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La fase albertista del PJ y la necesidad tripartita de que el acuerdo social funcione

El empresariado tiene un particular interés en que a Alberto le vaya bien y viceversa. Si no, ambos tendrán problemas. La gran cuestión (como siempre) es si lograrán cooperar entre ellos o rivalizarán. Si ese fuera el desenlace, unos y otros seguirán administrando la escasez.

Alejandro Radonjic 11 noviembre de 2019

Por Alejandro Radonjic

Un primer escollo a la hora de reflexionar sobre la relación histórica entre el peronismo y el empresariado (un vínculo que ya va para las 8 décadas) es la pregunta sobre de qué peronismo hablamos. Sin ir tan lejos en los anales, ¿el de Carlos Menem en los '90, cuando los empresarios tocaron el cielo con las manos con la desregulación, la convertibilidad y la promesa cavallista de “seis décadas de prosperidad”? ¿El primer Néstor de los superávit gemelos y la transversalidad? ¿La primera Cristina, aquella de 2007, que dijo en su asunción: “Yo no he venido a ser Presidenta de la República para convertirme en gendarme de la rentabilidad de los empresarios”? ¿O la segunda, con Guillermo Moreno recargado y Axel Kicillof en el Ministerio de Hacienda?

Lo definió el politólogo Carlos Gervasoni (UTDT) en un reciente seminario de Moody's como la disyuntiva entre Menem I o Cristina II. ¿Hacia qué modelo se inclinaría Alberto I?

El fundador de FlyBondi, Julian Cook, metió a todos los peronistas en la misma bolsa y dijo que son un cáncer para el país. Por cierto, Cook (un británico) fue el primero en decir públicamente (en rigor, fue un chat privado que se filtró) lo que varios de sus colegas piensan y no se animan a decir. Según esa lectura, el peronismo oficia de cuerpo extraño y maligno que va matando un organismo sano. Curioso dado que es un partido que, vale recordar, siempre llegó a tomar las riendas del poder por medio de elecciones libres y, las más de las veces, con enormes apoyos.

Sin entrar en el debate sobre los efectos oncológicos del peronismo en Argentina, la frase desubicada y polémica de Cook desnuda algo que existe y es un la tensión latente entre el empresariado (local e internacional) y el peronismo. Sobre todo, cuando los compañer@s adoptan, dada su habilidad contorsionista, una postura económica más heterodoxa o sesgada hacia la izquierda. Sobre todo, también, si esa orientación se combina con una torta que no se agranda, es decir, cuando la economía no crece. Allí se generan todo tipo de trastornos que tensan la relación y agravan el punto de partida. Cualquier similitud con años recientes no es mera coincidencia. Otro dato a tener en cuenta es que los empresarios no gozan de altos niveles de aceptación en Argentina.

La frase de Cook, la cercanía con el inicio de un nuevo ciclo peronista (tras un Gobierno de “uno de los suyos”) y el estancamiento económico (síntoma máximo de un sistema disfuncional: no hubo guerras civiles, catástrofes ni nada que hiciera inevitable tan mal desempeño en la última década) invitan a pensar cómo será la relación entre el peronismo que se viene y los empresarios que están. Estos, como los peronistas, están lejos de ser una miríada homogénea: hay de todo bajo la viña del Señor y, más allá del reclamo general de un ambiente propicio para desarrollar sus actividades, cada uno tiene realidades y necesidades distintas, así como reacciones variadas ante los nuevos incentivos. Algunas compañías, como Newsan y TN & Platex, con foco en el consumo popular (que suele andar mejor con el peronismo) otean un horizonte más promisorio mientras otros sectores, desde el agro hasta Vaca Muerta y los bancos, están más inquietos y en modo wait-and-see.

El ciclo peronista que se avecina es sui generis, aunque tenga una similitud con 1989 y 2002: hereda una papa ardiente. El incentivo será inflar la economía o, como dijo Alberto Fernández, quien tiene hoy la batuta en sus manos, “prender la economía”. Admiten, eso sí, que se vienen tiempos difíciles y que el 10D no es una fecha mágica.

Fernández (crítico acérrimo de la última fase de Cristina, quien fue quien lo nominó) trae bajo el brazo la promesa de un pacto social que podría de ir desde un acuerdo de precios y salarios por 180 días hasta la conformación del Consejo Económico y Social permanente. Tiene allí, algún punto de encuentro con el tercer peronismo originario. El herbívoro.

Está todo dado para que los tres actores se sienten en la mesa: el Estado, los sindicatos y las empresas. Todos necesitan que las cosas sean distintas: a ninguno le irá bien con los mismos resultados. Estaríamos “condenados al éxito” si la reunión fuera todo lo que debe hacerse. Sin embargo, apenas es el inicio.

La convocatoria de Alberto es un dato en sí mismo. Una admisión de que la salida del pantano actual, en su visión, es con los tres actores claves de la vida económica haciendo algún tipo de sinergia y no pujando por una torta menguante y rancia.

Es muy importante que esa instancia prospere por varios motivos porque su fracaso conduciría a riesgos enormes, que van desde la continuación de la recesión (un pecado con casi 40% de las población en la pobreza) hasta despertar fantasmas de un pasado funesto.

El lema general de esa mesa puede ser crecer sin desequilibrios. Pero hay algunos pasos previos, como bajar la inflación. O, por lo menos, situarla en un sendero descendente y sustentable. No será nada fácil y va mucho más allá de congelar precios y salarios: que no es poco, por cierto, en un país con poca capacidad de respetar contratos. Esa “desinflación” incluye a todos los precios relativos (tarifas y dólar son los centrales) que deben setearse con lógica. Una desinflación con precios reprimidos no es seria. También debe estar sobre la mesa la dinámica de un gasto público alto e indexado: un problema doble.

Luego de lo urgente, todos los cañones deben apuntar a que la economía crezca, generar empleo y exportar más. La tasa de inversión, hoy debajo de 20% del PIB, será la que demuestra si hay confianza privada.

Un problema adicional es que Alberto lidera una coalición heterogénea (hay de todo en el Frente de Todos) y todos piden cosas distintas. Cómo atienda esos reclamos internos, a menudo contradictorios, será todo un tema.

Resulta más que evidente que la política debe liderar la tarea por ser quien tiene las mayores responsabilidades, pero las empresas y los sindicatos también tienen sus compromisos históricos. El Estado setea el marco general, pero luego la riqueza la generan las empresas junto con los trabajadores. Sin embargo, se espera que Alberto sea más agresivo y exija más a las empresas que su antecesor que, como él mismo dijo, se limitó a emprolijar la cancha.

El mundo empresario tiene un particular interés en que a Alberto le vaya bien y viceversa. Si no, ambos tendrán problemas. La gran cuestión (siempre lo fue) es si lograrán cooperar entre ellos o si rivalizarán. Si ese fuera el desenlace, unos y otros seguirán administrando la escasez.

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