El dilema de Alberto: morder la mano o morderse la boca

23 de octubre, 2019

Por Sandra Choroszczucha  Politóloga y Profesora (UBA)

 

Si las PASO representaron una megaencuesta real, y se traducirá en las verdaderas preferencias electorales en pocos días más, Alberto Fernández seguramente será el próximo Presidente de Argentina.

 

Fernández jamás ocultó su adoración por el expresidente Néstor y su antipatía creciente por la expresidenta Cristina Kirchner. Tal vez esa incongruencia haya sido una buena manera de empezar a conformar una fuerza que deseaba mostrarse pluralista, tolerante y abierta a todo peronista que quiera formar parte del nuevo frente de todos. Si Fernández, enemistado y enfrentado por años con la expresidenta, fue el candidato a ocupar el más importante cargo, cualquier peronista que quisiera incorporarse será bienvenido al nuevo frente de todos y todas.

 

Tamaño mensaje permitió amalgamar a un peronismo desparramado y conquistó a amplios sectores que no simpatizaban con el estilo político de Cristina, considerado por muchos como altamente confrontativo.

 

Cristina eligió a Fernández para presidir la nueva fórmula del nuevo frente, considerando las cualidades del exjefe de Gabinete: un excelente moderador, con sólidas relaciones con las diferentes “partes” del peronismo desintegrado y desorganizado, con ansias de encontrar los consensos necesarios y transformar cualquier conflicto en acuerdos y armonía.

 

Sin embargo, no tardaron en aparecer los malpensados que afirmaban que la nueva fórmula, presidida por Fernández, sería conducida descaradamente por Cristina.

 

Luego de semanas y meses de un Fernández conciliador y aplacado, aparece en escena un nuevo Alberto, bajo un nuevo estilo, cargado de modales soberbios e irreverentes.

 

En un primer debate presidencial, celebrado el domingo 13 de octubre, Fernández demostró que podía subir sus tonos, hostigar, apuntar con el dedo y mantener un tipo de conversación más de choque y menos dialoguista. Tales comportamientos tuvieron sus efectos, plasmados en críticas, cuestionamientos y asombro de gran parte del público televisivo.

 

En un segundo debate presidencial, celebrado el domingo último, Fernández pareció entender que su postura más arrogante podría modificar el devenir de los acontecimientos, y no le conviene que cambie el devenir de lo que se prefigura desde el 11 de agosto.

 

Si Fernández quiere demostrar que además de presidir va a conducir, sus discursos más altaneros e insolentes, son buenas señales hacia la expresidenta, que deberá entender de una vez, que el que manda es el Presidente.

 

Si quiere demostrar que además de presidir va a conducir, sus discursos más altaneros e insolentes, pueden ser pésimas señales para el resto de las “partes” peronistas, que apoyaron al nuevo frente de todos porque la expresidenta de modales arrogantes no mandaría más y el conciliador y aplacado Fernández ocuparía el sillón de Rivadavia.

 

Reflexionar sobre esta disyuntiva, la de un Alberto que deberá debatirse entre morder la mano y morderse la boca, excede las estrategias preelectorales y nos obliga a preguntarnos sobre su futuro estilo de Gobierno.

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