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Baja de aranceles: ¿aumento de la productividad?

01-03-2017
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por Pablo Mira

El anuncio de la eliminación de los aranceles de importación para las computadoras, tabletas y notebooks, como toda modificación en una política comercial, tiene ganadores y perdedores. Los empleos de las firmas que se ocupan de producir (o más precisamente, de armar) son los que resignarán, y los usuarios los que se verán beneficiados.

Al economista prototípico le preocupa además el bienestar general: se pretende determinar si la medida lo mejora o no. Como principio general, la economía básica afirma que una reducción de aranceles incrementa de manera no ambigua el bienestar total de la economía. Se trata de un resultado que enfrenta a muchos economistas con grupos de interés, sectores productivos y políticos: ¿por qué los países no reducen sus aranceles si al hacerlo tienen una ganancia unilateral, más allá de lo que hagan sus competidores?

Hay muchas posibles respuestas a esta pregunta, pero nos centraremos en los potenciales beneficios específicos de la medida que rebaja los impuestos a la importación de computadoras. Para ser claros, si se decide reducir gravámenes sobre estos productos, es porque se considera que aportan beneficios especialmente deseables. Hay una esperanza concreta en acceder a mejores computadoras importadas que excede, digamos, la que nos concede importar mejores zapatos, o mochilas estudiantiles más resistentes.

Lo primero que viene a la mente es que las computadoras representan una parte importante de las “nuevas tecnologías” que contribuyen a la productividad (y eventualmente, a la competitividad local). Sin embargo, la revolución informática coincide temporalmente con un período en que la economía global vive una clara desaceleración de su productividad. Como dijera famosamente Robert Solow: “vemos computadoras por todas partes, menos en las estadísticas de productividad”. El experto en temas de crecimiento Paul David argumentó alguna vez que las tecnologías requieren un largo período de adaptación hasta que muestran sus frutos sobre el crecimiento y cita, entre otros ejemplos, los efectos tardíos del descubrimiento de la electricidad sobre la capacidad de producción de muchos países.

De modo que si hemos de esperar un boom de productividad gracias a esta medida, la estadística y la historia nos muestran que, o bien no ocurrirá, o bien ocurrirá dentro de varias décadas. Tampoco es claro que hoy en día sean las computadoras y las tabletas los vehículos de mejoras tecnológicas en las empresas de punta, que en realidad se nutren mucho más de grandes servidores, de la robótica, la genética, y el desarrollo de software.

El efecto más probable de esta reducción de aranceles, por tanto, será una reducción de los precios de estos bienes (si los extraños mercados de electrodomésticos locales funcionan adecuadamente), y un consabido impacto sobre el IPC. Las ganancias reales serán mejor aprovechadas por las familias que por las empresas.

Con pocas dudas, los beneficios para los que pueden comprar esta tecnología excederán los costos de los que se queden sin empleo, de modo que la mejor política que podemos sugerir es la de destinar parte de esa diferencia a subsidiar la capacitación o búsqueda de empleo para los afectados. Y eventualmente invertir el resto en adquirir mejores computadoras importadas, para que el Estado estudie mejor algunas medidas que verdaderamente contribuyan a aumentar la productividad.

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