conclusión, si bien los desafíos de Cambiemos son difíciles de administrar, en caso que el oficialismo pierda la Provincia de Buenos Aires, deberá hacer el ajuste fiscal más velozmente que lo planeado, tratando de dañar lo menos posible la demanda agregada. La clave, en ese sentido, será tener una política monetaria más relajada.

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