Los gestos políticos de Schiaretti

13 de mayo, 2019

Schiaretti con gobernadores del peronismo

Por Néstor Leone

 

El término lo acuñó José Manuel de la Sota, tres veces gobernador de la provincia, para definir el predominio de la lógica local por sobre cualquier incumbencia de la política nacional. Y representó una forma de mostrar puntos de acuerdos y disidencias con los Ejecutivos nacionales de turno, sin resignar autonomía ni poder territorial. Con una impronta que pretendía, además, complementar conservadurismo popular y discurso modernizador. Pero “cordobesismo” fue también la alternancia de gestiones entre De la Sota y Juan Schiaretti, los socios indiscutidos de Unión por Córdoba, que no sin tensiones internas y alguna derrota legislativa esporádica, construyeron una estructura de poder que les permitió gobernar, sin grandes contratiempos, desde 1999.

 

Esta lógica, por cierto, le aseguró a Unión por Córdoba sucesivos triunfos, pero que no le ha permitido trascender los límites de la provincia. De la Sota lo intentó en varias oportunidades, sin éxito. En 2002, por caso, cuando se pensaba como un Kirchner avant la lettre, para ocupar el liderazgo vacante que a Eduardo Duhalde, como módico equilibrista, le estaba vedado. Y más tarde, también, cuando imaginaba que podía aparecer como alternativa cada vez que el kirchnerismo estaba en dificultades. El último intento fue en 2015, cuando participó de las primarias de UNA, la alianza que integraba junto a Sergio Massa, vencedor en la interna.

 

El rotundo triunfo de Schiaretti, reelecto para un tercer mandato, vuelve a colocar a un referente de Unión por Córdoba con expectativas nacionales. Esta vez, ya sin De la Sota, fallecido trágicamente el año pasado. Integrante de Alternativa Federal y protagonista en más de una ocasión de los intentos para conformar algo así como una nueva liga de gobernadores, Schiaretti se mantuvo cauto durante la campaña respecto del impacto nacional de su triunfo y algo parecido volvió a repetir ya con la algarabía del triunfo. Cerca del gobernador saben que podría jugar un rol clave en el escenario nacional, si se lo propone, mientras que desde el peronismo no kirchnerista esperan gestos de unción. Sobre todo, Roberto Lavagna, que postergó la confirmación de su lanzamiento (y de su ingeniería electoral) a la espera de ese gesto. Hasta aquí, Schiaretti había mostrado simpatías por Lavagna, pero lejos de las señales contundentes que tanto necesita y con una sugerencia bien precisa para que el economista acepte participar de primarias junto a Juan Manuel Urtubey o Sergio Massa, algo que pretende evitar.

 

El resultado de ayer mostró otro dato contundente. El tradicional votante kirchnerista, sin representante en esta elección, se inclinó decididamente hacia el candidato de Unión por Córdoba. En 2015, Eduardo Accastello había obtenido 17,17%, mientras que Schiaretti apenas había llegado a 40%. En esta ocasión, Unidad Ciudadana tenía candidato propio hasta el día antes del cierre de lista. Era Pablo Carro, diputado nacional por el FpV. Cristina Kirchner decidió “bajar” la lista con la intención de que su sector no quedase relegado al tercer o cuarto lugar (la provincia es desde siempre el lugar más adverso al kirchnerismo), para ofrecer señales de unidad a los sectores peronistas enquistados con su liderazgo y para asegurar que la derrota de los candidatos del oficialismo nacional en la provincia fuera contundente. Desde el sector esperan que no se den esos gestos hacia Alternativa Federal y negociar (implícita o explícitamente) una táctica de mutua conveniencia para los cargos a diputados nacionales.

 

Por último, desde Cambiemos todo era bronca y desolación, anoche, en Córdoba y en Casa Rosada. Mientras que el clima prometía convertirse para hoy en acusaciones cruzadas, pases de factura y pedidos de urgentes reajustes en la estrategia de Cambiemos. Las recriminaciones están ligadas a la imposibilidad de dirimir mediante un acuerdo, consenso o un instrumento de primaria propia el duelo entre Mario Negri y Ramón Mestre. Mientras el diputado nacional llevaba las banderas del Gobierno (de hecho, su vice era el diputado del PRO Héctor Baldassi y tuvo varias visitas “nacionales”, incluida Elisa Carrió y María Eugenia Vidal), el intendente de Córdoba se mostraba más afín a los sectores del radicalismo disconformes o disidentes con Cambiemos (Ricardo Alfonsín y Martín Lousteau apoyaron su candidatura). Finalmente, nadie se quedó con el sello (claramente en baja), pero tanto Negri como Mestre quedaron empantanados por igual con la derrota. Que se potencia si se toma en cuenta que ambas candidatura estuvieron (sumadas) bastante por debajo de la performance del actual ministro Oscar Aguad en 2015, que quedó segundo con 33,7%, a menos de 7 puntos de Schiaretti.

 

Para el Gobierno, Córdoba es un distrito altamente simbólico. Allí se empezó a conformar como frente electoral, en septiembre de 2014, cuando radicales y el PRO enfrentaron su primera elección juntos para arrebatarle al peronismo y al vecinalismo la administración de Marcos Juárez, ciudad ubicada en el este de la provincia y uno de los centros más fuertes de la actividad agropecuaria. Y, en las presidenciales de 2015, fue clave para la llegada de Mauricio Macri al Ejecutivo. Allí obtuvo 7 de cada 10 votos en el balotaje, diferencia decisiva en contra de Daniel Scioli, el candidato del Frente para la Victoria. A eso hay que sumarle la buena performance de Cambiemos (con sello incluido) en las elecciones de medio término de 2017, cuando la lista encabezada por Baldassi, con 48,4%, dejó muy atrás a Martín Llaryora, con 30,5%.

 

La crisis económica, con inflación y recesión, golpea al Gobierno también en Córdoba, más allá de la lógica local. Desde Casa Rosada apuestan a explicarla a partir del predominio sostenido de los oficialismos y hacer hincapié en la relación cordial con Schiaretti. ¿Bastará?

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