El cepo no es un instrumento: es el fracaso de la política fiscal

23 de septiembre, 2020

exportaciones importaciones

Por Jorge Colina Economista de Idesa

 El proyecto de Presupuesto 2021 presenta un supuesto deseable, aunque ambicioso. Trabaja con la hipótesis de que las exportaciones argentinas pasarán desde US$ 66.000 a US$ 86.000 millones entre el 2020 y el 2023. Es decir, en 3 años la Argentina pasaría a exportar unos US$ 20.000 millones o 30% más.

En el mismo sentido, plantea que las importaciones pasarán desde US$ 49.000 a US$ 71.000 millones. Con esta senda, el superávit comercial, que en el 2020 se proyecta en US$ 17.000 millones, se mantendrá en los 3 años siguientes en el orden de los US$ 15.000 millones anuales.

Esto es consistente con la idea de que si la economía se recupera, las importaciones tienen que aumentar ya que en Argentina el 80% de las importaciones corresponden a bienes de capitales, insumos y repuestos para la producción. Asimismo, es consistente con la idea de que Argentina tiene que generar dólares genuinos (de balance comercial) para hacer frente a sus futuras obligaciones de deuda externa recientemente reprogramadas.

Esto se logrará con una senda descendente de las tasas de inflación y devaluación del tipo de cambio oficial, que descenderán prácticamente al mismo ritmo. En el 2020 la inflación y la devaluación del dólar oficial serán de 35%, en 2021 de 28%, en 2022 de 23% y en 2023 de 20%. Está implícito de que para tener una senda de expansión del comercio exterior hay que mantener una armonía de mediano plazo entre la evolución del dólar oficial y los precios internos.

Hasta aquí, las proyecciones son consistentes con la teoría económica.

El ruido se produce por el lado del déficit fiscal. En el mismo proyecto de Presupuesto se estima que el 2020 cerrará con un déficit primario de $2,2 billones, equivalentes a 8,5% del PIB. En el 2021, este déficit primario caerá a $1,6 billones o 4,5% del PIB. Ya se sabe que el déficit del 2020 se financiará prácticamente en su totalidad con emisión monetaria. El del 2021 se financiará, en principio, en $800.000 millones con emisión monetaria y el resto con deuda pública. Si la inflación anual viene siendo del 40% con la economía detenida y los precios regulados atrasados, es difícil pensar que ya este mismo año la inflación sea sensiblemente inferior a lo que viene siendo hasta agosto, y más baja todavía en el 2021, cuando el financiamiento monetario del déficit fiscal seguirá siendo importante.

Aquí es donde entra a jugar el “cepo” cambiario. Las autoridades del BCRA lo endurecieron para frenar el traslado de la emisión monetaria en manos de la gente a la compra de dólares oficiales. Más allá de la sostenibilidad de la estrategia, lo cierto es que si se programa mantener la emisión monetaria del déficit fiscal el año que viene, entonces el “cepo” deberá quedarse.

El problema es que el “cepo” es el que desalienta las exportaciones. Es más, estas mismas autoridades monetarias ya tuvieron una experiencia fallida con el “cepo” instaurado entre 2011–2015.

En el 2011, las cantidades exportadas por Argentina estaban en su nivel más alto. Se termina la bonanza internacional y vuelven los crónicos problemas de Argentina de falta de divisas. Entonces, a finales de ese año se instaura el “cepo” que durará hasta el 2015 con diferentes –siempre crecientes– intensidades. La brecha entre el dólar oficial y el paralelo se mantuvo en el orden del 50%.

Las exportaciones en el 2015 terminaron siendo 20% inferior a las del 2011. Ciertamente que también hubo disminución de los precios internacionales. Pero el “cepo” reforzó la reducción del precio de exportación y este efecto no se compensó forzando a los exportadores a liquidar divisas y/o persiguiendo a los operadores del mercado cambiario informal, que es lo que se hizo entre el 2011-2015. No hay por qué pensar que ahora sea diferente cuando la brecha entre el dólar oficial y el paralelo ya no es del 50% sino del 100%.

El problema conceptual puede ser que se esté considerando al “cepo” como un instrumento cambiario. Cuando en realidad, el “cepo” es el fracaso de la política fiscal. Cuando la política fiscal fracasa va al exceso de emisión monetaria que presiona por tirarse sobre el tipo de cambio oficial, para lo cual hay que imponer un “cepo”.

En suma, el camino trazado en el Presupuesto de crecimiento de exportaciones, importaciones y superávit comercial, y decrecimiento armónico de la inflación y tasa de devaluación exige ordenar las cuentas públicas para eliminar el déficit fiscal. Caso contrario, el “cepo” se tendrá que quedar y el esquema se vuelve inconsistente porque el “cepo” es la negación de la expansión de las exportaciones.

El ordenamiento de las cuentas públicas tiene muchos matices. Pero debería tener como eje el ordenamiento previsional para darle más equidad y sustentabilidad al sistema jubilatorio, evitando la doble cobertura y los regímenes especiales. También la eliminación de los programas nacionales que administran los Ministerios de Salud, Educación, Desarrollo Social, Vivienda, etcétera, que se superponen con funciones provinciales y nunca rinden cuentas a la sociedad de cuál es el beneficio social de estas intervenciones como para justificar ese gasto público.

 

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