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Creación de empleo joven: ¿posibilidad o quimera?

La falta de empleo en el segmento joven es un problema de compleja resolución. Las estadísticas muestran un presente desalentador y no parece haber un futuro muy diferente si no se toma acción concreta ya. Los jóvenes son el futuro, pero sólo si pueden tener un presente.

11-10-2016
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por Alfredo Reta (*)

La semana pasada se desarrolló en Buenos Aires el Primer Congreso Latinoamericano de Empleo Joven Inclusivo. Organizado por la Fundación Forge e IDEA, en colaboración con el BID y otras entidades, en la sede de la Usina del Arte se congregaron representantes de los diversos actores relacionados con la temática ?sector público, organizaciones no gubernamentales y empresas, entre otros? con el fin de generar no sólo concienciación respecto del problema sino de proponer líneas de acción concretas.

Los paneles, que contaron con expositores de Brasil, México, República Dominicana y Argentina, entre otros países, dejaron claramente expuestas las similitudes de la región en cuanto a la dificultad de acceso de los jóvenes a empleo de calidad, la falta de coordinación públicoprivada al respecto y la necesidad de accionar concretamente para revertir la situación.

Que en el título del congreso figurara junto a la temática de empleo joven la palabra inclusivo no es una mera casualidad ni un truco marketinero.

Pocas cosas son más inclusivas que un empleo de calidad. Más si se trata del segmento de jóvenes y es, a su vez, el primer empleo, ya que éste explica al menos el 50% del futuro del desarrollo laboral de un joven.

También hace unos días fue presentado en el Hotel Castelar el libro del experto Daniel Arroyo “Las cuatro Argentinas y la grieta social”. La obra está dedicada integralmente los temas de desarrollo social de los cuales Arroyo se viene ocupando largamente. Para tratar las soluciones a temas de pobreza y desigualdad social, se hace especial hincapié en el tema del empleo, y dentro de ese capítulo la problemática de empleo joven tiene un protagonismo central. Concretamente, propone implementar una segunda generación de políticas sociales y laborales. Para ello, generar trabajos de calidad se debe transformar en una gran política de Estado. ¿Por qué, con diferencia de pocos días, dos eventos inconexos como los comentados han tenido lugar en una misma ciudad y han convocado ambos gran atención tanto en asistencia como en repercusión en los medios? Tal vez, revisar algunas cifras nos ofrezca una aproximación a la respuesta.

Los números

En América Latina y el Caribe habitan 108 millones de jóvenes entre 15 y 24 años. Según informes de la OIT, 56 millones forman parte de la fuerza laboral, es decir, que tienen empleo o están buscándolo activamente, y enfrentan dos grandes problemas: el desempleo y la tasa de informalidad.

De los mencionados 56 millones, el 13% está desempleado y el 48% tiene trabajo informal, lo que lleva a que sólo 22 millones de jóvenes tenga empleo formal. Es decir, sólo el 20% de los jóvenes de Latinoamérica tiene un trabajo formal y digno.

El desempleo juvenil es persistentemente alto desde hace décadas, mucho mayor que los guarismos de la tasa de desempleo general. El índice de empleo informal es casi el doble: 33% en adultos y 58% en jóvenes.

Los salarios promedios que se pagan para desempeñar una misma función son entre 30% y 40% menos para los jóvenes que para los adultos y las dificultades para mantener el empleo son también significativamente mayores en el segmento joven, producto de ser éstos los primeros en sufrir las desvinculaciones derivadas de crisis por inestabilidad económica o ajustes de estructuras.

Haciendo zoom en los números a nivel país, los de Argentina no presentan grandes diferencias con los generales de la región. Aquí, la precariedad laboral es alta ya que casi dos de cada tres jóvenes empleados están en el mercado informal de trabajo.

A la ya consabida cifra del 32,2% de pobres, se le agrega que en el segmento de menores de 14 años es pobre el 49% de la población argentina.

Pese a que por ley se ha convertido a la educación secundaria en obligatoria, el 50% de los estudiantes no finalizan ese ciclo. Si desagregamos ese número entre educación pública y privada, en la pública sólo 30% finaliza mientras que en la privada lo hace 70%.

Entre los egresados de la enseñanza secundaria, la inmensa mayoría (dos de cada tres) tiene la certeza que la escuela no los prepara para el mundo laboral.

Podríamos seguir difundiendo números y estadísticas, pero todas, tanto a nivel general como de detalle, continuarían pintando una situación alarmante para el empleo juvenil y el futuro de la sociedad.

La gran pregunta entonces es qué hacer, cuándo hacerlo y quién tiene que liderarlo.

Las políticas

Uno de los primeros pasos concretos está en el ámbito de la educación. Es necesario reconstruir el puente que debería unir a la escuela con el mundo del trabajo.

En la actualidad no sólo los contenidos muestran falencias en cuanto a la ausencia de formación para el trabajo sino que, igualmente grave, los jóvenes carecen de formación en habilidades blandas y socioemocionales. La carencia de ambas capacidades disocia a los jóvenes del mundo y la cultura del trabajo.

Por el lado de las empresas, muchas veces se aprovechan esas carencias bien sea porque algunos empresarios tienen un enfoque excesivamente utilitario hacia el empleo joven, o bien porque les da la excusa perfecta para potenciar el ya bajo interés de los empleadores en la contratación y el desarrollo de jóvenes de primer empleo.

Estas actitudes amplifican la paradoja de que mientras tenemos una desocupación alta, por otra parte no existe mano de obra calificada en artes y oficios, mayoritariamente producto de la declinación de la enseñanza técnica. Experiencias como las de la llamada escuela dual, tal como se ha hecho en países como México y España, pueden ser el camino para recuperar esas habilidades y cerrar la brecha oferta-demanda de este tipo de capacidades.

Otra acción concreta es la que sorprendentemente se desprende de una propuesta keynesiana que hace Arroyo. Aprovechando el estructural atraso de obra pública que tiene Argentina, propone que una forma concreta de crear empleo sería hacer que la obra pública menor (cordones, veredas, cunetas, etcéteras) sea llevada a cabo a nivel comunitario de manera tal de permitir capacitación en tareas de construcción y que se realicen obras de mejora para las comunidades locales. Adicionalmente, al contratar mano de obra de las propias comunidades, los ingresos generados por los individuos hacen que en esos barrios se mueva la economía vía comercio minorista y otras actividades, generando un flujo de dinero que se retroalimenta el desarrollo de esa comunidad.

Tiene además un efecto no menor, que es que cuando circula en una comunidad dinero generado por el trabajo, resta espacio a la generación de dinero por actividades ilícitas como el tráfico de drogas.

Otro camino es valorar el rol y multiplicar los efectos concretos que tienen las organizaciones no gubernamentales. En ese sentido, la Fundación Forge viene realizando una gran tarea en varios países de América Latina. Su misión es facilitar la inserción laboral de calidad a jóvenes pertenecientes a familias de bajos recursos económicos a través de un programa innovador de formación y empleo. Gracias a su acción, y a la de muchas otras organizaciones similares, miles de jóvenes se forman y ven que disminuye la brecha que los separa entre la educación formal y el trabajo.

La formación se basa en una mezcla de habilidades socioemocionales y prácticas para ciertas demandas laborales de características de primer empleo: call-centers, gastronomía, oficios técnicos, etcétera. Más allá de la formación específica, que ayuda y mucho en su inserción, estas capacitaciones generan en la población juvenil de recursos escasos algo mucho más importante: que los jóvenes se sientan valorados y vuelvan a creer en ellos mismos.

Pese a las dificultades para escalar este modelo, estas organizaciones deben ser estimuladas y financiadas, ya que han demostrado ser una excelente plataforma para el desarrollo de jóvenes y banco de pruebas para alimentar proyectos públicoprivados.

Todas estas alternativas sólo serán viables juntamente con un marco adecuado de desarrollo y crecimiento económico, que es no solo importante, sino el condimento esencial para que la generación de trabajos de calidad ocurra, ya que no es el voluntarismo ni estatal ni privado el que crea empleo sino una economía saludable.

Concluyendo, el problema está a la vista (salvo para quienes quieran hacerse los desentendidos) y hay diversos acercamientos para intentar morigerar la problemática de empleo joven. Lo que se necesita es acción, y acción ya, porque no se admiten más demoras. La hoja de ruta podría bien parecerse a la siguiente:

El Estado debe tener un rol activo y liderazgo en el tema. No se sugiere crear un supraorganismo para abocarse a la problemática, sino que haya un ente de los ya existentes que se apropie del liderazgo del proyecto. Tal vez quien más se acerque a reunir todas las condiciones para ello es el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social (tal es su nombre correcto), ya que tiene conocimiento de los actores necesarios y estructura (más de 160 oficinas de empleo en todo el país) para llevar adelante de la manera más eficaz coordinación de acciones y políticas de Estado de largo plazo.

También debe reclamársele al Estado el diseño y ejecución de adecuadas políticas macroeconómicas para que haya crecimiento y desarrollo sin el cual es imposible la generación de empleo de calidad.

Poner el tema del empleo joven en la agenda, buscando generar políticas de Estado que sean de largo plazo, es decir, que abarquen más de un período presidencial y sean respetados por todos los sectores políticos. Esto será posible con un nuevo y renovado abordaje integral. Un tratamiento público-privado del cual deben participar todos los sectores involucrados con el tema: Estado, sindicatos, empresarios, educadores, ONG's especializadas, investigadores, profesionales de recursos humanos y organizaciones de la juventud, entre otros.

No hay tiempo para seguir eludiendo este problema o hacernos los distraídos. El diagnóstico está y alternativas de solución existen. Hay que poner manos a la obra ahora si no queremos que cada vez más generaciones sigan estacionándose en la exclusión mientras dejamos pasar el tren de oportunidades

El país rico que creemos ser, las capacidades intelectuales que decimos nos que enorgullece tener, y el sentido social que tanto autoproclamamos los argentinos, exige que no haya más demoras y al menos una vez estemos a la altura de las circunstancias.

(*) Especialista en organizaciones, Recursos Humanos y management.

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