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¿Década ganada o perdida?

Intrascendente

15 octubre de 2013

(Columna de Carlos Leyba)

Para unos ésta es una década ganada y para otros, una década desperdiciada. Para estos últimos se trata de oportunidades perdidas, lo que implicaría acusar el fracaso de la gestión. Para los primeros se trata de oportunidades plenamente aprovechadas, lo que sería la consecuencia de la acertada gestión gubernamental. Por lógica unos quieren el cambio de las políticas, otros la continuidad de las mismas. No hay nadie que crea que ésta haya sido una década intrascendente. Tres cosas, una década trascendente, ganada o perdida. Veamos.

Contexto global

Fue la década de los emergentes (BRICS más los EAGLES). Un ejemplo: en 2012, a paridad del poder adquisitivo, Asia representó el 42% del PIB mundial y la mitad de eso se genera en China y la India. Hubo un sorprendente cambio en los precios relativos a favor de las materias primas y caída en las tasas de interés. El poroto de soja, exportación estrella de la década, que entre 1996 y 2002 se colocaba a US$ 236 por tonelada, en esta década (2003-2012) se vendió a US$ 411 por tonelada. Aumentó 74% en dólares. La tasa activa de interés en Estados Unidos, en el período 2003-2012, fue del 4,9% mientras que en 1993/2002 fue de 7,4% y de 9,4% en 1983-1992. Se derrumbó.

Heridas internas

Entonces, en la década, hubo muchos cambios con muchas oportunidades y muchos problemas para enfrentar. Problemas graves derivados de la crisis de 2001- 2002 y horrores estructurales heredados de la década de los '90 y del atasco al desarrollo instalado, ininterrumpidamente, por voluntad política desde 1975. Tuvimos diez años de oportunidades para enfrentar esos problemas y eso es mucho tiempo en la economía y en la vida de una Nación.

Es que diez años son el horizonte habitual para las estrategias de desarrollo. En Francia, en estos días hubo un “debate nacional de fondo” en el seno del proyecto “¿Qué Francia en los próximos 10 años?” del Commissariat général à la stratégie et à la prospective (CGSP). Es que diez años es un horizonte estratégico en cualquier contexto. Pero lo es más cuando hay muchos problemas acumulados y cuando el contexto ofrece enormes oportunidades.

En esta década tuvimos problemas que nos condicionaron, que nos amarran; y oportunidades que podían ayudar a liberarnos, que despejaron el horizonte. La década K El estilo K, el de la década, es la renuncia al plan; la sorpresa y la valoración exagerada de la astucia del corto plazo. ¿Cuál puede ser la productividad de ese modelo de gestión, que es una sucesión de reacciones, acertadas o no, ante la coyuntura? ¿O cuál la de una administración, acertada o no, sometida a la imposición de lo urgente aunque, finalmente, sea portador de una problemática trivial para el largo plazo?

Hay una magnitud para decodificar que significa una década para el largo plazo. En promedio, durante los diez años de la gestión K, la tasa de inversión fue del 21% del PIB, superando el 19% promedio de la década anterior. El capital acumulado en esta década ?dejando a un lado las amortizaciones y el destino de esos recursos? al cabo de diez años representa 2,1 veces el PIB de un año. Un cociente casi igual al que correspondió al stock de capital acumulado hasta 2006 (2,2) en relación al PIB de ese año. El Indec hasta ese año gozaba de plena credibilidad.

Es decir, diez años son suficientes para reponer e incrementar el stock de capital heredado. Ese dato (capacidad de acumulación) fundamenta el valor estratégico de un lapso de diez años. El proceso de acumulación de 2003-2012 estuvo montado sobre un vigoroso período de crecimiento en dos etapas. La primera, “la de recuperación”, concluyó en 2005 cuando el PIB alcanzó el nivel que había logrado en 1998. La segunda etapa fue “la de crecimiento”. De 2005 hasta 2012 hubo un crecimiento de 7,7% anual promedio simple según el Indec.

Otra estimación de alto nivel técnico corrige ese crecimiento y lo reduce a 6% anual (promedio simple). Recuperación más crecimiento permitieron un volumen de acumulación que casi iguala a la relación capital/producto disponible en 2006.

Cambio o continuidad

¿Qué hicimos con esa acumulación? Aquí se abrieron, como siempre se abren, dos posibilidades. La primera es la acumulación para hacer más de lo mismo y de la misma manera. En ese caso el proceso de acumulación sirve para crecer pero no para desarrollarnos. No es lo mismo engordar que sacar músculo. La segunda es acumular para cambiar lo que producimos y el modo de hacerlo. Eso es tratar de sacarle músculo a la economía. Si no invertimos para cambiar el modelo de producción, lo que hacemos y como lo hacemos, es decir, si no apostamos a la innovación, no estamos invirtiendo para el desarrollo sino, a lo sumo, para crecer haciendo lo mismo. Pero acumular para hacer lo mismo reproduce la misma sociedad que tenemos. Es decir, reproduce la pobreza, y la tendencia a la concentración urbana que tenemos; y repite el nivel de productividad y el patrón de distribución que surgen del modelo productivo dominante. Para no repetir la estructura de la distribución y la productividad, y no reproducir la pobreza y la concentración urbana, es necesario acumular para el desarrollo.

Y eso consiste en cambiar lo qué producimos y el modo en el que lo hacemos. Eso es el desarrollo. Ningún país se desarrolla o se ha desarrollado (menos pobreza, menos concentración, más productividad y redistribución) si no cambia o cambió el modo de producción. En diez años, después de la recuperación, crecimos. Pero el modelo de producción no cambió. La innovación es condición necesaria del proceso de desarrollo. Ningún país se desarrolla haciendo más de lo mismo, aunque haga muchísimo más de lo mismo.

El desarrollo supone necesariamente un cambio radical del patrón productivo. Y eso, en esta economía, no ocurrió: los aumentos de producción ?que los hubo? no estuvieron acompañados de la dimensión del desarrollo.

¿Más de lo mismo?

Nuestra economía hoy sigue siendo dependiente, entre otras cosas, del patrón exportador primario y de una infraestructura precaria para la dimensión alcanzada por nuestra economía.

Son problemas estructurales.

Veamos. La soja, incluyendo toda la producción primaria, pagará la cuenta del déficit comercial externo de la industria, y ahora deberá también pagar el déficit energético que, a pesar de la reducción de los compromisos de la deuda externa pública, obligan a complejas ingenierías para impedir que esa dependencia se convierta en estancamiento. Esta situación tiene su origen en no haber dirigido el crecimiento y la acumulación al desarrollo como proceso de transformación del patrón productivo. Su origen son los problemas estructurales. No tuvimos sólo oportunidades y crecimiento.

En los años que lleva el kirchnerismo en el poder, logró, lo que es sin duda su mayor mérito, una notable recuperación del comando de la economía por parte del Estado, como bien lo señala el profesor Aldo Ferrer. Esta década sumó el tiempo necesario para el diseño estratégico más el comando del Estado logrado y las oportunidades de contexto que hemos sintetizado al principio. Las herramientas necesarias para lograr la transformación del modo de producción para conseguir el desarrollo. Es decir, no sólo por el monto de la acumulación ?condición necesaria para la transformación? sino por la disponibilidad de todas las dimensiones y herramientas que requiere el desarrollo, en estos diez años tuvimos la posibilidad de lograrlo. ¿Lo logramos? Difícil decir que sí y doloroso decir que no.

El patrón productivo

La industria, en el período 1993- 2002, representó el 17% del PIB y en el período 2003-2012 representó el 16%: no hubo industrialización. La estructura de la inversión (construcción, maquinaria y equipo, y material de transporte) mantuvo las mismas proporciones en ambas décadas. El 57% de las exportaciones tienen origen primario o de primera elaboración de esas materias tanto en la década 1993-2002 como en la de 2003-2012. No hubo transformación. Y eso se refleja en la estructura del empleo y su participación en sectores de alta productividad y en la estructura social: no se ha modificado en ninguna de las dos décadas la proporción de los trabajadores que tienen un ingreso anual por debajo de la mitad del PIB por habitante.

Crecimos, engordamos. Pero no hay señales de desarrollo y la musculatura sigue fofa. Una pena. ¿Cómo hacemos para ayudarnos?

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