Brexit: hora de definiciones

De producirse el Brexit duro, es decir, que no se alcance un acuerdo que establezca las reglas del nuevo relacionamiento ante del 1° de enero, ambas partes sufrirían las consecuencias. Pero el más afectado sería sin dudas el Reino Unido

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03-12-2020
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Por Alberto L. Davérède (*)

La euforia que vive el Reino Unido por ser el primer país en aprobar una vacuna contra el Covid-19 y comenzar en los próximos días con su aplicación seguramente distraerá la atención de la prensa y de la población de ese país en un tema que hasta ahora se contaba entre los prioritarios en los medios: las negociaciones con la Unión Europea para alcanzar un acuerdo sobre un nuevo relacionamiento entre ambas partes, luego del divorcio concretado el 31 de enero del corriente año.

Como es sabido, el plazo final para cerrar tal acuerdo vence el 31 del corriente mes, y aún subsisten importantes diferencias entre los negociadores de una y otra parte con respecto a temas a los que asignan la mayor importancia. Unos tras otros han ido cayendo los plazos para finalizar las negociaciones que se consideraban como fecha límite para hacer posibles los pasos subsiguientes, necesarios para la protocolización de lo acordado. Luego del cierre de las negociaciones, el texto al que lleguen los negociadores debe ser aprobado por el Parlamento Europeo y, dependiendo de su contenido, también por los parlamentos de los 27

Estados miembros. En el Reino Unido, el proyecto debería permanecer normalmente bajo consideración del Parlamento durante un período de 21 días, pero el gobierno dispone eventualmente de medios para soslayar ese requisito y apurar el procedimiento.

Todo ello en un período del año en que los funcionarios involucrados ya estarían normalmente pensando en las compras navideñas y cuando Europa sigue seriamente castigada por la segunda ola de la pandemia, que ha golpeado al propio equipo negociador de la UE, encabezado por Michel Barnier, quien ha debido permanecer en aislamiento hasta estos días. ¿Es que acaso puede imaginarse un escenario más complejo para decidir acerca de la manera de dar por finalizada una asociación tan estrecha como la que tenía el Reino Unido con la Unión Europea, después de 47 años de pertenecer al bloque?

Justo es reconocer que los agotadores esfuerzos que los representantes de una y otra parte han desplegado durante el corriente año para avanzar en un acuerdo han permitido limar diferencias en torno a cuestiones de considerable identidad, tales como las relacionadas con la aplicación de la Convención Europea sobre los Derechos Humanos, la protección de datos, el funcionamiento de Europol y de Eurojust, la extradición, el transporte y la cooperación en materia de salud pública y de ciberseguridad. También existieron avances, aún no completados, en materia de comercio de bienes y servicios, energía y coordinación de la seguridad social.

En cambio, subsisten las diferencias en torno al menos a tres temas que se han revelado como los más intransigentes: el “level playing field”, o sea la vigencia de un régimen económico que no otorgue beneficios desequilibrados a una u otra parte, en especial en cuanto a la concesión de subsidios a la industria británica; en segundo lugar, el acceso recíproco y estable de las flotas pesqueras a las aguas de ambas partes, con distribución equitativa de las cuotas que se acuerden y, finalmente, la gobernanza del acuerdo, o sea la forma de asegurar su cumplimiento por medio de un sistema de solución de controversias con la posibilidad de aplicar sanciones ante eventuales inobservancias de lo acordado.

Los funcionarios responsables de la negociación no se resignan aún a un fracaso, y están trabajando contra reloj para alcanzar los objetivos que se han fijado. Pero tampoco arriesgan vaticinios.

De no alcanzarse un acuerdo, el 1° de enero de 2021 pasarían a regir entre las partes las normas de la OMC (Organización Mundial del Comercio), lo que implica un régimen de aplicación de aranceles de importación y cuotas, según el caso. A su vez, el Reino Unido dejaría de ser parte en los cerca de 70 acuerdos comerciales y económicos vigentes para los países de la Unión Europea. Ya ha efectuado progresos bilaterales con alrededor de 50 de esos países, pero le espera una compleja negociación con los restantes para convenir regímenes comerciales más convenientes que las normas de la OMC.

De producirse el Brexit duro, o sea que no se alcance un acuerdo que establezca las reglas del nuevo relacionamiento, ambas partes sufrirían las consecuencias. Pero el más afectado sería, sin dudas, el Reino Unido. Entre los efectos más inmediatos, se estima que se producirá un alza en los precios de los bienes, posiblemente no solo de los importados del continente. Existirían, al menos en el corto plazo, problemas en el abastecimiento de comestibles frescos, que provienen en 30%, aproximadamente, de la Unión Europea. Las dificultades para el aprovisionamiento de estas mercancías no solo provendrían de los aranceles que deberán tributar sino de los controles sanitarios que aplica el Reino Unido, que son muy rigurosos en aquellas provenientes de animales: carnes, huevos, leche, pescados.

Las demoras en la frontera que se producirían como consecuencia de los controles migratorios y aduaneros son motivo de considerable alarma, ya que cerca de 4 millones de camiones ingresan y egresan por año provenientes del continente europeo. Se temen grandes congestionamientos, quizás por meses, en los puertos de arribo. El gobierno británico está construyendo enormes playas de estacionamiento, especialmente en el puerto de Kent, para evitar el bloqueo de las rutas. En un afán por aliviar la congestión, ha establecido preventivamente que los controles serán limitados, al menos hasta el 1° de julio de 2021, plazo que podrá ser eventualmente prorrogado si la situación lo requiriera.

Cualquiera sea el resultado que se alcance, el penoso y prolongado proceso que sufrieron ambas partes desde que hace más de cuatro años los súbditos británicos decidieron por mayoría separarse de la Unión Europea ha dejado en claro que los temores existentes en la UE de que se produjera un efecto contagio en otros miembros del bloque ? algunos de ellos con grandes sectores de euroescépticos en su población ? no se ha producido. Por el contrario, los países que lo integran han actuado en todo momento al unísono, frente a un Reino Unido vacilante, que cambió repetidamente de negociadores y que vio partir a dos primeros ministros, víctimas de sus errores. A la vista del alto precio que deberá pagar el Reino Unido por el divorcio, pocos se podrían sentir tentados de recorrer el mismo camino.

Por otra parte, aunque la pérdida de un miembro de importancia ? quinta potencia mundial, con capacidad nuclear y miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ? no deja de ser un serio golpe para la Unión, también es cierto que ha sido siempre un socio incómodo, que ha frustrado muchas iniciativas tendientes a una unión más perfecta entre sus miembros, como es el objetivo de la mayoría.

El mundo está abriendo un nuevo capítulo en las relaciones internacionales, en el que las grandes opciones serán el multilateralismo o la polarización, la defensa de la democracia liberal o la resignación a los autoritarismos, el proteccionismo o la libertad de comercio. Una UE que haya superado el difícil trance del Brexit estará en mejores condiciones de afrontar este desafío.

(*) Embajador (J) y exsubsecretario de Política Exterior

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