Desigualdad económica

Un enfoque por edades

10-09-2013
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(Columna de Jorge Paz, economista e investigador del CONICET)

Propongo hoy repensar la distribución del ingreso en la Argentina a partir de una visión diferente y no explorada en detalle todavía: aquella que pone el acento en el ingreso familiar pero mirando principalmente la edad de los involucrados en dicha distribución. Esta es una perspectiva que se podría denominar del ciclo vital. En la población hay niñas, niños, adolescentes, adultas, adultos, adultas mayores y adultos mayores. Todos ellos participan de una manera u otra en la generación del producto de la sociedad y también en su consumo.

Las niñas, niños y adolescentes, como así también la población mayor de cierta edad, producen menos de lo que consumen, mientras que la población adulta en edades centrales (podría usarse como convención la población comprendida entre los 25 y 59 años), produce más de lo que consume. Es decir que ésta deberá producir lo suficiente para abastecer a la población en edades extremas si es que no se pide dinero prestado al futuro. Este es el ABC de la economía generacional.

Ahora bien, podríamos preguntarnos cómo está distribuido el ingreso en la sociedad tomando en consideración la dimensión edad. Nosotros sabemos, por ejemplo, que el Estado argentino subsidia a los padres a través de la Asignación Universal por Hijo (AUH), que paga jubilaciones, pensiones y transferencias de diversa índole a la población retirada de la actividad económica. También sabemos que la población activa en edades centrales paga impuestos y que la población en general tributa en casos tales como los impuestos al consumo (IVA, por ejemplo). Esto hace que las personas comprendidas en determinadas franjas de edades participen de manera diferente en la distribución de lo que sociedad produce año a año.

Los últimos años

Sea por las razones que fuere, el producto interno bruto per capita creció ostensiblemente en los últimos años. Para evitar polémica acerca del origen de las cifras usadas, si se consulta el proyecto internacional que comandó Angus Maddison (1926-2010), uno de los economistas contemporáneos más importantes del mundo, se observa que la Argentina creció a una velocidad del 5% entre 2003 y 2010. Esta cifra contrasta con el 2,8% registrado entre 1990 y 2000. Es decir, dejando a un lado el colapso 2001-2002, la economía argentina creció en los 2000 casi el doble de lo que lo hizo en los '90. Ese dato es contundente.

Pero ante esta realidad hay un problema que permanece sin resolverse: el ingreso per capita creció a una tasa del 5% anual, pero cómo evolucionó la distribución del ingreso en este contexto. Mucho se habla de este problema, particularmente de la desigualdad en la distribución del ingreso que, como una epidemia, afecta a prácticamente todos los países del mundo. El indicador comúnmente empleado para medir este fenómeno de la desigualdad es el llamado coeficiente de Gini (por Corrado Gini - 1884-1965- su creador).

Gráfico 1

Evolución de la desigualdad de los ingresos familiares en la Argentina (2003-2012)

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El cómputo de este indicador muestra que en la Argentina la desigualdad de ingresos disminuyó y lo hizo intensa y sistemáticamente (Gráfico 1). Pasó del 0,52 en 2003 al 0,42 en 2012; una caída nada despreciable. Si bien esta es la estructura de la realidad económica, la que no admite polémica y “es lo que es”, se podría polemizar sí, y mucho, acerca de las causas de esa caída muy fuerte de la desigualdad de ingresos que se registró en la Argentina durante la última década. Algunos dirán que se debió al crecimiento que, tarde o temprano, se derrama y beneficia a la sociedad en su conjunto. Otros preferirán poner el énfasis en los logros de la política social, y argumentarán sosteniendo que el crecimiento necesita de políticas inclusivas para que sea aprovechado por toda la sociedad. Lo cierto es que los dos elementos de la polémica son verdaderos: la Argentina se recuperó de la gran crisis y la desigualdad cayó.

¿A quienes favoreció?

Se podría escribir un libo mostrando quienes ganaron más en esta historia reciente de la Argentina. “Ganaron” podría interpretarse en términos de producto (por el crecimiento) o en términos de distribución (por la caída en la desigualdad de ingresos), pero aquí nos centraremos solamente en las ganancias en términos de menor desigualdad y las analizaremos en función de la edad de las personas. Nuevamente apelaremos al coeficiente de Gini para inferir quienes ganaron más a lo largo de la década. Tomando los grandes grupos de edad la conclusión es clara: ganó más la población de menores y la de adultos mayores que la ubicada en edades centrales. Esto puede constatarse claramente en el Gráfico 2 donde se volcaron los resultados del cálculo del coeficiente de Gini.

Gráfico 2

La desigualdad de ingresos en el ciclo de vida. Argentina (2003-2012)

En ese gráfico se destacaron en gris las etapas “menos productivas” del ciclo vital (los menores de 25 y los mayores de 60) y se muestra cómo cambió la desigualdad entre puntas: 2003 (línea superior) versus 2012 (línea inferior).

Hay varios puntos interesantes del patrón de distribución por edad, pero resaltan los siguientes: a) la desigualdad es más elevada en las edades centrales, y b) desciende en las etapas avanzadas del ciclo vital de las personas. Habrá que tener en cuenta el origen de los ingresos en cada etapa y pensar en ellos en el momento de interpretar estos hechos. Las niñas, niños y adolescentes no generan ingresos (el aporte del trabajo infantil es, en este caso, despreciable), la población en edades centrales obtiene sus ingresos principalmente del mercado de trabajo (y en especial del trabajo asalariado) y la población adulta mayor principalmente del sistema de pensiones. Como se dijo ya, los tramos de edad iniciales son el foco de un conjunto importante de programas de transferencias (la AUH, por ejemplo) que se suman al ingreso generado por los padres.

Con estos elementos puede verse que el impacto mayor sobre el descenso en la desigualdad de ingresos vino por el lado de los adultos mayores (¿política previsional?) seguido por el tramo bajo de la estructura de edades (¿programas de transferencias condicionadas tipo AUH?). Si bien el tramo de edades centrales registró un descenso importante de la desigualdad, fue el menor si se mira el ciclo vital como un todo.

Queda para la reflexión: ¿El poder redistributivo del mercado de trabajo fue menor que la política previsional y de transferencias condicionadas? El problema que se avizora es que los recursos de los que provienen las transferencias lo genera el crecimiento y al crecimiento el trabajo: el grupo de 25-59 años de edad, precisamente.

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