El empleo y el coronavirus

8 de julio, 2020

Por Belén Rubio Senior de ABECEB

Las medidas de control de la pandemia implican desafíos para trabajadores y empresas. Ambos deben enfrentar, al mismo tiempo, una brusca caída en sus ingresos y la necesidad de planear con limitados recursos una reconversión. De igual manera que en el manejo de la crisis sanitaria, el balance entre las decisiones defensivas o de supervivencia y aquellas prospectivas, que internalicen los cambios, determinarán la forma de la recuperación y quiénes serán sus protagonistas.

El primer desafío es que muchas empresas y trabajadores no volverán a marzo. En abril, el empleo formal cayó un 5,3% anual, al doble del ritmo que en febrero, y retornando a niveles de 2010. Al mismo tiempo, cerca de 24 mil empresas menos que en 2019 presentaron sus declaraciones de personal ante la AFIP, la mayor caída en un año desde 2002. El segundo es la pérdida de poder adquisitivo de quienes sí mantuvieron su fuente de ingreso. Por primera vez desde 1995 los salarios fueron menores en abril que en marzo, un -8% en pesos. Si bien mes a mes suele haber bajas por aumentos temporales (aguinaldo o bonos), nunca hasta ahora se debieron a un colapso nominal que fue, a su vez, validado por empresas y sindicatos, advirtiendo sobre el riesgo inédito de las fuentes de trabajo. Como respuesta, trabajadores (suspendidos o despedidos) y empresas intentaron suplir los menores ingresos con changas, y pequeños emprendimientos informales, tomando decisiones aparentemente temporales que, en algunos casos, se volverán permanentes y, en otros, generarán tensiones al momento de retornar al trabajo habitual.

El tercero se vincula con el mayor impacto en los vulnerables. La caída del empleo afectó más a operarios y no calificados, con incorporaciones y tasas de reemplazo mínimas. La asimetría se amplía por sectores, con la construcción, el comercio, la gastronomía y el trabajo doméstico como aquellos que requieren con mayor intensidad de la movilidad y la “cercanía social”. Muchos de estos trabajos son los que más van a tardar en recuperarse y su inserción no es fácil. Las asimetrías se replican a nivel de empresa y, como en cualquier crisis, la escala también significa capacidad de readecuación, en tanto muchas pymes se enfrentan a la decisión dicotómica de abrir o cerrar, con una incidencia más alta de los costos fijos, como el alquiler.

El último engloba las dificultades para volver atrás. Las inversiones realizadas por las empresas para cumplir los protocolos y volver a abrir significan un costo hundido para retornar a los modelos de negocio previos, elevando el riesgo laboral de aquellos que permanecen suspendidos “a tiempo completo”. La pandemia también acercó y aceleró las tendencias digitales desde el trabajo remoto hasta las plataformas digitales, a pesar de que las empresas y sindicatos intentaban mantenerse al margen, fenómeno que amplía la brecha entre las habilidades de la oferta laboral y aquellas que requiere la demanda. Además, el consumo de las familias sufrió un cambio inédito, reduciendo los gastos de forma precautoria; pero también reflejando nuevos hábitos ante la falta de movilidad, de oferta de esparcimiento, y de reuniones sociales. Si bien muchos de estos cambios no se mantendrán en el tiempo, la capacidad para esperar el mediano plazo es limitada, especialmente ante las limitaciones de financiamiento.

Los próximos meses continuarán poniendo a prueba la capacidad de adaptación y de reinvención de las empresas y los trabajadores ante una recuperación que se prevé incierta y lenta, con bajas probabilidades de un rebote rápido en forma de V corta. Esto requiere un diálogo abierto que incluya al Estado, que deberá sortear sus propias limitaciones y cambiar el foco del análisis en volver a crecer. El desafío está en sortear el tiempo que impone la crisis para aprovechar la experiencia de las nuevas relaciones forzadas y construir el andamiaje que permita posicionarse en el nuevo ordenamiento que no volverá atrás.

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