A lo mejor resulta bien

25 de abril, 2020

Por Sebastián Giménez Escritor y trabajador social

 

Habitualmente, se dice que las cosas que hoy suceden hay que verlas en su perspectiva histórica. De la deuda externa se trata, habida cuenta de la oferta del Gobierno a los bonistas. En 1835, Juan Manuel de Rosas dijo en su discurso al inaugurar las sesiones de la Legislatura: “El gobierno nunca olvida el pago de la deuda extranjera, pero es manifiesto que al presente nada se puede hacer por ella, y espera el tiempo del arreglo de la deuda interior del país para hacerle seguir la misma suerte [a la deuda extranjera]”.

 

1835, 2020. Al momento, nada se puede hacer por la deuda externa, dijo Rosas y casi que dijo Martín Guzmán. No hay un mango. Tres años de gracia, empezaríamos a pagar en 2023. Plantea una reducción del 62% de los intereses y una quita de sólo 5,4% del capital. “La oferta es ésta”, lo recrea graciosamente en la tapa la genial revista Barcelona del domingo al ministro de Economía en paños menores, casi como Dios lo trajo al mundo.

 

Nos vamos a caer del mundo, solían decir los economistas ortodoxos cuando tenían lugar estos pleitos donde cada país negocia cómo aflojar la cuerda de los acreedores. Había que pagar lo que pedían, decían, porque de lo contrario no te iban a prestar más. Pero, en medio de la pandemia, el mundo se cayó solo, podríamos decir que se fue literalmente a la mierda y que ya no será el mismo. Como todos sabemos, la Tierra gira sobre sí misma una vez en 24 horas, en un movimiento que por ser tan rápido es imperceptible. Pero el actual cataclismo trae una sensación de incertidumbre tal que casi que vemos girar al planeta como un trompo sobre sí mismo como cada día, pero siendo conscientes de ello, sintiendo la rotación de ideas (de un liberalismo a un intervencionismo obligado) y el desvanecimiento de los castillos de arena de la economía global de mercado.

 

La situación está planteada. Como el caso de un propietario con un inquilino que se quedó sin trabajo. Dos vías de solución: una demanda judicial de desalojo que se dilatará en el tiempo y quién sabe cuándo se resuelve y se cobra algo, luego de las sucesivas apelaciones; o acordar un período de gracia hasta que el hombre se acomode, pueda conseguir un trabajo, crecer y volver a pagar. La vía judicial y el acuerdo. No será la primera vez que tenga lugar una o la otra. Para llegar a un acuerdo, la negociación, el tira y afloje

 

En una nota en este medio, Alejandro Radonjic consignó cómo se plantó “la roca negra”, el principal grupo de acreedores. Rechazaron la propuesta pero sin patear el tablero, ofreciendo un alivio de los pagos de US$ 40.000 millones. No aceptaron, pero hicieron una contraoferta y no cerraron el diálogo. El Gobierno se mantiene en sus trece. una partida de ajedrez. La búsqueda de un punto de equilibrio. Pero todos saben (o deberían saberlo) que un default no le conviene a nadie.

 

El Gobierno hizo una propuesta realista en una economía que venía en recesión, o sea de estar mal, a estar peor, con la cuarentena obligada por la pandemia y las disposiciones sanitarias. Sólo se trata de vivir, como dijo en su canción célebre Juan Carlos Baglietto. ¿Y a quién le importa el riesgo país, si ya nos caímos del mundo porque el mismo mundo se derrumbó? ¿Y el riesgo mundo dónde está? Si hasta el FMI apoya una oferta tan alejada de su ideario ortodoxo.

 

Sólo se trata de vivir, entonces, esa es la historia. Con un amor, sin un amor. Con sexo virtual, como hicieron reír aconsejándolo esta semana especialistas sanitarios del Gobierno. Y los acreedores, quién les dice, en una de esas entienden. Y a lo mejor, resulta bien.

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