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¿Un poco de populismo económico no está mal?

"A veces, el populismo económico es necesario y, de hecho, en momentos así, puede ser el único modo de anticiparse a su pariente político, que es mucho más peligroso”, dice Dani Rodrik

16 enero de 2018

Difícilmente pueda encasillarse a Dani Rodrik, el reconocido economista turco especializado en comercio y desarrollo, como “populista”. Y él lo deja bien en claro en su última columna en Project Syndicate. Allí critica, por ejemplo, “la aversión de los populistas a los límites institucionales” y su “forma peligrosa de entender la política”, además de todos los efectos negativos que eso tiene sobre la economía desde la alta inflación y los zigzagueos hasta la inconsistencia temporal de sus políticas, tan capaz de generar “veranitos” como incapaz de bajar sostenidamente la pobreza y potenciar la calidad de vida.

Pero no todo es tan lineal y, como se decía por aquí en los '80 sobre la inflación, Rodrik parece sugerir que un poco de populismo no está mal. Pero, ¿cuál es su argumento? Según el economista, los gobiernos, para demostrar que la política económica no se decide azarosamente en alguna mesa chica o almohada presidencial, decidieron, por decirlo de alguna manera, “tercerizar” algunas decisiones. “La necesidad de credibilidad de los gobiernos llevó entonces a la aparición de tratados comerciales con cláusulas de arbitraje de disputas entre estados e inversores, que permiten a las empresas demandar a los gobiernos en tribunales internacionales”, pone, como ejemplo, Rodrik.

Pero también puede ocurrir que estas restricciones a la política económica (porque ya no dependen del Gobierno), dice Rodrik, traigan consecuencias menos benéficas. “En particular, si son restricciones instituidas por grupos de intereses especiales o élites para consolidar su control permanente de la formulación de políticas. En esos casos, la delegación a organismos autónomos y la sujeción a normas internacionales no están al servicio de la sociedad sino de una estrecha casta de insiders influyentes”.

Allí Rodrik se mete en la política. Uno de los motivos de la reacción populista actual es la creencia (no del todo injustificada) de que el mundo funciona así en las últimas décadas. “Las negociaciones comerciales internacionales han estado cada vez más supeditadas a la influencia de corporaciones multinacionales e inversores, lo que dio lugar a regímenes globales desproporcionadamente favorables al capital en detrimento de los trabajadores”, dice Rodrik. Ejemplos claros, argumenta, son las normas estrictas sobre patentes y los tribunales internacionales para inversores. “Otro es la captura de los organismos autónomos por las industrias que supuestamente deben regular. Los bancos y otras instituciones financieras han sido especialmente capaces de salirse con la suya y establecer reglas que les dan total libertad de acción”, razona.

En estos casos (Rodrik pone el foco en Europa), dice, “bien puede ser deseable flexibilizar las restricciones a la política económica y devolver poder de decisión a los gobiernos electos”. En tiempos excepcionales, agrega, se necesita libertad para experimentar con la política económica y pone como ejemplo el New Deal de los '30.

“Debemos estar siempre en guardia contra el populismo que asfixia el pluralismo político y debilita las normas de la democracia liberal. El populismo político es una amenaza que debe evitarse a toda costa. Pero a veces el populismo económico es necesario y, de hecho, en momentos así, puede ser el único modo de anticiparse a su pariente político, que es mucho más peligroso”, concluye.

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