La agradable aritmética populista

19 de diciembre, 2019

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Por Jorge Bertolino Economista

 

Luego del discurso de asunción del nuevo Presidente y la conferencia de prensa del flamante ministro de Economía, se ha producido un nuevo viraje en la consideración de los agentes económicos más informados respecto de la calidad de la futura política económica que regirá los destinos del país en los próximos cuatro años.

 

Felizmente, de la estupidez de la maximización de la soberanía monetaria estatal mediante la emisión ingente y descontrolada de dinero, que supone la Teoría Monetaria Moderna, se mudó a un esquema no explícito, pero sí sugerido veladamente por el novel funcionario, donde la creación de dinero debe ser controlada, y adoptar una trayectoria descendente, a fin de no desencadenar un proceso inflacionario todavía más grave que el que nos aqueja permanentemente.

 

Desde algunas trincheras ideológicas, se predicen las siete plagas y el apocalipsis. Un exceso de purismo teórico, jugando a los dados a todo o nada sobre el devenir de la economía, convierte a las nuevas reglas de juego en una alocada carrera hacia la crisis hiperinflacionaria y a un desastre aún mayor que todos los que hemos vivido en los últimos años.

 

Desde esta columna, pretenderemos realizar un análisis más realista y menos idológico de la futura política económica. Nuestro punto de partida consiste en puntualizar que lo que se está poniendo en vigencia en estos días, no constituye el mejor programa económico posible. O, para no ser tan categóricos, no es el que implementaríamos con el enfoque teórico de nuestra preferencia.  Ello no implica que, como un niño caprichoso, desdeñemos totalmente las posibilidades de éxito de este nuevo intento de superar los graves problemas que aquejan a nuestra economía.

 

Creemos necesario realizar un análisis profesional, frío y desapasionado, que nos permita diagnosticar el sendero por el que probablemente discurrirán las variables de interés, atento a las nuevas realidades que pondrán en juego las últimas medidas y las que seguramente irán apareciendo en los próximos días.

 

Los problemas económicos de Argentina

 

Un primer paso, para ir clarificando el análisis, consistirá en definir en qué consiste el éxito del programa  en curso, en comparación con el éxito del programa ideal que, hasta ahora, sugerimos pero no explicitamos.

 

Desde 2011, estamos atrapados en un episodio agravado de estanflación, que forma parte de un proceso de más largo plazo, que hemos denominado en varias oportunidades “el estancamiento secular de la economía argentina”.

 

Un programa integral para acabar con el fenómeno estanflacionario requiere considerar por separado los dos componentes que integran este particular combo destructor de riqueza y perpetuador de la pobreza y la marginalidad. Se trata de un régimen de alta inflación, por un lado, y por una insistente y pertinaz falta de crecimiento económico, por el otro, con sus secuelas de falta de creación de empleo genuino en el sector privado  y de oportunidades de mejoramiento social para las grandes y desprotegidas masas de la población que no obtienen sus ingresos del depredador estatal.

 

Como es sabido, es necesario un instrumento para cada objetivo. Nuestra receta preferida para bajar la inflación consiste en explicitar (y luego cumplir) un sendero decreciente para el déficit fiscal y la creación de dinero necesaria para financiarlo.

 

Para recuperar el crecimiento, recomendamos adoptar (y cumplir) un cronograma de fuerte reducción conjunta del gasto público y de la presión fiscal. Es obvio que el gasto debe disminuir en una cuantía mayor que los impuestos, a fin de cumplir con el cronograma anterior de reducción del déficit fiscal.

 

A la respuesta de los políticos de que no es posible reducir el gasto público, el látigo del soberano popular debería restallar en el aire y vociferar, indignado, “haz lo que te ordeno, en lugar de inventar pretextos para no hacerlo”.

 

Mientras esperamos el milagro del despertar de las conciencias y el comienzo de una nueva “Revolución Gloriosa” que le quite poder a la nueva realeza, que es, obviamente, la corporación política, y se lo devuelva al pueblo trabajador y pagador de impuestos y contribuciones, nos queda analizar el futuro próximo con el programa del nuevo gobierno, que difiere enormemente de nuestra propuesta, principalmente en la importante cuestión del gasto público.

 

La aritmética populista

 

Una descarriada y particularmente estúpida “teoría económica” supone que el gasto público impulsa la demanda agregada y dinamiza la actividad. Con este enfoque, su reducción es recesiva y contraria a los intereses de la Nación. Quienes deseamos cambiar la composición de la demanda agregada, bajando el estipendio estatal para que pueda aumentar el consumo y la inversión privada, somos catalogados como enemigos del pueblo, con los más gruesos epítetos, insultos y descalificaciones.

 

Los políticos y una nebulosa miope de adoradores por razones ideológicas totalitarias y represivas del disenso en libertad, a los que se suma una larga ristra de cortesanos e idiotas útiles alquilados, pretenden atar a la población con las ligaduras del temor. Impulsan así, el rechazo a la competencia, a la libertad, al rédito empresarial, y a un sinnúmero de otras cualidades necesarias para crecer y desarrollarse, tal como lo hace casi todo el mundo capitalista, salvo unos pocos países elegidos por el supremo creador para ser faros morales y detentadores de la sagrada llama de la solidaridad.  Ser campeones mundiales del afán colectivista y de la religión estatal, hace que nos abracemos al inmovilismo y a la decadencia. El audaz vuelo de la inventiva de la clase política pretende convertir el estiércol en oro.

 

Si no despertamos, seguiremos comiendo lo que las moscas, mientras los detentadores del poder se deleitan con los más ricos manjares, destinando, con gran alboroto y publicidad, algunas migajas a la contención y el conformismo de los narcotizados demandantes de favores y prebendas del gobierno de turno.

 

A esta altura del campeonato, ya no es claro si la demanda de populismo empobrecedor responde a la oferta creciente y permanente del mismo o si, por el contrario, la demanda de populismo ha alcanzado un punto de esplendor y se ha independizado definitivamente de su oferta. El punto es clave, porque mientras más enraizado esté entre la clase esclavizada por este clientelismo nefasto, más difícil será arrancarlo para poder cambiar el destino económico de las próximas generaciones.

 

Volviendo a la aritmética, creemos posible un cambio rotundo, aunque gradual, de expectativas, en los próximos meses. La longitud y la irregularidad de los retardos de las políticas fiscal y monetaria deberían generar un escenario más distendido, con inflación en leve baja y una reactivación de la actividad, con crecimiento del empleo y del consumo.

 

La negativa de bajar el gasto público, para poder bajar los impuestos y retomar el crecimiento, hará que la reactivación sea un mero rebote y será catalogado como veranito. Esta opinión, creemos, es correcta, pero quedará disimulada hasta pasar inadvertida, por la larga secuencia de la tendencia dinámica subyacente que imprimirá el cumplimiento de la mitad del programa que proponemos. La disminución del déficit fiscal, aunque será lograda por el peor de los medios, el crecimiento de la presión fiscal, debería generar estímulos suficientes para permitir retozar a la economía por un período más prolongado de lo que predicen los agoreros del apocalipsis. En lugar de seis meses, creemos que el “modelo” podrá sostenerse dos, tres o más años, con desequilibrios crecientes pero no explosivos.

 

También creemos, contrariando la opinión de la mayoría de nuestros colegas, que la opinión pública se volcará totalmente a favor del nuevo gobierno. Después de algunas semanas de dudas y perplejidad, deberíamos observar un séquito de conversos que comenzarán a hablar del éxito del nuevo programa, del milagro argentino y muchas otras odas y arabescos a la política económica oficial.

 

En este punto será crucial el rumbo que tome el gobierno, aturdido por el éxito y la lisonja. Si advierte que debe adoptar la mitad ignorada del programa que proponemos insistentemente, será posible que yendo por un camino extraviado, se llegue igualmente a Roma. En medio de un clima favorable, con las cuentas fiscales en orden y con inflación descendente, ir por las reformas estructurales pro-crecimiento y por la disminución conjunta del gasto público y de la presión fiscal, hará que ingresemos en un sendero virtuoso de crecimiento con progreso social.

 

Si por el contrario, se confunde reactivación con crecimiento, y se cae en el inmovilismo, a la espera del “multiplicador mágico de Keynes”, a la llegada del “segundo semestre” y la “lluvia de inversiones”, habremos perdido otros cuatro años y la persistente, aunque disminuida inflación hará que vuelva a escena el atraso cambiario, que se active la “restricción externa”, que tengamos un nuevo episodio de devaluación con recesión y aumento de la pobreza. En síntesis, una vuelta de tuerca más a las recurrentes crisis que el exceso de gasto público y de tributación generan una y otra vez sin que relacionemos el nexo existente entre estas variables.

 

En los momentos de triunfalismo estaremos alertando una y otra vez sobre los peligros en ciernes, a riesgo de ser catalogados de plateístas, liberalotes, fachos y vendepatrias.

 

Ladrarán Sancho, señal que cabalgaremos.