La inflación que no fue

8 de julio, 2021

La inflación que no fue

Por Mariano Méndez Cañás 

Entre septiembre y noviembre de 2008, y como respuesta a la crisis financiera desatada en Estados Unidos, la Reserva Federal aumentó de forma drástica sus activos, incluyendo la base monetaria, que pasó de US$ 995.000 millones a US$ 2.212.000 millones, un incremento de 122% en solo dos meses.  

La inyección monetaria continuó en los años siguientes totalizando 3.500.000 millones hacia 2014.  Los medios de la época llamaron la atención sobre una inminente explosión inflacionaria. Inclusive el presidente de la Reserva Federal de Richmond, Jeffrey Lacker, llegó a decir que “aumentos de la base monetaria de esta magnitud no pueden soportarse por mucho tiempo sin crear presiones inflacionarias de magnitud”. Sin embargo, nada de eso ocurrió.  

Pese a una recuperación económica excepcional, que redujo el desempleo del 10% a 3,5% en los siguientes diez años y al PIB creciendo a tasas por encima de 2%, la inflación nunca despertó, promediando sólo 1,8% entre 2010 y 2020. ¿Por qué?

Una confluencia de factores, algunos de larga data, se reunieron para constituir una potente fuerza deflacionaria. Si bien la literatura ha producido diversas interpretaciones, nos parece que tres tendencias prevalecieron: globalización, tecnología y demografía.  

El marcado aumento del comercio internacional, la descentralización de las cadenas de valor y la desregulación de los mercados domésticos produjo un marcado incremento de la competencia y redujo las “cuasi rentas” monopólicas de muchas industrias y, en particular, la pérdida de poder de los sindicatos.  

Por otro lado, la mudanza de producción a países menos regulados y más baratos puso un límite potente a la capacidad negociadora de los trabajadores y a su capacidad de obtener aumentos salariales reales, como lo evidencia el hecho que en el período 2010-2019 el salario real promedio sólo subió 0,8% por año. 

La revolución tecnológica, potenciada por el avance acelerado de internet, también contribuyó a reducir precios de varias maneras: reduciendo el valor de los intermediarios de información, eliminando industrias, abaratando el costo de obtener información. La tecnología fue también una fuerte “ahorradora” de empleo. Ya no se necesitaban, por ejemplo, tantas secretarias, agentes de viaje o cajeros de bancos. 

Finalmente, la demografía también jugó un rol al cambiar la estructura de la población, aumentando el porcentaje de adultos mayores y reduciendo el número de la población activa, lo cual tendió a deprimir el consumo y aumentar la tasa de ahorro. 

Es llamativo que la inflación también se mantuvo muy controlada en otros países desarrollados e inclusive se produjo un fuerte proceso de reducción de las tasas de inflación en el mundo emergente, pese al aumento significativo de la emisión en muchos de ellos.  

En el último año, la crisis del Covid llevó a los principales bancos centrales a emitir de manera pocas veces vista. Volvemos a escuchar las mismas preocupaciones y advertencias sobre un rebote inflacionario de hace doce años.  Las tendencias deflacionarias estructurales continúan firmes y hasta cierto punto se han intensificado, en particular la tecnología, que continúa descubriendo alternativas para mejorar la productividad. Vale la pena recordar este episodio.  Como dijo Mark Twain, “la historia nunca se repite, pero rima”.