La extraña visión del FMI sobre la crisis actual

29 de mayo, 2020

La extraña visión del FMI sobre la crisis actual

Por Héctor Rubini Economista de la Universidad del Salvador (USAL)

 

La contracción económica por la pandemia conduce, tarde o temprano, al deterioro de la capacidad de pago de deudores individuales y corporativos. La liquidez y la solvencia de no pocos sistemas bancarios registrará un aumento de su probabilidad de entrar en zona de riesgo a medida que se extiendan en el tiempo las medidas de confinamiento y sus efectos negativos sobre la actividad económica. El efecto será claramente menor en los países en que menos duren las restricciones a la circulación de bienes y personas, pero también esto estará condicionado a la cantidad de países que vuelvan a la normalidad. A mayor cantidad de países que aceleren dicho retorno y no incurran en prácticas proteccionistas, menor será el riesgo para los sistemas bancarios.

 

El FMI parece tener una particular preocupación por la estabilidad del sistema financiero. Su titular, Kristalina Georgieva, se manifestó anteayer preocupada por recomendar a los bancos centrales del mundo a que aumenten las exigencias de capitales mínimos y de liquidez de las entidades. Adicionalmente formuló una suerte de llamado a los titulares de las entidades sistémicamente más importantes del mundo un “refuerzo” de sus posiciones de liquidez vía retención de dividendos.

 

Razonablemente, entiende que la experiencia poscrisis subprime mostró que el fortalecimiento de la liquidez y de la solvencia de las entidades vía mayores exigencias de capitales mínimos fueron fundamentales para sostener la estabilidad financiera mundial. En el largo plazo, Georgieva formula una apropiada analogía con la experiencia de entonces, pero no es totalmente comparable. Al presente ya se cuenta con las exigencias (Basilea 3 y 4), inexistentes a la fecha de la caída de 2008. Y por otro lado, no se asiste a una progresiva caída de entidades financieras en los países desarrollados como se observaba antes de la caída de Lehman Brothers. Tampoco con una corrección de la Reserva Federal de tasas de interés hacia la suba, luego de las más que imprudentes reformas regulatorias y prácticas el sistema financiero estadounidense, parcialmente acompañadas por otros países entre 1999 y 2007. La crisis de 2008-2009 mostró los peligros de la displicencia del por entonces “legendario” Alan Greenspan quien, luego de referirse una década antes a la “exuberancia irracional de los mercados”, en cierta forma realimentó con una política monetaria laxa y la absoluta indiferencia a vulnerabilidades regulatorias que condujeron a la crisis entre 2007 y 2009.

 

Sus declaraciones al New York Times el 9 de octubre de 2008, en plena tormenta financiera mundial, afirmando que las entidades eran “menos vulnerables a shocks proveniente de factores subyacentes de riesgo” y que eran “más resilientes”, carecían de fundamento alguno.

 

El enfoque macroprudencial que se impuso a partir de 2009 ha permitido consolidar la liquidez y la solvencia de los sistemas financieros de los países desarrollados (no sólo en EE.UU.). Si algo es llamativo es que el mensaje de Georgieva tiene sentido en un escenario de corrida de depósitos observado y potencial. Algo que no se observa en la crisis actual. El deterioro de las carteras de crédito, en la medida que no dispare una huida de depósitos sistémica en un país, y que no contagie a otros, no necesariamente exige más exigencia de capitales mínimos ni de requisitos mínimos de liquidez. En países con expectativas de baja inflación, o deflación, y tasas de interés en torno de cero, ¿tiene sentido?

 

Cuesta dar una respuesta afirmativa, al menos incondicionalmente. Por lo pronto, la expansión monetaria de los principales bancos centrales ha aumentado las reservas excedentes de sus entidades financieras. En principio, al menos hasta ahora, no parece tener mucho sentido que los bancos centrales opten por la recomendación de Georgieva. La caída de la economía mundial no obedece a la pinchadura de una burbuja financiera con impacto tipo “efecto dominó” de un país sobre otros. Ni vía mercados interbancarios ni vía mercados de capitales ni de divisas.

 

La crisis actual ha sido disparada inicialmente por un shock de oferta negativo, no por un shock de demanda, como la Gran Recesión de 2008-2009, o la Gran Depresión de los años ’30 del siglo pasado. ¿Por qué entonces el FMI podría “sugerir” a gobiernos soberanos a elevar exigencias que en el corto plazo exacerbarían el sesgo hacia el racionamiento del crédito y a su encarecimiento? Aumentar el capital de lo bancos más que lo exigido por los bancos centrales tendría sentido en un pánico bancario. Pero en el contexto actual, reduce el flujo de ingresos de sus accionistas, y su reciclamiento hacia la economía real vía mayor demanda de bienes de consumo, o ahorro en nuevos depósitos u otros activos. Algo por demás llamativo ya que, en definitiva, las reformas macroprudenciales permitieron a los sistemas bancarios de los países desarrollados enfrentar su exposición a los sectores más afectados por la crisis actual con excedentes de capital y liquidez.

 

Mas aún, cuesta entender que el pasado 14 de abril el Director del Departamento Monetario y de Mercados de Capitales del FMI, Tobias Adrian, afirmara que las medidas para contener esta pandemia “pueden conducir a un mayor ajuste de las condiciones financieras globales”. Pero los mercados accionarios muestran signos de recuperación en papeles de varios sectores, al menos en EE.UU.

 

Además, una cosa es la reacción endógena de las entidades a shocks negativos no controlables. Otra cosa es exacerbar, no amortiguar, sus efectos aumentando exigencias de capitales mínimos y de liquidez (léase mayores encajes) en una recesión aguda y de duración incierta.

 

Da la impresión, por tanto, de que el FMI tiene un diagnóstico algo confuso y una intención de impulsar reformas regulatorias coyunturales sin razón aparente.

 

La respuesta de los países desarrollados ha apuntado a fortalecer en exceso la posición de liquidez de los bancos y a aplicar fuertes expansiones fiscales con foco en la crisis en la poscrisis.

 

En EE.UU., con un mercado laboral totalmente flexible, sosteniendo también la liquidez de las familias hasta la reversión de la caída actual. En la Unión Europea, con un mercado laboral más rígido, apuntando a sostener la liquidez y supervivencia de las empresas, para que en la poscrisis los desocupados actuales no se encuentren con empresas destruidas y menos vacantes laborales.

 

En suma, es probable que la orientación del discurso del FMI apunte a llamar la atención sobre su preocupación por la estabilidad financiera internacional. Pero al menos los términos de ese discurso, sugieren un diagnóstico algo endeble sobre el origen y características de la crisis actual.

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